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Columnistas

21/03/2017

La moderación de la moderación

Director Ejecutivo Fundación Para el Progreso

  • Por Axel Kaiser
    Axel Kaiser

    Axel Kaiser

    “El temor a las diferencias redunda en su ocultamiento en las conversaciones. Ello explicaría el habla ladina, ambigua, oblicua, descomprometida. Pareciera imperar en muchos el principio de que más vale una mala conversación, por ficticia, desigual y superficial que sea, que el conflicto que acarrearía un intercambio honesto sobre lo que se es y se piensa”. Así describe en 2004 nuestra forma de ser el Informe de Desarrollo Humano en Chile de las Naciones Unidas. Según él, los chilenos no somos honestos a la hora de decir lo que pensamos. Todo debe decirse de manera arrastrada y circular para así no confrontar al otro.

    La incapacidad de decir no cuando es no y la eterna digresión para hacer notar que no se está cómodo con algo son algunos de los aspectos de nuestra cultura que más exasperan a extranjeros de países desarrollados. Peor aún, cuando alguien osa en ser franco y directo solemos descalificarlo.

    En materia de defensa de principios e ideas esta cobardía en exponer realmente el propio punto de vista se disfraza de virtud. “Moderación” es el nombre que se le da. Por supuesto en la derecha este complejo es mucho peor que en la izquierda. Mientras a la gente que se identifica con la derecha -salvo excepciones- suele caerle pésimo que alguien defienda con claridad y convicción sus ideas -aunque sea respetuoso- en buena parte de la izquierda se celebra y cultiva la frontalidad incluso cuando es agresiva, sin respeto y plagada de falsedades. Después se sorprenden en la derecha cuando se instalan categorías falsas como la tesis de que los empresarios son todos abusadores, de que el lucro es inmoral o de que el problema real de Chile es la desigualdad, mito que incluso empresarios han propagado a pesar de que Claudio Sapelli lo ha refutado totalmente. En todas esas cosas, precisamente por ser “moderados” es que pierden la batalla. Y no puede ser diferente, pues lo que se busca es no caer mal antes que velar porque prevalezca la verdad. Como la izquierda sí tiene convicción y repite majaderamente aquello en lo que cree, aunque sea absurdo, entonces le resulta más fácil ganarse a la opinión pública. Esto es obvio.

    Suponga por un momento que a usted lo acusan de ladrón con nombre y apellido. Si actúa como la gente de derecha suele actuar en materia de defensa de ideas usted tendría que ser “moderado” en su defensa y decir que en realidad no es tan ladrón o algo por el estilo que solo confirmará la acusación. Lo mismo ocurre con principios como los derechos humanos. No se puede ser “moderado” cuando se condena el genocidio nazi o el comunista, de lo contrario la condena no tiene credibilidad alguna.

    Esta misma lógica se aplica, por ejemplo, al lucro. ¿Cuántos se atreven abiertamente a defender el derecho a ganar dinero legítimamente y decirlo sin complejos en la tribuna pública? No son muchos si somos francos. Y aunque el caso es menos dramático que un genocidio no por eso se puede prescindir de una defensa sin ambigüedades. De hecho es precisamente donde resulta menos evidente lo que es justo donde mayor energía y claridad se requiere para defenderlo. Si hoy el lucro es considerado inmoral a pesar de que todo el mundo lo desea es porque casi nadie lo defendió como correspondía. Ya decía John Stuart Mill que un hombre con una creencia es una fuerza social más poderosa que noventa y nueve que solo tienen intereses. Ello es así aunque la creencia sea falsa. Y aunque ha habido avances, falta mucho para que en Chile aquellos que creen en la economía de mercado den la cara sin complejos y defiendan lo que consideran justo de manera categórica. La mayoría aun debe superar el extremismo de su moderación o, lo que es lo mismo, ser más moderados en su tibieza a la hora de confrontar tantas falsedades y ataques. Salvo, por su puesto, que crean que su falta de moderación en la moderación les ha dado buenos resultados, caso en el cual pueden seguir utilizando un habla “ladina, oblicua, ambigua y descomprometida” en la defensa de sus principios y de su imagen.

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