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El liberalismo en la encrucijada

Felipe Schwember Universidad Adolfo Ibáñez

Por: Felipe Schwember | Publicado: Miércoles 2 de enero de 2019 a las 04:00 hrs.
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Felipe Schwember

Hasta hace no mucho, un ejercicio intelectual recurrente entre ciertos pensadores de izquierdas era subrayar las contradicciones del capitalismo. Esas contradicciones anticipaban, se supone, un colapso tan inevitable como liberador. Sin embargo, con transformaciones, el capitalismo ha sobrevivido a diferentes crisis. La última, sin embargo, comenzada en 2008, está haciendo crujir la armazón bajo la cual funcionó durante buena parte del siglo XX: la economía social de mercado, la integración económica, la globalización y, en fin, lo que podemos denominar, con alguna libertad, la “democracia liberal”.

La crisis ha crispado los ánimos y radicalizado las posiciones. Por la derecha, ha ganado fuerza un peculiar discurso que, entre otras cosas, mezcla una vehemente defensa del libre mercado, con un decidido rechazo de la migración, la globalización, el feminismo y los movimientos LGTBI. Es una mezcla, en suma, de liberalismo económico, nacionalismo y conservadurismo político. Más allá de los métodos y formas de esa nueva derecha —desenfadados, insolentes, provocadores, etc.—, dos cosas llaman la atención acerca de su emergencia.

Primero, que combate contra un fantasma. Sus enemigos son una izquierda progresista, que supuestamente aúna a un tiempo todo lo que la nueva derecha rechaza: la migración, el multiculturalismo, el feminismo, el Estado de bienestar y los derechos de las minorías sexuales. Sin embargo, es claro que nada une a priori a todas estas posiciones; cada una de ellas puede ser sostenida de modo independiente y desde diferentes perspectivas o ideologías. El liberalismo, por ejemplo, es una doctrina tradicionalmente cosmopolita.

En segundo lugar, llama la atención la ceguera de los “liberales” que se suman o promueven este movimiento. No sólo por la composición de lugar de que éste parte, o por las formas estridentes que suele adoptar —que entorpecen el diálogo racional que es condición de una democracia—, sino porque —más allá de la coherencia interna de su propia posición— con su adhesión están combatiendo precisamente las consecuencias inevitables del sistema político y económico que dicen defender.

Si se defiende la libertad personal, la libertad de expresión, la libertad de contratación, de migrar, etc., ¿cuáles son las probabilidades de que no surjan grupos o individuos que reclaman para sí formas de vida no convencionales? ¿Cuál la probabilidad de que nacionales de otros países no quieran aprovechar las oportunidades de una economía libre? Las sociedades libres son variadas y esa variedad es consecuencia directa de la libertad. Es fácil explicar el punto estableciendo un paralelo con el mercado: desde el momento que se levantan las barreras de entrada o se permite la libre concurrencia, inmediatamente se diversificará la oferta de bienes. En una sociedad libre sucede lo mismo con los estilos de vida.

Uno podría preguntarse por la razón de esta ceguera, que aqueja a tantos “liberales” que han llegado a decir, por ejemplo, a propósito de aquellos que quieren silenciar opiniones por considerarlas ofensivas, que existe un “derecho a ofender”. Sin embargo, es claro que un derecho así no existe y que los “liberales” que lo defienden comparten, paradójicamente, la opinión de sus contradictores, de que las opiniones sí pueden ser ofensivas.

Ese es el tipo de contradicción que le gustaba señalar a los críticos del capitalismo. Si siguiéramos su método, a continuación deberíamos preguntarnos por el interés subrepticio que alienta ese tipo de contradicciones. Me temo que, de hacerlo, no nos encontraríamos nada ni muy bueno ni muy racional.

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