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Axel Kaiser

Skin in the Game

Axel Kaiser Director Ejecutivo Fundación Para el Progreso

Por: Axel Kaiser | Publicado: Miércoles 18 de abril de 2018 a las 04:00 hrs.
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Axel Kaiser

Escribo esta columna desde Chicago, donde tuve el privilegio de participar hace algunos días como expositor en el Emerging Markets Summit que organiza Booth, la escuela de negocios de esa universidad que recientemente ha sido rankeada como la mejor de EEUU por US News.

Como parte del inevitable tour que hago cada vez que viajo, paso a comprar compulsivamente libros para mi atiborrada biblioteca. Entre ellos encuentro el último del pensador, matemático y profesor de la universidad de Nueva York, Nassim Taleb, titulado “Skin in the Game”.

De inmediato me lanzo a leerlo descubriendo una de las claves de lo que anda tan mal con nuestros sistemas sociales, políticos, económicos y éticos. Taleb da una respuesta tan sencilla como demoledora: buena parte de nuestros líderes no tienen “skin in the game”, es decir, carecen de “pellejo en el juego”. Esto significa que toman decisiones, promueven ideas e incurren en conductas riesgosas cuyo costo transfieren enteramente a terceros.

Un caso evidente de lo anterior lo constituyen los administradores de aquellos bancos y empresas gigantescas que dejan de tener dueños preocupados por el futuro de lo que lograron, destruyendo así el compromiso moral y el incentivo económico para mantener miradas de largo plazo. En ellas, los súper CEOs y administrativos toman medidas que incrementan el desempeño de la organización en el corto plazo, gracias a lo cual se pagan bonos descomunales, aumentando al mismo tiempo el riesgo de fracaso en el largo plazo.

Sin lugar a dudas esta ausencia de “skin in the game” jugó un papel central en la última crisis financiera y jugará también uno en la próxima, especialmente cuando se ve el escandaloso rescate que bancos centrales y gobiernos han hecho a instituciones de este tipo. Nuestro sistema político adolece de ese mal mucho más que el sistema económico.

En democracia, parlamentarios y funcionarios públicos toman decisiones que afectan a todos pero jamás asumen un costo cuando éstas salen mal. Tome el caso del Transantiago. Ninguno de los involucrados ha pagado un precio directo por la catástrofe que significó el sistema de transporte para los contribuyentes que debemos financiarlo y para los usuarios que vieron su calidad de vida desplomarse.

Si, en cambio, quienes diseñaron y aprobaron el sistema y sus familias tuvieran que usarlo todos los días y además tuvieran que desembolsar de su bolsillo al menos parte de las pérdidas, difícilmente habríamos llegado a la situación actual.

La reformas económicas que plantean los políticos para regalar cosas gratis son la misma historia. ¿Qué costo asumió realmente Arenas y el grupito que diseño la pésima reforma tributaria por sus resultados calamitosos para Chile? Ninguno. ¿Y en educación? Sabemos que los creadores de la reforma educacional colectivista de Bachelet envían todos a sus hijos a colegios privados. Otra vez “no skin in the game”.

Y esa es la regla de la democracia: las decisiones son tomadas por personas que no asumen costo alguno por sus errores o desidia y muchas veces incluso no asumen costos por su corrupción.

Introducir de algún modo “skin in the game” ayudaría a frenar la demagogia y perfeccionar notablemente el sistema político. Por último, no podemos olvidar a los líderes de opinión, cuya hipocresía suele superar los límites de lo digerible.

Éstos son los que posan de buenas personas y solidarios diciendo, por ejemplo, que hay que quitarles más a los ricos, pero ellos mismos, que se encuentran entre los de más altos ingresos del país, no hacen absolutamente nada por ayudar a los que tienen menos.

Sus ideas, en general desconectadas de la realidad, pues viven en torres de marfil donde no hay “skin in the game”, tienen, sin embargo, consecuencias muchas veces devastadoras. Piense solo en el daño horrible que han causado las ideas socialistas en el mundo. Así las cosas, para avanzar en una sociedad más justa deberíamos exigir que aquellos que toman decisiones y que promuevan ideas se vean de algún modo afectados por las consecuencias de lo que hacen y promueven, pues siempre es fácil ser generoso, bondadoso y arriesgado cuando la cuenta la pagan otros.

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