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Alertness

Valentina Verbal Historiadora, directora de Formación de Horizontal

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Hace algunas semanas, causó cierta polémica una opinión del periodista Daniel Matamala en la que distinguía binariamente dos tipos de empresarios. Entre los primeros se encontrarían los dueños de Cornershop, quienes luego de vender su aplicación a Walmart por 225 millones de dólares, le habrían pegado “el palo al gato”. Entre los segundos estaría “un largo listado de herederos y rentistas, engordados a la plácida sombra de los monopolios, las colusiones y el tráfico de favores políticos”.

Desde esa mirada, los ex dueños de Cornershop representarían “el lado luminoso del capitalismo”, asociando la buena empresarialidad con las innovaciones de “punta” en materia tecnológica.

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Pero, en la práctica, muy pocas empresas son de este tipo. La inmensa mayoría de ellas no viene de grandes investigaciones de laboratorio, sino de gente común y corriente, que simplemente hace uso de lo que el economista estadounidense Israel Kirzner denomina “alertness” (estado de alerta), y que significa captar de manera perspicaz oportunidades de negocios. Y esto, por otra parte, no implica ofrecer un producto enteramente novedoso, sino que —como ha insistido con fuerza su colega español Xavier Sala-i-Martin— hacerlo de manera diferente.

De hecho, para demostrar su tesis, Sala-i-Martín pone en primer lugar el ejemplo de Zara. Amancio Ortega, su dueño, se encuentra actualmente situado en el sexto lugar de la lista Forbes de multimillonarios del mundo. Ortega era un modesto vendedor de camisas, descontento con el mecanismo de venta de las empresas de ropa. ¿En qué consistía? En contratar un diseñador gurú para “adivinar” las tendencias de temporada y diseñar una colección que, al no venderse a tiempo, terminaba haciéndose a mitad de precio en una liquidación. ¿Cuál fue la “gran” innovación del español? Que en vez de confiar en los diseñadores, decidió preguntarle a la gente de a pie cómo le gustaría vestirse. De ahí que los vendedores de Zara fungen, a la vez, de encuestadores, incluso con libreta en mano.

Pero lo más importante de todo es que, para ser innovador en materia empresarial, no es necesario llegar a la lista Forbes, ni tampoco inventar la rueda o la máquina a vapor. Basta con buscar oportunidades de manera creativa y en el sector de la economía que sea. ¿Acaso no le pegan, también, el palo al gato todas las personas que se abren camino en la vida, poniendo un almacén de barrio o prestando servicios de peluquería en los edificios residenciales? Lo cierto es que la sociedad está llena de empresarios “luminosos” que, gracias al libre mercado, son capaces de estar alertas para captar, en el momento y lugar precisos, las preferencias de los consumidores.

Y al final, nos guste o no, son éstos —y no otros— los verdaderos soberanos a la hora de distinguir entre “buenos” y “malos” empresarios.

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