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Columnistas

El Imbunche y El Federalista

Pablo Ortúzar Antropólogo social, investigador Instituto de Estudios de la Sociedad

Por: Pablo Ortúzar | Publicado: Viernes 11 de enero de 2019 a las 04:00 hrs.
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Pablo Ortúzar

En Chile tendemos a condenar la ambición. Se podría decir que sentimos como una ofensa personal todo esfuerzo de otros por desplegarse. Carlos Franz va directo a este punto cuando nos advierte en su libro “La muralla enterrada” sobre “aquello que los chilenos declaramos duradero y soñamos grande, y que luego, fieles a nuestros atavismos, vamos mutilando y cortando, pero también zurciendo y parchando, hasta reducirlo a la forma nacional favorita, única que no nos agravia con su diferencia: el imbunche (…), uno de esos hombres cuyos orificios han sido cosidos y sus miembros amarrados o cortados para —sin matarlo— reducirlo a la inexpresividad total, a una pura posibilidad de lo que nunca será”.

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Pensamos que el ambicioso es siempre chanta, alguien que nos viene a vender una “pomada”, y deseamos que fracase pronto para confirmar nuestras sospechas. Respiramos aliviados, entonces, cuando eso ocurre.

Esta desconfianza descreída, por cierto, no es capricho. Ella refleja heridas y temores tan profundos como antiguos. Una inseguridad que brota, como muestra José Donoso en “El obsceno pájaro de la noche”, de un orden social estático e injusto donde sólo la quietud no es castigada.

El problema es que nuestro miedo atávico opera como profecía auto cumplida. Como toda ambición nos parece chanta, como no esperamos nada mejor de nadie, terminamos sacando del camino o corrompiendo a los honestos, y despejándoles la vía a los chantas. A los izquierdistas que agitan furiosas banderas de igualdad, pero con los hijos en el Santiago College. A los empresarios que hablan de libre mercado y despotrican contra los impuestos, pero viven rentando de negocios protegidos por el Estado. Y a los políticos que nada saben y en nada creen, y que alimentando clientelas se aseguran una vida principesca.

Si no aprendemos a valorar las ambiciones grandes y honestas, y a distinguirlas de aquellas bajas y mediocres, no llegaremos a ningún lado. Ganarán siempre los malos, y sólo nos quedaremos con la tranquilidad de que “sabíamos que esto pasaría”.

“El Federalista”, compuesto por artículos publicados ente 1787 y 1788 para defender el entonces nuevo proyecto constitucional de Estados Unidos —y cuya traducción chilena, hecha por quien escribe, llegará este mes a librerías— es un ejemplo de ambición noble y bien encaminada. Sus autores (Alexander Hamilton, James Madison y John Jay) delinean uno de los proyectos políticos más ambiciosos conocidos por la humanidad, y lo someten a un implacable y público examen crítico. Rigurosidad, compromiso y responsabilidad se mezclan para mostrarnos que el problema no es soñar en grande, sino pensar y actuar en pequeño.

El espíritu que anima al texto es el opuesto al de nuestro imbunchismo. Su pregunta es cómo levantar algo verdaderamente grandioso desde el suelo, en vez de cómo mantener a nivel de suelo todo aquello que amenace con crecer.

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