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Actualidad internacional

La jornada histórica en primera persona

Gabriela Caldera, Caracas

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Para el venezolano promedio, creer es difícil y la paranoia es común. A pesar de ello, el 23 de enero, miles de manifestantes partieron de nueve puntos de Caracas para culminar en la avenida Francisco de Miranda y protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro, en momentos en que la oposición sufre por su peor crisis de credibilidad.

Ya en 2017, la dirigencia había tenido a las masas movilizadas durante meses en protestas callejeras contra el chavismo que terminaron con más de un centenar de muertos. Pero una vez más, los políticos opositores zanjaron el asunto con un apretón de manos. Los venezolanos tenían razones de peso para ignorar el llamado de estos nuevos dirigentes a protestar… Pero no lo hicieron.

Sin apoyo de medios de los comunicación masivos, que están censurados, y con la pura organización que les permiten sus redes sociales, los venezolanos salieron a marchar y la nueva dirigencia, allí, en medio de la calle y con la asistencia de los diputados de la Asamblea Nacional, por primera vez tomó una acción política contundente y juramentó a un nuevo presidente: el diputado Juan Guaidó.

Factor Guaidó

Guaidó es, sin duda, el factor necesario en un país donde la oposición tibia ha ayudado a mantener en el poder a un régimen hegemónico. El ingeniero surgido del movimiento estudiantil y que era casi desconocido hasta ahora, es la nueva cara que se deslastra de los políticos que durante años han posado como opositores de una forma cómoda para el régimen: lo suficientemente activos como para decir que la oposición existe y laxos como para no generar un cambio real.

Guaidó también es la respuesta a la masa chavista descontenta, que ha reaccionado protestando espontáneamente contra un gobierno que le prometió patria y socialismo y en la práctica sólo le ha dado hambre, hospitales donde no hay ni siquiera una jeringa y una crisis tan dura que los venezolanos huyen de su nación a pie.

Cotiza y Petare, donde aún se ven murales con la cara de Hugo Chávez, fueron los primeros bastiones del chavismo que se alzaron durante los últimos días contra Maduro. Sin convocatoria política de nadie, sólo por descontento popular.

Se suman los chavistas

La fisionomía del manifestante promedio ya no es la del caraqueño del este, de punta en blanco con su ropa de marcas. Ahora es María Fernanda, la morena de trenzas largas que protesta para no seguir pasando hambre; es el señor con la bandera de Venezuela en la franela, muchas tallas más grande, que cuenta cómo es el único de su familia que queda en el país; es todo el mundo, porque si algo ha quedado claro es que no se trata de ciudadanos que protestan por corrientes ideológicas opuestas, sino gente común rebelándose.

Los mismos chavistas que antes no protestaban por miedo a perder sus bolsas de comida, manifestaron esta vez. Aunque salir a protestar en Venezuela es una ruleta rusa, con opciones tenebrosas: tragar gas lacrimógeno, ser herido por perdigones, recibir tiros, caer preso y juzgado por un tribunal militar e incluso torturado o muerto. Son miedos a los que todo venezolano se enfrenta cuando dice la típica frase de “nos vemos en el asfalto”.

Pasada la 1 de la tarde del 23 de enero, la televisión abierta venezolana transmitía novelas, mientras Guaidó hacía su juramento presidencial. En la avenida Victoria de Caracas, una señora le preguntaba a otra en la cola del supermercado quién era ese nuevo presidente. Un chavista que asistía a la concentración de Maduro cerca de la plaza O’Leary preguntaba dónde estaba su pago por ir al mitin político y al otro lado de América, la Casa Blanca sacaba un comunicado reconociendo a Guaidó como mandatario.

En el aire, una pregunta flota casi palpable, como las guacamayas que atraviesan el cielo de Caracas mientras abajo la ciudad convulsiona: ¿Es este el principio del fin?.

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