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Columnistas

16/09/2016

Cristiano (II)

  • Por Padre Raúl Hasbún

    En columna anterior se puso de relieve el origen, sentido y contenido del nombre “cristiano”. A partir del año 43, son millones los que han preferido la cárcel, la tortura o el martirio sangriento antes que traicionar, licuar o siquiera silenciar lo que ese nombre exige a sus portadores. El 90% de los chilenos bautiza a sus hijos tal como Cristo mandó, y procura educarlos tal como Cristo enseñó. Los Padres de nuestra Independencia reconocieron explícitamente la raíz e identidad cristiana de la naciente República, y ordenaron que cada 18 de setiembre se honre esa filiación y partida de nacimiento con un solemne Te Deum en la Iglesia Catedral. Denominaciones musulmanas y hebreas se suman gustosas a esta solemnidad, de la que no se restan autoridades agnósticas o ateas.

    Cristo mismo se adelantó a identificar su nombre con la Vida: “Yo soy Camino, Verdad y Vida…y para eso he venido, para que tengan Vida, abundante y eterna”. Tanto aprecia la vida temporal, que hace consistir su examen y juicio final sobre las personas en esta sola pregunta: “¿qué hiciste o dejaste de hacer en servicio de los hambrientos, huérfanos, enfermos, presos y desvalidos?”. Auxiliar con amor a quienes ven su vida en peligro es la única credencial válida para ganar vida eterna. Portar, lucir e invocar el nombre de “cristiano” y al mismo tiempo cooperar, por acción u omisión, en el asesinato de vidas inocentes e indefensas, hasta el punto de exonerar legalmente de culpa a sus asesinos, es una contradicción insoluble. Tanto más cuando esa cooperación criminal pretende ampararse bajo el manto sagrado de “lo decidí en conciencia”. Con-ciencia es saber lo que sabe Dios. Decidir en conciencia es obedecer la voz imperativa del Dios que habla en el sagrario interior. Atribuirle a Dios un mandato de asesinar vidas inocentes y de exonerar de antemano, por ley, a sus verdugos es una blasfemia sacrílega. Desnuda, además, la cobardía moral de quienes recurren a ese artificio inexpugnable e irrastreable: “lo decidí en conciencia”.

    Tampoco puede escudarse, esa cobardía e incoherencia, bajo el nombre de “democracia”. Una ley que autorice eliminar, torturar, dañar intencionada y directamente vidas mínimas, débiles e inocentes como medio para cuidar la salud, bienestar y deseos de los grandes y poderosos y liberar de culpa a los criminales, es señal inequívoca de que una democracia ha entrado en agonía terminal y degenerado en tiranía totalitaria, que discrimina cínicamente y prohíbe vivir a los indeseados, mudos, inválidos y descartados: son N.N., invisibles, no marchan, no votan.

    Usar y lucir nombres de tal envergadura moral para atraer electores y votos y luego hacer lo contrario de lo que esos nombres significan es un ejemplo clásico de “publicidad engañosa”. Razón más que suficiente para denunciarlos, si no al Servel, por lo menos al Sernac.

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