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¿Capitalismo salvaje?

Valentina Verbal Historiadora, directora de Formación de Horizontal

Por: Valentina Verbal | Publicado: Jueves 10 de enero de 2019 a las 04:00 hrs.
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Valentina Verbal

No pocos han constatado que la falta de legitimidad que, en los últimos años (especialmente, desde 2011), ha gozado el libre mercado en Chile se debe a que su defensa se ha entregado, casi por entero, a los economistas, y no a los filósofos o historiadores. Pero, la verdad sea dicha, entre quienes adhieren a dicho sistema económico no sobran, precisamente, las personas dedicadas a las humanidades.

Sin embargo, ello no quiere decir que esa tarea deba ser abandonada o descartada de plano. Y esto porque sí existen buenas razones —no de carácter economicista— para justificar la existencia del mercado como un legítimo sistema de cooperación social. En clave historiográfica, un punto importante se refiere al mito de que el capitalismo habría surgido de la “explotación del hombre por el hombre”, en el contexto de la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX.

En este sentido, la gran pregunta es si es cierto que con dicha revolución empeoró la situación de los trabajadores en Inglaterra y luego en el resto del mundo. ¿Fue como consecuencia de la demonizada “mano invisible” de Adam Smith, representada no pocas veces por empresarios codiciosos, que dicha situación fue de mal en peor, sólo mejorando gracias a la intervención del Estado, propiciada en Occidente desde comienzos de la centuria pasada?

Un estudio que mantiene plena vigencia —sometido a crítica por historiadores marxistas, pero no desmentido en sus conclusiones fundamentales—, es el del historiador australiano R.M. Hartwell (1961), que demuestra que entre 1800 y 1850 la renta real media de los trabajadores se duplicó; que las máquinas no reemplazaron a los trabajadores, sino que requirieron mayor mano de obra (por ejemplo, para construir líneas ferroviarias); que su capacidad de ahorro aumentó de manera importante, así como sus contribuciones a sociedades de socorros mutuos (¡la sociedad civil benéfica creció gracias al capitalismo!); que el consumo también se vio incrementado, incluso en productos antes considerados de lujo, como el té y el tabaco; y que la tasa de mortalidad disminuyó de manera notable, precisamente por la mejor alimentación de los trabajadores y sus familias.

Pero existe un punto mucho más de fondo, imposible de abordar en este espacio: la Revolución Industrial no fue sólo técnica, como dice Ashton (otro gran estudioso del tema), sino sobre todo ideológica, en favor de la libertad de los individuos para crear y producir lo que determinadas personas van descubriendo espontáneamente, y no desde una planificación centralizada en alguna oficina estatal. Y los protagonistas de este proceso de descubrimiento no fueron sino los empresarios: aquellos que, al decir de Juan Bautista Say, están dispuestos a comprometer no sólo su fortuna, sino también su honor.

Probablemente, las patologías bicentenarias de Chile y Latinoamérica (el militarismo, el caudillismo, el populismo, etc.) se deban, en no poca medida, a que casi no se les han hecho monumentos a los empresarios y, en cambio, demasiados a los políticos y militares. Y en esta omisión, valga aclarar, ha pecado tanto la izquierda como la derecha.

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