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Actualidad

11/04/2017

Las razones de Lagos y el desangramiento de la Nueva Mayoría

Con el expresidente se despide el grupo generacional que encabezó la transición y, de paso, la proyección de la NM como la conocemos.

  • Por Rocío Montes
    Las razones de Lagos y el desangramiento de la Nueva Mayoría

    La aventura terminó como muchos de sus familiares y amigos pensaban: de la peor manera. Probablemente, por esa razón algunos de sus hombres y mujeres de mayor confianza no lo acompañaron en estos siete meses de campaña, la última de sus travesías políticas. Pero Ricardo Lagos, como no importándole sus 79 años que a algunos les parecían demasiados, se mostraba dispuesto a dar la última batalla en el ocaso de su vida, como si lo que de verdad importara hubiese sido su propio examen ante la historia. Buscaba ganar las presidenciales, evidentemente, pero también entregar señales a la debilitada socialdemocracia mundial, reivindicar la buena política de los contenidos sobre el espectáculo, reconocer lo bueno de una Concertación en la actualidad demonizada y, al fin y al cabo, mostrar que no le tenía miedo a competir pese a los temores que mostró en 2009. No logró nada de eso porque, quizás como lo sabía en el fondo, como se lo decían algunos de sus cercanos, la empresa estaba destinada al fracaso por sus errores originales.

    Con la renuncia de Lagos cae una figura simbólica de la transición que actualmente algunos sectores deploran y, de paso, la ilusión de que la Nueva Mayoría podría prolongarse en el tiempo tal y como la conocemos. Gane o pierda las próximas elecciones -aunque es evidente que ahora se encuentra en desventaja- en la centroizquierda parece difícil poder recomponer las lealtades en lo que se vislumbra será una campaña presidencial y parlamentaria compleja. Todavía no es evidente que la DC vaya a llegar con un candidato propio a la primera vuelta de noviembre y lo que viene no necesariamente es el caos, pero comienza poco a poco a crujir el entendimiento del centro y la izquierda que hizo posible la salida de Augusto Pinochet del poder y los 20 años de gobiernos de la Concertación. La caída de Lagos representa, en el fondo, la despedida de un segmento generacional que lideró la política desde mediados de los ochenta hasta la fecha.

    ¿Lo que viene? Nadie lo sabe. Pero entre los pocos asuntos que resultan evidentes junto con la situación expectante en que se halla la derecha con Sebastián Piñera como presidenciable, está la fragmentación hacia la izquierda con el nacimiento del Frente Amplio, cuya candidata Beatriz Sánchez llega al 6% de respaldo en apenas algunas semanas. Los comunistas y los socialistas, los que resultan mayormente amenazados, apuran las medidas para resistir el golpe. Pero la resolución del PS de este fin de semana, de inclinarse por el senador Alejandro Guillier y no por Lagos, no responde tanto a una repentina izquierdización como a una lógica pragmática y no ideológica: salvar los muebles.

    La evidencia contundente

    Las razones de Lagos para desistir son muchas. La evidencia se fue haciendo demasiado contundente a lo largo de estos siete meses.

    En primer lugar, cuando el 2 de septiembre anunció su intención de postular nuevamente a la presidencia indicó que para emprender un camino a La Moneda debían reunirse con decisión muchas voluntades. Pero ello nunca ocurrió y la indefinición de los partidos de centroizquierda lo dejaron encajonado y desangrándose durante demasiado tiempo. Determinados elementos y el compromiso de apoyos le habrían hecho suponer que, una vez lanzada su disposición a competir, el PPD y el PS naturalmente le darían su respaldo. Pero el PPD, su partido, retrasó su definición hasta enero y los socialistas –donde su imagen se exhibe junto a la de Salvador Allende y Michelle Bachelet–, buscaron múltiples excusas para no darle su respaldo. La DC, finalmente, se aburrió de esperarlo.

    Para los laguistas, la resistencia de los partidos de la Nueva Mayoría a darle su apoyo explica en buena medida su pésimo desempeño en las encuestas. Para los partidos del oficialismo, en tanto, imposible darle el apoyo a un candidato que no marcaba, en tiempos en que los parlamentarios y candidatos al Congreso necesitan de una figura que los arrastre hacia el éxito. Sea como fuere, una segunda razón para que Lagos declinara de postular fue, efectivamente, que no contaba con respaldo popular, como reconoció este lunes el propio expresidente desde la sede de su fundación: “Tampoco se me pasa por alto que el afecto y el compromiso que he sentido en mi caminar por Chile no se ha reflejado en un apoyo ciudadano suficientemente amplio como para llevar adelante estas propuestas”.

    Comenzó a resultar evidente, a su vez, que en pocos meses se convirtió en el símbolo de la vieja forma de hacer política que la ciudadanía rechaza y en una figura que representaba el antiguo orden, aunque para sus partidarios resultara injusto dada la batería de propuestas programáticas que Lagos traía bajo el brazo. Habrá tiempo para analizar las razones pero probablemente haya influido la forma en que el primer gobierno de Michelle Bachelet manejó parte de su legado, su imagen en la Universidad de Chile durante las protestas estudiantiles de 2011, la defensa corporativa que realizó en las últimas municipales convirtiéndose en el rostro de la derrota y la decisión estratégica de no despegarse del gobierno actual, debilitado y con poco nivel de aprobación.

    Lagos, a su vez, con el correr del tiempo se fue percatando de que el PS que conocía había cambiado demasiado: que no respondía a las mismas lógicas de antaño y que los líderes de antes -los de su generación- cada vez importan menos a la hora de tomar decisiones internas. Se le hizo imposible conquistar a un partido que lo consideraba como parte del patrimonio, pero con el que tiene una relación de mucha racionalidad y poco de emoción. Dicen que no forma parte de la peña socialista -como se le llama a la participación de las instancias partidarias, el puño en alto, la Marsellesa-, que tiene una especial relevancia en un partido donde la cultura y la tradición parecen importar demasiado en algunas circunstancias. El liderazgo de Lagos, efectivamente, emergió desde los círculos intelectuales y académicos y desde ese espacio llegó a transformarse en una figura nacional, no desde la vida interna del PS.

    Un escenario líquido

    El expresidente finalmente salió del tablero en la primera oportunidad posible. En sus círculos se señalaba que había al menos dos momentos para bajarse de la competencia: si el PPD finalmente no se refichaba y luego de las primarias de la Nueva Mayoría. Pero no fue lo uno ni lo otro y Lagos optó por bajar su candidatura arrastrado por la vuelta de espalda que le dieron en el PS. Para ser justos, el expresidente podría haber abandonado la carrera en cualquier momento, pero con su decisión incluso desistió de haber realizado una buena campaña con miras a la consulta ciudadana del 2 de julio próximo donde tenía pensado desplegar su contenido y, de paso, intentar limpiar su legado de gobierno 2000-2006 ante la ciudadanía.

    Con Lagos fuera de la carrera, resulta altamente probable que el oficialismo no tenga primarias. La DC en su última Junta Nacional no definió el mecanismo de elección del abanderado presidencial, justamente pensando en los problemas que podría atravesar Lagos. La senadora Carolina Goic, en este tira y afloja que comienza a producirse en las horas inmediatas a la retirada del expresidente, ha dejado abierta la puerta a que su partido llegue a la primera vuelta presidencial. Como repiten una y otra vez en la Nueva Mayoría, mejor perder con un candidato propio que con uno ajeno y los democratacristianos, que diagnostican que su identidad se ha debilitado desde la alianza con el PC, nuevamente se ven seducidos por la posibilidad de un camino propio que hasta hace algunos meses parecía solo una tentación improbable.

    Si las elecciones fueran este domingo y el tablero que observamos ahora se mantuviera estático hasta el 19 de noviembre, probablemente tendríamos a Sebastián Piñera como ganador. Con la experiencia en el cuerpo, el expresidente en esta ocasión ha medido milimétricamente los riesgos de volver a postularse a La Moneda. Como ex jefe de Estado, que consiguió estar en la máxima magistratura con resultados que hoy son destacados por su sector y contrastados con los de esta administración, tiene el respaldo de un conglomerado ordenado. Contrariamente a lo que ocurre en el oficialismo, donde la convivencia cotidiana hace tiempo que revela las fragmentaciones de forma y de fondo –como ha quedado reflejado en el auge y caída de Lagos– en Chile Vamos se muestran unidos y sin conflictos justamente por las altas expectativas de un eventual triunfo en las urnas.

    Con Lagos fuera de carrera y Piñera en situación expectante, queda preguntarse si Guillier está dispuesto a enfrentar una campaña presidencial con un conglomerado dividido y debilitado. Porque si bien resultaría una tremenda hazaña ganarle en esta ocasión a la derecha, el candidato convertido en presidente debe gobernar con un sector robusto y con un Congreso fuerte. Las amalgamas artificiales, como ha quedado claro en el actual gobierno de Bachelet, no obtienen buenos resultados.

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