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La resurrección de Jesús y el sentido de la vida

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En el marco de la Semana Santa recién vivida, presentamos esta selección de párrafos de la reflexión de Enrique Cattaneo sobre la concepción de la muerte y la verdadera vida hoy. La versión completa está disponible en www.humanitas.cl.

Una de las habituales maneras de resolver el enigma de la existencia consiste en "domar" la muerte, es decir, considerarla un hecho natural, que debe aceptarse sin demasiada angustia ni demasiadas interrogantes. Hay quienes llegan a encontrar en esta aceptación de la muerte una especie de paz del alma, una serenidad envidiable, al menos aparentemente.

Contra esa tendencia, tan antigua como el hombre, la Biblia reacciona vigorosamente, enseñando que la muerte humana no constituye en realidad algo "natural", sino la consecuencia de un rechazo de Dios (ver Gn 3; Rm 5, 12); no tiene cabida en el proyecto de Dios (ver Sb 2, 23-24) y lanza una sombra sobre todas las actividades humanas, hasta las más nobles y santas. Dios es el Dios de la vida (ver 1 Jn 1, 1) y la muerte no puede convivir con Él. Mientras no se resuelva el problema de la muerte, la existencia humana en la tierra siempre será un enigma indescifrable.

Para que no se olvide esta realidad, la Biblia ha conservado un pequeño libro perturbador llamado Qohélet. Su autor es alguien que toma en serio la muerte, no hace pactos con ella y afirma que "todo es vanidad" (Qo 1, 2), es decir, vacío, nada, descomposición. ¿De qué sirve estudiar, esforzarse, hacer el bien, servir a Dios? La respuesta es tajante: no sirve de nada, si es verdad que la muerte en todo tiene la última palabra. O mejor dicho, como buen israelita, sabe que, tal como la primera palabra es de Dios, asimismo la última palabra será de Dios (ver Qo 12, 13); pero no sabe cómo Dios desea resolver el problema.

En este nivel, el Antiguo Testamento no es superior a todas las demás religiones y filosofías: ninguna de ellas ha sabido jamás dar una solución para el problema de la muerte, fuera de "domarla", es decir, reducir al hombre únicamente a su "cuerpo" (y entonces todo termina con la muerte) o únicamente a su "alma", y entonces es necesario proyectar un "más allá", ya sea opaco o feliz. Sin embargo, el Antiguo Testamento, a diferencia de las demás religiones y filosofías, ha puesto algunos pestillos seguros: Dios y el mundo no son lo mismo; el mundo no es divino; el sol y los astros no son divinidades, sino criaturas; este mundo no es eterno, y terminará; el hombre es al mismo tiempo de la tierra y de Dios (ver Gn 2, 7) y está dotado de libre arbitrio; en la existencia humana ha habido una explícita desobediencia del hombre a Dios; esta confusión de la existencia humana sólo puede resolverse restableciendo la relación con Dios, es decir, observando sus mandamientos y en comunión con Él.

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Alrededor del año 30 de esta era, aparece en Galilea un hombre, un profeta llamado Jesús, que predica la inminente venida del reino de Dios a la tierra (ver Mc 1, 15). ¿Es el Mesías esperado? Muchos se lo preguntan (ver Jn 4, 29). Sin embargo, su predicación provoca hostilidad de parte de las autoridades religiosas: este Jesús se cree superior al mandamiento del sábado (Mc 2, 27-28), no respeta las tradiciones de los antepasados (ver Mc 7, 5) y al parecer ha dicho palabras blasfemas contra el Templo (ver Mc 14, 58). Capturado y conducido a proceso, al preguntársele si era el Mesías, hijo de Dios, dio una respuesta considerada una blasfemia, por lo cual fue condenado a muerte (ver Mc 14, 63-64). La ejecución se encomendó a los romanos, que aplicaron el suplicio de la cruz.

Después de su muerte, los discípulos pensaron en la sepultura, pero siendo inminente el sábado, en el cual estaban prohibidos los trabajos manuales, la postergaron para el día siguiente. El tratamiento del cadáver con aromas y especias se encargaba a las mujeres (ver Mc 16, 1). Los discípulos estaban sumidos en estos pensamientos cuando, como un rayo en el cielo sereno, llega la noticia de que ha desaparecido el cadáver y que algunas mujeres, al dirigirse al sepulcro, vieron a Jesús vivo (ver Lc 24, 22-23). Tras las primeras dudas, llega la certeza: los discípulos ven al Señor resucitado, hablan con él, lo tocan, comen juntos (ver Lc 24, 36-43). Sin embargo, él no ha vuelto a la vida simplemente para morir de nuevo: ha entrado en otra dimensión, no menos real, pero distinta a aquella conocida hasta ese momento. ¿Es alucinación? ¿Es realidad? ¿Pero qué realidad? Los discípulos ciertamente se habrán planteado estas interrogantes, pero luego han debido rendirse ante la evidencia del hecho: ¡Jesús se ha mostrado resucitado! Es precisamente Él, aquel que fue puesto en la cruz. Se les abren entonces los ojos: por lo tanto Él es el Mesías, Él es el Hijo de Dios. Se comprende entonces toda la historia de la salvación, se comprenden todos los discursos de los profetas, se comprenden todos los dolores del mundo y las promesas de Dios: ¡la muerte, último enemigo, ha sido derrotada! El enigma de la existencia está resuelto. Ahora es posible vivir, tener esperanza, amar, sufrir e incluso morir por la justicia, porque existe la vida eterna, la vida de la resurrección. No se trata tanto de entrar a "otro mundo" (en francés, un autre monde), sino a un "mundo distinto" (dans un monde autre).

El encuentro entre la realidad del viejo mundo con la nueva linfa de la vida resucitada ya ha tenido lugar, de tal manera que este mundo se encuentra como traspasado por los dolores de un parto: sufre y gime (ver Rm 8, 20-22), queriendo de pronto experimentar con plenitud esta vida "distinta", donde ya no se encuentra el veneno de la corrupción, del pecado, del odio, de la mentira, de la codicia, sino alegría, felicidad, paz, fraternidad, en una palabra la vida en el Espíritu Santo. Es preciso reconocer que también entre cristianos de hoy el tema de la resurrección de Cristo ha llegado a ser prácticamente irrelevante. Ya no se entiende qué sentido puede tener afirmar que Él resucitó "en su verdadero cuerpo". Se tiende por este motivo a una interpretación de tipo espiritual. Cristo resucitado significa que su mensaje es tan vital e importante que ha continuado incluso después de su muerte, mantenido por sus discípulos. De acuerdo con el exegeta protestante Rudolf Bultmann (1884-1976), muchos consideran que la resurrección de Jesús es un "mito", que incluye en todo caso un contenido de fe: el poner enteramente la confianza en Dios. A Bultmann no le interesa si la tumba de Jesús estaba vacía o si todavía se encontraba allí el cadáver: es un detalle histórico, de la crónica, que nada tendría que ver con la fe. Sin embargo, para los primeros testigos no era así: si el cadáver de Jesús hubiese permanecido en la tumba, entonces la resurrección sería un mito. Ciertamente, el sepulcro vacío por sí mismo no lo decía todo, pero habiéndose determinado que no se trataba ni de un robo ni de un truco de los discípulos (ver Mt 27, 62-65), quedaba abierta la puerta que únicamente la aparición de Jesús resucitado podía traspasar. El Evangelio, "la buena nueva", es esencialmente esto, y por cuanto la resurrección supone una verdadera muerte, precisamente también la muerte de Jesús es anunciada (ver 1 Co 11, 26), no por sí misma, sino porque tiene su desenlace perturbador en la resurrección. La resurrección es el comienzo del nuevo mundo, de la nueva era, es decir, de una existencia distinta, que ha sido posible gracias al don del Espíritu Santo, que es el Espíritu del Resucitado.

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La resurrección de Jesús es entonces la única respuesta verdadera al problema de la existencia, tanto que "si no resucitó Cristo, vacía es nuestra fe" (1 Cor 15, 17). Pablo puede entonces decir a sus correligionarios israelitas: "Nosotros os anunciamos que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús" (Hch 13, 32-33). El apóstol distingue entre "muerte" y "corrupción", y hace una comparación entre David y Jesús: "David (...) murió y experimentó la corrupción. En cambio, aquel a quien Dios resucitó, no experimentó la corrupción" (Hch 13, 36-37). Así, también Jesús experimentó la muerte, como todos, pero fue el único que no estuvo sujeto a la "corrupción", lo cual indica que la resurrección tiene relación precisamente con el cuerpo de Jesús. Pablo se apoya en el Sal 16 (15): No dejarás a tu santo ver la corrupción, según la versión griega, mientras el texto hebreo señala: No dejarás a tu amigo ver la fosa, es decir, la muerte. La diferencia no es pequeña, pero ambos textos se consideran inspirados. Pedro, en su anuncio después de Pentecostés, ya había citado este Salmo, haciendo una comparación con David, el cual "murió y fue sepultado, y su sepulcro sigue estando entre nosotros", mientras Cristo "no fue abandonado en los infiernos ni su carne experimentó la corrupción" (Hch 2, 27-31). Pablo sabía que la esperanza en la resurrección de los muertos era uno de los puntos fundamentales del judaísmo, si bien no era compartido por todos, y estaba dispuesto a dar testimonio, incluso ofreciendo su vida, de que esa resurrección había tenido lugar en Jesús (ver Hch 23, 6-10; 24, 21). Paradojalmente, mientras fariseos y saduceos discuten entre ellos sobre la resurrección, el Señor Jesús se presenta a Pablo para darle ánimo (ver Hch 23, 11).

La resurrección de Jesús es una "bella noticia", porque no sólo tiene que ver con él, sino también con todos los que creen en él siempre que vivan de acuerdo con sus enseñanzas: "Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron" (1 Cor 15, 20). "Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús" (1 Ts 4, 14). En todo caso, la resurrección no es solamente un hecho futuro, sino experimentable en el presente en una "vida nueva" (ver Rm 6, 4), ya no a merced del pecado, sino guiada por el Espíritu (ver Rm 8, 9-11), es decir, "por el amor de Dios derramado en nuestros corazones" (Rm 5, 5).

Para captar toda la estupenda novedad de esta "buena nueva", es preciso sin embargo tener el valor de mirar de frente a la muerte en toda su terrible verdad: ella es el fin a cuyo encuentro va inexorablemente todo cuanto tiene vida en la tierra. También ella, como dice la ciencia, no es eterna, y terminará su trayecto. También las grandes obras de arte algún día dejarán de existir. También de la Basílica de San Pedro no quedará piedra sobre piedra. ¿Qué sentido tiene entonces nuestra vida? Hoy preferimos no plantearnos esta interrogante, ya que todos somos presa de las preocupaciones de la vida.

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Ésta es entonces la doctrina evangélica y apostólica, que enseña la encarnación del Verbo, nuestra adopción como hijos mediante la fe, revelándonos que Dios es Padre. Este "nuevo nacimiento" significa liberación de los vicios, purificación de los pecados, participación en la resurrección de Cristo.

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