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Columnistas

23/09/2016

Confieso

Por Padre Raúl Hasbún

  • Por Padre Raúl Hasbún

    Padre Raúl Hasbún

    Al iniciar la celebración eucarística, el sacerdote invita: "confesemos nuestros pecados". Cada fiel en particular, y todos al unísono confiesan, ante Dios Todopoderoso y ante los hermanos presentes, haber pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión: por propia y grave culpa. Por eso ruegan a Santa María Virgen, a los Ángeles, a los Santos y a los hermanos presentes, que intercedan ante Dios, nuestro Señor, por cada uno de los confesantes. Es de lamentar que, apenas finalizada la invitación del sacerdote, algunos coros se apresuren a entonar sus cánticos penitenciales, impidiendo a la asamblea realizar esta pública confesión, y ratificar oralmente la petición y promesa que ella contiene.

    Dicha confesión, aunque no entra en detalles de los propios pecados (como se hace individual y confidencialmente en el sacramento del perdón), tiene el altísimo valor de la humildad de quien reconoce la propia culpa y esboza el correlativo propósito de enderezar lo torcido, temperar lo tórrido y lavar lo manchado. Hacer conscientemente eso es realizar una obra de misericordia espiritual: primero para uno mismo, en consonancia con el precepto divino de amar al prójimo como se ama uno a sí mismo; y luego para con Dios, ya que el máximo consuelo y alegría del Padre misericordioso es volver a abrazar al hijo que se distanció del hogar.

    La segunda parte de este acto penitencial contiene una petición explícita: "intercedan por mí". Otro gesto de conmovedora humildad: "soy frágil, vulnerable, necesito que ustedes me apoyen". ¿Cómo? "No les pido dinero, comida, ropa o atención profesional. Sólo esto: intercedan por mí". El confesante, ahora suplicante, está reconociendo que la oración de los demás es la riqueza basal -"el pan de cada día"- que él tiene necesidad y derecho de pedir para su propia subsistencia. Y la llama "intercesión", propia del mediador, del sacerdote, del abogado. Y pone, esta suplicada intercesión de sus hermanos presentes, al mismo nivel de la poderosa intercesión de María Virgen, de los Ángeles y de los Santos, ciudadanos ya de la Jerusalén celestial.

    ¿Tanto vale la intercesión de los hermanos, de uno por todos y de todos por uno? La Liturgia cristiana, que prohíbe incluir en sus ritos algo que contradiga la fe, no se equivoca al iniciar el gran sacramento eucarístico con este ruego y promesa de la asamblea santa. Sabe que la oración filial, confiada, perseverante y que pide algo para el bien de un hijo de Dios, será infaliblemente escuchada. Su Maestro hizo precisamente eso: orar por los suyos (y todos son suyos), para que ninguno se pierda. Y esa oración por el otro, acto de amor misericordioso, es lo único que nos da poder sobre el Todopoderoso.

    Orar en común con María Madre hará de Chile una Nación que celebra, respeta y cuida el tesoro inapreciable de la Vida.

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