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Casen 2015: la tarea continúaD

José Antonio Garcés Past President USEC

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Recientemente se entregaron los resultados de la Encuesta Casen 2015, instrumento que mide la “caracterización socioeconómica nacional”, considerando aspectos como el acceso a la salud, la educación, el trabajo y la vivienda –y ahora, también, el apoyo y la participación social con un trato igualitario, el entorno y las carencias de servicios básicos y habitabilidad–. Si bien las autoridades se mostraron conformes con los resultados respecto de los niveles de pobreza por ingreso en el país, que se redujo de 14,4% en 2013 a 11,7% en 2015, la cifra aún se aleja de la que muchos quisiéramos.

Sin embargo, la nueva metodología aplicada para medirla pobreza es un avance, pues la aborda desde una perspectiva multidimensional, reconociéndola como un problema más complejo que la simple falta de recursos para acceder a la canasta básica. Además, evidencia las carencias que muchas personas sufren en distintas dimensiones del bienestar. Es esta nueva mirada la que nos toca como empresarios, más aún como empresarios cristianos. ¿Por qué? Porque como tales estamos llamados a poner a las personas en el centro de nuestras compañías, reafirmando así que son ellas y sus familias la médula de la sociedad en la que estamos insertos. Por lo tanto, a la luz de los valores cristianos que nos inspiran, debemos asumir la superación de la pobreza en Chile como una más de nuestras misiones e incluirla dentro del “deber ser” de nuestros negocios.

Pero, ¿es posible, en un año de lento crecimiento económico y altas cifras de desempleo, contribuir desde la empresa a disminuir los niveles de pobreza? Sí. Como empresarios, ¿tenemos alguna responsabilidad en la búsqueda de caminos para resolver en parte esta deuda social? Por supuesto ¿De qué forma un nuevo estilo de liderazgo subsidiario puede ayudarnos a lograrlo? Al darnos una nueva visión acerca de cómo emprender, al hacernos conscientes de la necesidad de comprometernos con el logro de metas económicas y sociales, al recordarnos que en el corazón de la empresa están quienes la componen.

Maximizar el beneficio y obtener la necesaria rentabilidad es imprescindible para cualquier negocio. De lo contrario, estaría condenado a morir y no tendríamos los recursos para impulsarlo, para retribuir con un sueldo justo a nuestros empleados e invertir en jornadas de capacitación, para financiar procesos de desarrollo sustentable que sean amigables con el medioambiente, entre otras muchas cosas. Pero esa ganancia económica no podemos obtenerla a cualquier costo. Contradiciendo al famoso filósofo y escritor italiano Nicolás Maquiavelo, el fin “NO” justifica los medios. Es lo que el profesor Michael Naughton denomina “riqueza bien habida” (GoodWealth), aquella indispensable ganancia económica que la empresa logra cuando produce adecuadamente sus bienes y servicios, cuando cuida y respeta la dignidad de sus trabajadores, cuando el empresario entiende que posee una noble vocación cuyo fin último es generar las condiciones para llegar al bien común.

Pero no debemos olvidar que en esta tarea la empresa no puede trabajar sola. Requiere del apoyo de un Estado subsidiario, que le dé autonomía, que le permita crecer, emprender y prosperar. Asimismo, es prioritario mejorar la educación en el país, ya que está comprobado que uno de los motivos que subyace a las diferencias salariales en Chile tiene que ver con el nivel de preparación de sus trabajadores. La ecuación es más o menos así: a mayor capacitación se tiende a acceder a puestos de trabajo de mayor complejidad, lo que suele asociarse a ingresos más altos.

A las empresas nos compete esforzarnos por incrementar la contratación de mujeres y de jóvenes, que son los más afectados por el desempleo; facilitar la conciliación de trabajo y familia para hombres y mujeres; mejorar las condiciones de trabajo dentro de nuestras compañías; formar a nuestros empleados y permitirles desarrollar al máximo sus capacidades técnicas y personales; reconocer las habilidades de cada uno; acortar la brecha salarial fijando remuneraciones equivalentes en función de sus méritos y no del género. Sólo así lograremos construir una empresa más justa, fraterna y solidaria, que valore como corresponde a lo más importante que tiene: su gente.

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