Bandeja de salida

La columna de J.J.Jinks: Discursos

Es cierto que hubo gran apuro para poner los recursos a disposición de la población, pero confiar en que las personas iban a ser veraces es una ingenuidad y el Estado no está para ser ingenuo.

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Dov Seidman ha hecho una muy exitosa carrera empresarial basada en el concepto que finalmente son las empresas que se comportan éticamente las que sobreviven y prosperan. En 1994, Seidman fundó la consultora LRN desde donde ha asesorado en ética empresarial y compliance a varias de las principales compañías norteamericanas. Su fama de gurú se vio acrecentada cuando en el año 2007 publicó el libro “How” que se transformó en un best seller dentro de la comunidad empresarial estadounidense y que venía con un prólogo de Bill Clinton.

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En el año 2018, Seidman vendió el 80% de sus acciones en LRN al fondo de inversión Leeds Equity Partners en más de US$125 millones. Hasta ahí una historia más de éxito personal y empresarial. La historia se pone más sabrosa pues en la actualidad hay una serie de antiguos accionistas minoritarios que tienen demandado a Seidman acusándolo de haberlos engañado pues les habría comprado sus acciones a vil precio cuando él ya se encontraba negociando la venta de sus acciones al fondo de inversión. La diferencia entre el precio pagado por Seidman a los minoritarios y el precio al cual vendió a Leeds Equity Partners: más de 5 veces. Auch. Por supuesto, Seidman niega cualquier actuación indebida, pero la disputa es al menos incómoda para el gurú de los negocios basado en principios morales.

En Chile mientras tanto nos hemos enterado con estupor esta semana que el 25% de los beneficiados por el Bono de Clase Media lo hizo en forma fraudulenta adulterando sus reales ingresos. Más de 430.000 personas, entre ellos 37.000 empleados públicos, accedieron a recursos estatales que no les correspondían. La cifra es enorme y muy vergonzosa.  Sin duda que dentro de ese grupo debe estar plagado de historias personales dolorosas y de precariedad económica, pero eso no debe sacarnos el foco de lo inaceptable que es lo ocurrido.

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En esta situación no es el Estado como ente abstracto el que se ve perjudicado sino los chilenos con mayores carencias. La gracia le costó al fisco más de US$250 millones, que para dimensionar es lo que costó la recuperación del Metro luego de su destrucción. Que esto haya podido ocurrir habla muy mal del diseño para la entrega del bono. Es cierto que hubo gran apuro para poner los recursos a disposición de la población, pero confiar en que las personas iban a ser veraces es una ingenuidad y el Estado no está para ser ingenuo. Nuestros políticos nos dicen que seremos nórdicos o neozelandeses (o ambos) en el futuro próximo, pero parece que nos falta un pelo para ello.

En el último año se ha enarbolado la bandera de la dignidad y solidaridad con gran vigor. El problema es que a la hora de los quiubos las acciones de una parte de la población no se condicen con el discurso y es el individualismo más extremo el que se impone a la hora de la destrucción o de la falsedad  para alcanzar platas estatales. La disociación entre el discurso y los hechos concretos nada bueno puede traer, sino que le pregunten a los accionistas minoritarios de LRN.

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