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FT Español

13/04/2017

Turquía se juega su futuro en el referendo de este domingo

  • Turquía se juega su futuro en el referendo de este domingo

    Por David Gardner

    Para Recep Tayyip Erdogan, más poder es atractivo. El domingo, una Turquía amargamente dividida votará una propuesta que lo convierte en un presidente que gobierna sin el control de una separación real de poderes.

    Erdogan, el líder más poderoso del país desde Mustafa Kemal Ataturk, quien forjó la Turquía moderna desde las ruinas del Imperio Otomano, ahora gobierna por decreto bajo un estado de emergencia, desde el intento de golpe de Estado de julio. El objetivo del referendo del domingo es convertir en ley lo que ya es de hecho, dándole al mandatario inmunidad ante las cortes y removiendo su obligación de responder ante el parlamento. Sus seguidores dicen que sólo un Ejecutivo fuerte puede guiar a Turquía en sus numerosos problemas, que van desde una economía tambaleante a los múltiples ataques terroristas, y llevarla a un camino de grandeza.

    Si gana –y ha ganado todas las votaciones, ya sea por el puesto de primer ministro o la presidencia desde 2002–, el pluralismo no terminará bien en Turquía. Los turcos son demasiado diversos, e incluso una figura tan imperiosa como la de Erdogan y su partido neo-islamista Justicia y Desarrollo (AKP) no puede homogeneizarlos. Sí pueden, no obstante, hacer muy difícil que los saquen de sus cargos, un escenario gris, dado el desorden de una oposición dividida y perseguida.

    Aun así, recién hace tres semanas, había pánico en las filas de AKP, cuando las encuestas mostraban que más de la mitad de los turcos no apoyaría el gobierno de una persona. Los sondeos internos del partido oficialista sugieren que eso ha cambiado desde que Erdogan salió a terreno, encendiendo el camino de la campaña como una bola de fuego. Es difícil pensar en otro político que tenga un atractivo tan preternatural con las masas adoradoras.

    Pero Erdogan no ha ganado aún. Por ejemplo, tiene que conseguir los votos de los turcos nacionalistas y la minoría kurda, dos grupos antagonistas que desconfían de él.

    El gobierno no evita el juego sucio. Una vía es ligar a los “opositores” con los “terroristas”: los seguidores de Fethullah Gulen, el clérigo radicado en Estados Unidos y ex aliado de AKP, a quien el oficialismo acusa de planificar el intento de golpe del año pasado; el Partido Kurdo de los Trabajadores (PKK), con el cual Ankara revivió una guerra de hace 30 años en 2015, luego de que el AKP perdiera por breves momentos su mayoría parlamentaria; y finalmente, y quizá en menor medida en el ranking de riesgos para el gobierno, Isis, a pesar de la mortal racha de atentados.

    “No decimos que quienes votan por el No son terroristas”, protesta Mustafa Sentop, jefe de la campaña del presidente, con una sonrisa apenas escondida. “Decimos que los grupos terroristas también defienden el No. Todos”, dijo.

    Si Erdogan gana, podría reelegirse para mantener el poder hasta 2029. Tendrá control de la justicia, podrá prescindir de un primer ministro y nombrar a todos los ministros. Podrá ejercer paralelamente el liderazgo del partido y disolver el parlamento, que pierde la facultad de censurarlo. “Si los turcos no ven lo que viene, entonces temo que nos merecemos esto”, dice un prominente liberal.

    Lo que está en juego es realmente enorme. Toda la política exterior ha sido subordinada a las ambiciones de Erdogan. El mes pasado, llegó al borde de destruir sus conexiones con Europa, llamando a líderes en Alemania y Holanda “nazis” por prohibir las campañas de sus ministros ante los votantes turcos en esos países. El presidente propone aún otro plebiscito: decidir si Turquía debe abandonar sus largos intentos de ingresar a la Unión Europea.

    Será difícil continuar con la ficción de que la Turquía de Erdogan es un miembro viable de la UE. Es verdad que Alemania y luego Francia levantaron los puentes levadizos de sus castillos euro cristianos, no mucho después de que los rumores de ingreso comenzaron en 2005. Pero Erdogan estuvo más que feliz de deshacerse de la vigilancia política de la UE y dobló el camino de las reformas hacia sus propios fines.

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