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La fundación a la que irán parte de las platas de la venta del CDF

La entidad apunta a cerrar brechas de niños de hogares vulnerables y ya ha sumado a las familias Kaufmann, Ibáñez y Mödinger, entre otras, para aportar al proyecto.

Por: Magdalena Winter | Publicado: Martes 12 de febrero de 2019 a las 04:00 hrs.
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Desde hacía tiempo venían con la idea de crear una fundación que aportara al trabajo en los campamentos. Matías Claro, exgerente general del CDF, y la abogada Anne Traub habían estado en el Ministerio de Desarrollo Social y luego en Vivienda. Allí habían conocido de cerca esa realidad.

Como parte de un master en administración pública (MPA) en Harvard, Matías asesoró a una fundación que se dedicaba a trabajar con la primera infancia y cuyos resultados le parecieron reveladores.

Parent-Child Home Program (PCHP) nació a principios de los ‘60 en Estados Unidos, con el objetivo de prevenir la creciente deserción escolar en colegios secundarios. Una investigación de la sicóloga clínica Phyllis Levenstein de la Universidad de Columbia identificaba a los padres y el ambiente en el hogar como las claves del éxito en el colegio.

Así, desarrolló una metodología cuyo foco era fortalecer los vínculos emocionales entre madres e hijos pequeños de hogares vulnerables, para potenciar el aprendizaje temprano y las habilidades socioemocionales necesarias para que los niños se convirtieran en estudiantes exitosos.

50 años después, la medición de impacto arrojó que los niños que pasan por el programa se gradúan del colegio en un 30% más que el grupo de control; necesitan un 50% menos de derivaciones a especialistas en tercero básico; y muestran habilidades sociales y emocionales que están 2.5 veces por sobre el grupo de control.

Matías y Anne no lo dudaron. Había que replicar el programa en Chile. Tenían la evidencia científica y eran conscientes de que la problemática era poco cubierta en el país. En 2015 crearon legalmente la Fundación Niños Primero y en 2016 partieron con el piloto en Cerro Navia.

Manos a la obra

Max tenía cerca de 2 años y medio cuando una monitora de la fundación llegó por primera vez a su casa. Además de los horarios trastocados, el niño no distinguía claramente cuál de sus tres cuidadoras era su madre, pues la confundía con su abuela y su tía.

Hoy, Max está graduado del programa. Se mudó con su mamá a otra casa y ella tomó las riendas de la educación de su hijo. Durante dos años, una monitora de la fundación fue dos veces por semana a su casa para trabajar con ambos la metodología que busca estrechar lazos entre el niño y su “adulto significativo” (mamá, papá, abuela u otro).

El trabajo se realiza con libros, juguetes y material didáctico especialmente diseñado. Pero la clave está en que sea ese adulto el que lo haga, la monitora sólo enseña y guía el proceso. “La formación emocional y los afectos impactan mucho en el desarrollo posterior de un niño”, explica Anne Traub, directora ejecutiva de la fundación.

Ahora están trabajando con 150 niños de hogares vulnerables en cinco comunas del país, pero este año darán un salto a 520 niños de 12 comunas, de la mano de nuevos aportantes: la familia Kaufmann financiará la expansión a Frutillar; los Mödinger (Cecinas Llanquihue) a Llanquihue; la familia de Pedro Ibáñez a Panquehue; los hermanos Marín (Ecológica) a Lampa; Grupo Prisma, que lidera el mismo Matías Claro, a Cerro Navia y Renca; Manuel Rozas (Kura Biotec) a Puerto Varas; Octavio Pérez de Arce (Salmonera Caleta Bay) a Cochamó; y Rodrigo Marambio (Maraseed) a Curacaví.

A eso se sumará un aporte de la parte de la venta del CDF que le toca a la familia Claro. También están conversando con otras empresas para llegar al norte. El programa implica un desembolso de US$ 1.000 al año por cada niño.

Esto los llevará también a aumentar el número de monitoras de 15 a 36. Ellas son las encargadas de visitar a los niños en sus casas, guiar el trabajo y aplicar los test. En la cuarta sesión, por ejemplo, a los menores se les aplica la prueba ASQ que mide cinco dimensiones, entre ellas motricidad fina, gruesa y lenguaje. Todo esto va quedando registrado en una aplicación que las monitoras tienen en su teléfono y que se creó especialmente para sistematizar la información: número de visitas, duración, test aplicados, etc.

“Un punto clave aquí es que no estamos reemplazando el jardín infantil, tampoco somos sustituto de clases particulares. Estamos trabajando el vínculo a través de la modelación y repetición”, afirma la abogada.

En el futuro, el sueño es poder cubrir a todos los niños que nacen en pobreza extrema en Chile, que son 10.800 al año. “Eso haría una diferencia importante en la lucha contra la desigualdad”.

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Anne Traub, directora ejecutiva de la Fundación Niños Primero. Arriba: Un niño de la entidad
junto a su mamá durante una sesión.

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