Ideas

El socialdemócrata

Una serie de personajes del espectro político han comenzado a enarbolar -sino intentar apropiarse- de las banderas de la socialdemocracia. Desde Nicolás Grau (FA) hasta Joaquín Lavín (UDI). Por: Juan Cristóbal Portales, Académico UAI/ Director Instituto Desafíos de la Democracia

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En meses recientes, y en paralelo a la crisis económica y sanitaria que azota al país, una serie de personajes de un amplio espectro político y social han comenzado a enarbolar -sino intentar apropiarse- de las banderas de la socialdemocracia. Desde Nicolás Grau (FA) hasta Joaquín Lavín (como nueva expresión de su aliancismo-bacheletismo), pasando por Óscar Landerretche o Mario Desbordes, todos plantean una reformulación del mantra económico que ha guiado al país durante los últimos 40 años. Todos ellos señalan con ciertos matices conceptuales la necesidad de transitar a una suerte de socialismo democrático y reformista, donde el Estado pase a jugar un rol central redistributivo, ya no solamente regulador y subsidiario.

La respuesta a una pandemia que destruye patrimonio social, bienes y servicios públicos, a la par de un sector privado deprimido en su capacidad de generar ingresos y empleo, pareciera estar en un Estado que genere mayor equidad económica y satisfaga necesidades sociales -que se entienden como derechos sociales-. Si bien en Lavín la aproximación al concepto pareciera ser más utilitarista y funcional a posicionarse en un electorado “moderado” y en parte de una centro izquierda fragmentada y carente de alternativas presidenciales competitivas, en Grau o Landerretche se puede identificar una mayor densidad conceptual y apego al sentido original reformista del término acuñado por Gottfried Kinkel (en cuanto contrato de inspiración anticapitalista pero que acepta “desnaturalizarse” a cambio de que el capitalismo se contenga).

Pero también es cierto es que en unos y otros, los intentos de apropiación de una socialdemocracia aparecen aún vaciados de una agenda concreta que los conecte con el conjunto de aspiraciones ciudadanas (por eso los liderazgos más fieles a un ADN socialdemócrata hoy no “prenden”).

Una agenda o matriz con objetivos, estrategias y acciones que vaya más allá de una inspiración negativista (como contención de algo o moderación de algo). Una agenda que tome un sentido proactivo, se aleje de caricaturas, y logre promover las mejores virtudes del Estado y mercado para abordar de manera sistémica las 4 grandes piedras de tope de un desarrollo inclusivo. A saber: la alta desigualdad de ingresos, capital y acceso a bienes, servicios y oportunidades de un porcentaje importante de la ciudadanía; la excesiva concentración económica y escasa adaptación de nuestra matriz productiva a nuevos estándares de innovación, complejidad y sostenibilidad; una clase media frágil; un Estado poco moderno, eficiente y transparente que promueve status quo antes que oportunidades. Quienes logren darle contenido y hacer carne a esa agenda probablemente ser erigirán no sólo como los verdaderos socialdemócratas chilenos. También constituirse en una luz de esperanza para miles de chilenas y chilenos hoy obligados a un recetario populista, y que ven con preocupación el creciente estado de polarización y simplificación del debate público.

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