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Columnistas

Cuidado con el populismo empresarial

Enrique Alcalde R. Socio de Marinovic y Alcalde Abogados

Por: Enrique Alcalde R. | Publicado: Jueves 29 de agosto de 2019 a las 04:00 hrs.
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Enrique Alcalde R.

Hace muy pocos días la autodenominada “Mesa Redonda de los Negocios”, que agrupa a cerca de 200 CEOs de las más grandes empresas de los Estados Unidos emitió una declaración que, por algunos, se ha calificado como la más profunda revisión del capitalismo planteada hasta ahora.

La declaración parece abandonar uno de los principios intocables de Friedman (“Los accionistas primero”), para quien la finalidad esencial de una compañía es maximizar su valor para sus propietarios, lo cual, a su vez, ciertamente permite generar bienes sociales.

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Ahora los CEOs parecen abrazar los nuevos tiempos que corren incorporando, como propósito de la empresa, el bienestar de todos los stakeholders o sujetos que se ven afectados por la actividad de la empresa (trabajadores, proveedores, clientes y la sociedad en su conjunto), centrándose para este efecto en la creación de valor de largo plazo.

La modificación -al menos en lo formal- es tan radical como para ubicar a los accionistas recién en el quinto lugar, tratándolos como un stakeholder más y obviando que, en definitiva, son los dueños de la empresa.

En nuestro propio medio, no tardaron en sumarse entusiastas voces empresariales aplaudiendo lo que se visualiza o presenta como un cambio de paradigma, aunque dudo que estén verdaderamente conscientes de lo que ello significa desde una perspectiva legal.

La declaración de los CEOs no explicita si la prevalencia de los cuatro primeros stakeholders se determina en función del propio interés que posee cada uno de esos grupos considerados en sí mismos, o si se tienen en cuenta tales intereses en función de la creación de valor a largo plazo para los accionistas así relegados, precisamente para asegurar el retorno de su capital.

Si la alternativa fuese esta última, en realidad no habría tal cambio de paradigma, desde el momento en que solo estaríamos frente a una redefinición de los medios con los cuales se pretende alcanzar un mismo fin o resultado; y por lo mismo, la visión de Friedman seguiría gozando de buena salud.

Si se trata de lo primero, en cambio, y más allá de lo “políticamente correcto” que resulte la declaración, se pavimenta el camino para una suerte de expropiación para los accionistas, quienes serían, a la postre, quienes soportarían -y exclusivamente- todo el costo que significa hacer “buenas obras”.

Pero incluso en este caso, los CEOs y directores debiesen preocuparse, ya que de consagrarse jurídicamente una tesis como esta, su responsabilidad legal se hace considerablemente más compleja.

Y para concluirlo así, basta pensar que tal concepción implicaría que sus deberes fiduciarios no solo se podrían reclamar por los accionistas -como lo dispone actualmente la ley- sino que por cualquiera de los stakeholders. Por lo mismo, estos últimos, con razón, podrían demandarlos personalmente, si estiman que sus intereses no han sido debidamente satisfechos por la empresa que administran.

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