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Dos miradas al impuesto patrimonial | Tributo a los ultra ricos: ahora o nunca

Vicente Furnaro Profesor de Derecho Tributario UDP y socio en Tax Defense

Por: Vicente Furnaro | Publicado: Martes 16 de junio de 2020 a las 04:00 hrs.
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Vicente Furnaro

Lo advertía Thomas Piketty: “Sin impuestos, no puede haber un destino común ni capacidad colectiva para actuar. En el centro de toda conmoción política importante encontramos una revolución fiscal”. Las pandemias, como las guerras, constituyen situaciones históricas límites, que obligan a evaluar medidas revolucionarias en lo tributario, evidentemente dentro del marco institucional vigente.

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Estos días se ha levantado en Chile –siguiendo la discusión europea– la iniciativa de un nuevo impuesto de 2,5% al patrimonio de los “super ricos”: fortunas superiores a US$ 20 millones. Tal cual está planteada, ciertamente es inviable, inaplicable y probablemente ineficaz, al apuntar a gran cantidad de individuos que, con ese patrimonio, no aseguran liquidez para su pago inmediato, y dificultarían una fiscalización acotada y eficiente.

En cambio, es posible segmentar, distinguir y enfocar con precisión, con un proyecto más acotado, claro, sensato, justo y, por cierto, técnicamente viable. La investigación “Riqueza Global” de Boston Consulting Group (BCG), en el informe Panorama Social (CEPAL 2019), muestra, por ejemplo, que 140 individuos mayores de 18 años concentran el 18% de la riqueza privada en Chile, cada uno con un patrimonio mayor a los US$ 100 millones, que representaría –según los mismos estudios– una base fiscal total de más de US$ 90 mil millones.

Si apuntáramos -por una sola vez- al valor neto de los activos de esos 140 individuos, con seguridad todos tendrán suficiente liquidez para soportar la nueva carga, un esfuerzo tras el cual ciertamente se mantendrán en la cima de la pirámide económica nacional. Su fiscalización, además, sería perfectamente viable y certera; su regulación, menos compleja que otras actualmente presentes en nuestra legislación tributaria.

Los reclamos –interesados o no– contra un impuesto como este (doble tributación, supuesta fuga de capitales, falta de liquidez de los obligados, etc.) huelen más bien a un intento de las élites financieras y políticas de proteger dicha riqueza en cada trance histórico como el actual. La negativa experiencia comparada –el argumento más recurrente por estos días– no es equiparable, pues hablamos de un gravamen que se efectuará sólo una vez, no de una política permanente seriamente comparable a otras. El objetivo es recaudar por única vez desde la hiper abundancia lícitamente lograda, que no ha sido fruto sólo del esfuerzo y talento de quienes hoy la gozan, sino también del trabajo de otros, quienes hoy claman desesperadamente ayuda.

En tiempos de guerra o pandemia, el Estado no debe ser un mero espectador de los problemas económicos y sociales. El desamparo, sufrimiento y miseria que nos rodean no dejan espacio para ser tercos. Las políticas tributarias no son elementos de puro fomento a la inversión, sino que deben a la vez cumplir un rol solidario y social.

Ambos objetivos pueden y deben convivir: el primero para reactivar al país a mediano plazo; el segundo, para hacerse cargo inmediato de la crisis humanitaria que ha llegado.

¿Impuesto a los ultra ricos? Ahora o nunca.

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