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A veces el pesimismo es una perspectiva iluminada

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Por: Pilita Clark | Publicado: Lunes 5 de marzo de 2018 a las 04:00 hrs.
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Todo el mundo sabe quién es Bill Gates, pero, ¿qué sabemos del incremento en popularidad que resulta del ‘impulso’ Bill Gates? En este caso, se trata del aumento en las ventas de un libro que puede desencadenar el filantrópico millonario cuando le informa al mundo sobre un autor que él admira. Un tomo enorme de más de 800 páginas publicado hace cinco años se disparó en Amazon el año pasado cuando Gates tuiteó que era “el libro más inspirador que jamás había leído”.

El autor era Steven Pinker, un profesor de sicología de Harvard, quien alegó en su libro “Los Mejores ángeles de nuestra naturaleza”, que habían disminuido tantos tipos de violencia que quizás habíamos entrado en la era más pacífica de la historia humana, a pesar de lo que se ve en las noticias.

Gates acaba de reiterar su admiración al declarar que la nueva obra de Pinker, “La Ilustración ahora”, era su “nuevo libro favorito de todos los tiempos”. “Es como ‘Mejores ángeles’ en esteroides”, dijo efusivamente en su blog, explicando cómo Pinker había dejado atrás la violencia y arribado a otras quince medidas del progreso que mostraban cómo el mundo estaba mejorando.

Basándome en la idea de que nunca hace daño saber lo que piensa un hombre valorado en US$ 91 mil millones, contribuí al nuevo ‘impulso’ Bill Gates y descargué “La Ilustración ahora”. Según lo prometido, está repleto de datos que muestran que somos más saludables, seguros, libres y ricos que nuestros antepasados. La hambruna catastrófica ha desaparecido de la mayor parte del planeta. La guerra entre las naciones es obsoleta. La mayoría de nosotros vivimos en democracias. Hasta nos estamos volviendo más inteligentes, con un aumento de aproximadamente 3 puntos por década en el coeficiente intelectual global promedio.

No obstante, al leer esto, comencé a preguntarme cómo Pinker abordaría un ámbito en que los avances han sido desiguales: el medio ambiente. Mares llenándose de plástico son una cosa, como la disminución de las especies. Pero, el cambio climático es otra y bien grande. ¿De qué vale que los seres humanos estén mejorando en todos los aspectos si acaban viviendo en un mundo que se vuelve cada vez más inhabitable a medida que aumentan las temperaturas?

Pinker hace un esfuerzo serio por ajustar estos males dentro de su tema de progreso, pero el resultado es forzado y a veces curiosamente hiperbólico. Su capítulo sobre el medio ambiente comienza con un ataque al movimiento verde, una “ideología cuasi religiosa” que él detecta en todo el mundo, desde Al Gore hasta el Papa Francisco, la cual desconfía del compromiso de la Ilustración con la ciencia y la razón. Según Pinker, este credo “apocalíptico” está “contaminado de misantropía” y es propenso a “comparaciones tipo Nazi de seres humanos con parásitos, patógenos y cáncer”. Como ejemplo de esto, menciona una cita de Paul Watson sobre el “virus humano”, omitiendo añadir que Watson es un activista en contra de la caza de ballenas tan contencioso que hasta Greenpeace lo ha criticado.

Pinker se halla en terreno más firme cuando describe los avances que han logrado los países al volverse más ricos, lo cual ha permitido que puedan pagar la limpieza de la niebla tóxica de los cielos, eliminar el veneno de los ríos y conservar en vez de saquear la naturaleza.

Pero el cambio climático plantea un problema mayor. Pinker está ansioso por desacreditar la perspectiva “trágica” de la modernidad: que una sociedad industrial basada en carbono es capaz de destruirse a sí misma. Concede que no podemos ser complacientes sobre el calentamiento global y está de acuerdo en que “la humanidad nunca ha enfrentado un problema como éste”. La respuesta es, dice, abandonar el “eco-pesimismo” y adoptar una “eco-modernidad” más iluminada, porque los problemas ambientales son en última instancia “solubles, dada la información correcta”.

Para empezar, deberíamos entender que la intensidad global de carbono, o sea las emisiones por dólar del PIB, ha bajado. Y es verdad. En efecto, las emisiones globales de carbono apenas crecieron en 2016, cuando el PIB global era de 3,1%, lo que quiere decir que la intensidad de carbono cayó 2,6% frente al año anterior, casi el doble del descenso promedio anual desde 2000. Pero como señala PwC, es menos de la mitad del descenso de 6,3% que los países necesitan lograr cada año hasta 2100 para mantener el calentamiento global bien por abajo de 2C, la meta principal del acuerdo climático de Paris.

Pinker lo sabe. Cree que el precio del carbono, la energía nuclear, la geoingeniería, u otras tecnologías aún por inventarse podrían ser la respuesta. Ojalá tenga razón. Pero cuestionar cuánto tiempo va a tomar no parece ser tan pesimista como perfectamente razonable y quizás hasta positivamente iluminado.

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