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“La Belleza, lugar de comunión”

Por: Paula Jullian | Publicado: Viernes 2 de febrero de 2018 a las 04:00 hrs.
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Marko Rupnik fue invitado por la Pontificia Universidad Católica de Chile a dictar una conferencia sobre su arte sacro titulada ‘La Belleza, lugar de comunión’. En esa ocasión, asistió también a un encuentro informal organizado por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana, con un reducido grupo de académicos y artistas de la Universidad. En este encuentro, el Padre Rupnik conversó relajadamente en torno a su arte y su trayectoria contestando preguntas de los asistentes. Dada la naturaleza amistosa de esta reunión, sus ideas fluyeron muy espontáneamente sin todo el rigor de una actividad académica formal. HUMANITAS participó de esta conversación y compartimos en esta ocasión parte del intercambio. Puede encontrar el texto completo en www.humanitas.cl.

-Cuéntenos cómo llegó a este estilo religioso tan propio con mosaico. ¿Cuál fue su itinerario artístico y espiritual hasta llegar a lo que es su obra hoy?

- Yo nací en los Alpes Eslovenos, donde hay por lo menos seis meses de nieve. Siempre pinté, desde muy chico. Antes de escribir, ya estaba pintando. El problema era en el colegio, que siempre quería pintar y no escribir. Pero los profesores no eran tan inteligentes como para entender mis dibujos, con lo cual eso me causaba problemas. Pero cuando entré a la Compañía de Jesús, empecé a pintar y dibujar más seriamente, y viéndolo, los superiores decidieron enviarme a la Academia de Bellas Artes. Estudié en la academia de Roma, y me convertí en un pintor muy revolucionario. Formé un grupo de siete artistas, que hacíamos de todo y contra todo. Entré a la pintura a través de la puerta del expresionismo abstracto, que era un expresionismo muy violento, donde el sujeto tiene que expresarse con su propia personalidad. El arte como expresión del artista, lo que es muy subjetivo.

Pero a los dos años de la academia, yo me convertí en alguien muy famoso. Recibí el premio como mejor pintor de todas las academias de Europa. Entonces comencé a percibir que el arte es un dragón que puede destruir a la persona.

En ese tiempo encontré un gran padre espiritual, el Padre Tomas Špidlík (1919 – 2010, en la ex Checoslovaquia) que después fue creado Cardenal a quien yo seguí por 30 años como mi Padre. Fue realmente con él que comprendí que el arte no puede ser solamente expresión del sujeto. El arte es un servicio. Si una madre se entrega y pone de lo suyo en el plato que prepara para su niño, entonces no entiendo por qué un artista tendría que firmar su obra. Porque es simplemente un servicio.

Entonces fui a la Basílica de San Pablo, hice oración durante todo un día, y ofrecí todo lo que tenía que ver con el arte; los colores, los pinceles, las espátulas, y sobre todo el talento, pidiéndole al Señor que liberara a Rupnik de Rupnik. Porque entendí profundamente que el único enemigo del hombre es uno mismo. Volví a casa, tomé el color negro, pinté todos los cuadros que tenía en mi casa para ser realmente libre de mí mismo, y por diez años no toqué ningún pincel. Hacía lo que me pedían mis superiores, pero dentro de mi corazón, siempre pintaba.

Para una Pascua, entendí verdaderamente lo que decía Maurice Solovine, filósofo y matemático rumano: que la fuente de la creatividad es el Espíritu Santo, no las musas, sino la inspiración espiritual. Entonces, aunque era joven, pienso haber entendido lo que dice Romano Guardini; que la obra de arte se ve completada por Dios. Porque yo no puedo cerrar la obra. Como la Liturgia; nosotros traemos el pan y el vino, y después pedimos por la bajada del espíritu santo. Nosotros no podemos crear nada, hacer nada; es Dios quien lo hace. Ahí entendí que también el arte es así.

Entonces fui a las catacumbas y empecé a estudiar muy seriamente las épocas pasadas, los períodos Románico y Bizantino. Este arte es muy litúrgico, no se termina en sí, sino que su perfección es bi-componente; la esencia del hombre, que hace ver su propia fragilidad; la apertura a Dios, que viene y obra en uno. Son dos realidades, el hombre pobre y pecador, abierto a Dios y Dios que obra en el hombre, es Él quien salva. La perfección cristiana se compone de estas dos realidades. Para mí es muy importante este descubrimiento. Que la perfección del arte tiene que también ser la perfección de la vida. Si no, es un dualismo.

Así llegaron estos diseños muy esenciales. Los he diseñado muchas veces, hasta quince horas por día, para llegar al dibujo –a la línea– esencial; a lo que decían los antiguos que algo es lindo cuando no se le puede quitar nada; que es lo esencial. En un momento me llamó el Padre general y me dijo: “Llegó la hora de que vuelvas al arte. Piensa en los artistas”. Y después de un año, el Papa me llamó y me pidió la capilla de Redemptoris Mater. Así entendí otro pasaje: una cosa es lo que yo quiero, pero otra vida es cuando eres llamado. Cambia todo.

-Usted relataba que ha sido un artista desde muy pequeño, y siendo muy joven, decidió ser sacerdote jesuita. ¿Qué lo llevó a esto?

- Nací en una familia como sacada de un cuento. Yo era el último de cuatro hijos, éramos muy pobres, porque nací en una parte de Eslovenia gobernada por Italia. Entonces Mussolini mandó a todos nuestros jóvenes a la guerra en África. Mi padre fue por once años a la guerra y volvió muy enfermo, pero era un hombre santo. Era un pedagogo como ningún otro jesuita que he conocido. Jamás escuché siquiera una pelea entre mi papá y mi mamá. Era una unión que era realmente impresionante, y creo que eso es lo que más me quedó de ellos, la cosa más esencial de la vida: la comunión, las relaciones interpersonales.

Cuando caía la nieve, mi padre iba al campo y con sus mismas manos movía las piedras para poder cultivar la tierra fértil. Yo tenía cuatro años, iba detrás de él, y recuerdo como si hubiera sido ayer la impresión que me causaba ver a mi padre bendecir el campo antes de comenzar a trabajar. […] Yo miraba esta escena, bebía esta escena.

Cuando me preparaba para mi primera comunión, el sacerdote nos hacía rezar la invocación al espíritu: “que baje el espíritu y que renueve la faz de la tierra”, y yo decía “yo esto lo entiendo!”. El sacerdote me preguntaba “¿qué entiendes?”, y yo dije “mi papá. Él es este sacramento”. Y yo creo que es ahí mismo dónde nació el sacerdocio y mi arte. Él siempre vivía una gran unidad. A los que conozco y quienes vivieron conmigo me dicen que soy artista tal cual como soy, y lo que soy es sacerdote. Y me dicen que soy sacerdote tal cual soy, porque soy artista. Creo que realmente, es así. No me puedo imaginar a mí mismo sin el trabajo manual.

***

(…) El trabajo que usted ha realizado se centra en tomar el mundo de imágenes o escenas bíblicas propias del mundo católico, (…) ¿a lo largo de su carrera, usted se ha preguntado si a través del arte se puede llegar a comunicar con una comunidad que va más allá de la comunidad católica?

- Primero, tenemos que distinguir los niveles del arte. Si el arte es arte, surge la maravilla; si el arte es religioso, surgen los sentimientos religiosos; si el arte es litúrgico, pone en comunión con Dios, entonces suscita el signo de la cruz. Nosotros pensamos que, para poder dialogar con los no creyentes, debemos dialogar en el primer nivel del arte, y es justamente ahí donde es difícil encontrarse, porque el arte contemporáneo es totalmente subjetivo, y sus artistas están muy aislados y solos. Conozco verdaderamente miles de artistas, y están muy aislados porque, para ser un artista famoso, creen que deben tener un lenguaje propio, un código propio, una gramática propia, una forma totalmente única. Entonces nadie los entiende, es imposible comunicarse.

En el mundo caucásico, en países como México y Perú y en las grandes civilizaciones como los mayas e incas, se ve que el mosaico es crear una armonía de la diversidad. Entonces es un lenguaje de las piedras, y es la piedra la que se convierte en el lenguaje.

Entonces estudié muchísimo cómo están hechas las caras, las ropas. Nosotros siempre tratamos de hacer ver el movimiento de la materia, y es por eso por lo que la escuela dura cuatro años; porque no es tan fácil, ella debe ser siempre dinámica. Pienso que, como decía Massimo il Confessore, si yo abro la materia, dentro de esta materia encontraré el código del que fue creado, y este código es el ‘logos’. ¿Cuál es el ‘logos’ de la materia? Te muestra hacia dónde quiere ir la materia, cuál es su dirección. La materia tiene su propia voluntad, ¿Y cuál es su dirección? Encontrarse en las manos del hombre como Don. Estar al servicio del amor, porque solo el amor permanece. Lo que no entra en el amor permanece en la muerte. Este es un modo, por ejemplo, de la justicia social muy distinta de la que conocimos en las últimas décadas, porque es la materia la que me invita, me toma con amor y me entrega.

Entonces, ¿cuál es la expresión del amor supremo? Es el cuerpo del hombre, el rostro, que es totalmente inconfundible, como el amor; el amor es siempre personal, no individual. Entonces para mí, hacer una cara es realmente como tú decías: es hacer ver la comunión de los diversos que expresan el rostro personal del mundo. Cuando la creación se hace personal, se completa.

Cristo es el fundamento de cada símbolo, porque ¿qué cosa es un símbolo? Símbolo es la unidad de dos mundos; dentro de una realidad yo descubro otra, y esa otra es personal y relacional. El símbolo no tiene un significado. Cuando uno dice “este símbolo significa”, no estamos hablando más del símbolo. El símbolo hace presente, el símbolo es la inseparable unidad de dos mundos. La materia que nos representa no se puede separar de aquello que representa. Pero no es identificable, ¿entiendes?

En Cristo está la unidad de dos mundos, esto que después pasó a la liturgia. Eso es lo que nosotros vivimos en la liturgia; cada símbolo verdadero lleva a esto. De otra manera, son signos. Pero el símbolo no puede ser universal. ‘Universal’ no significa que todo el mundo lo entiende de la misma manera; eso es racionalismo moderno. Ivanov da un muy bello ejemplo; el beso es símbolo. Eso es tan verdadero que Judas tuvo que cambiar algo. Él les da un signo: no un símbolo. Si él iba y besaba a Cristo, los bandidos seguramente hubieran capturado a Cristo, pero él tuvo que decir que esa era la señal. “Ese beso no es un símbolo, es un signo, es un robo. Yo lo beso para señalarlo y entonces ustedes lo toman”.

Cristo da a nuestras manos, y después de dos mil años todavía no logramos comprender. El tiempo no cuenta; los símbolos requieren mucho tiempo, por lo tanto, la época moderna no conoce ningún símbolo. Es más, alguien creó sus propios símbolos. El comunismo, por ejemplo, no es un símbolo, porque ningún mal puede crear un símbolo. El diablo no puede crear símbolos porque el diablo divide. El símbolo es el mundo unido.

Pero una cosa es segura: que la época futura será la época simbólica. Debemos ir en marcha hacia adelante, o sino terminaremos hablando cada uno con nosotros mismos. Como dice la Dalia, en un texto bellísimo, en un cierto momento histórico se pasó del símbolo a la suma, al tratado. Y ahora hay tiempo, de nuevo, de pasar del tratado a la vida. A una vida que tiene su propia inteligencia y simbología.

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