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El mercado multicolor

Felipe Schwember Universidad Adolfo Ibáñez

Por: Felipe Schwember | Publicado: Viernes 2 de julio de 2021 a las 04:00 hrs.
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Felipe Schwember

En su columna del miércoles, Claudio Alvarado se preguntaba por las razones de las empresas para sumarse la “campaña del arcoíris”. Sugería que una de ellas es la frivolidad, pues únicamente a las elites y “sólo” al 54% de la población interesarían tales causas. Advertía también algunas dificultades de esa adhesión: sobre todo los reparos de quienes se oponen a ellas.

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Sin embargo, el interés de las empresas en el público LGBTIQ+ puede deberse a la continuidad que existe entre los principios sobre los que se levanta el libre mercado y las reivindicaciones LGBTIQ+. El debate sostenido por dos filósofas feministas, Judith Butler y Nancy Fraser, acerca de la relación entre capitalismo y reconocimiento de las minorías sexuales, es útil para establecer este punto.

Butler alegaba que la familia tradicional es esencial para la preservación del capitalismo. Con-cretamente, sostenía que “lo económico, ligado a lo reproductivo, está necesariamente vincu-lado con la reproducción de la heterosexualidad”. Fraser, sin embargo, rechazó esta tesis. Para ella —que, al igual que Butler, se identifica con la izquierda política— la afirmación de que la “heterosexualidad obligatoria” era necesaria para la reproducción de las condiciones que hacen posible el capitalismo resultaba inverosímil. Entre otras cosas, Fraser afirmó que en el argumento de Butler se respiraba “un aire de olímpica indiferencia hacia la historia”, ya que sólo sería correcto si en las sociedades capitalistas contemporáneas se viera a los homosexuales (y, cabría añadir, demás minorías sexuales) “como una clase inferior, aunque útil, de trabajadores serviles, cuya explotación fuera central para que la economía funcionara”.

Pero ese no es el caso. Después de enumerar distintas empresas que, a lo largo de los años, han sabido descubrir en los gustos de las personas LGBTIQ+ una oportunidad de negocio, Fraser añadía que el capitalismo contemporáneo “no parece precisar del heterosexismo”.

Sin embargo, podría llevarse aún más lejos el razonamiento de Fraser. Por una parte, el hecho de que los gustos y necesidades de las personas LGBTIQ+ se conviertan en un nicho de mercado constituye una forma de reconocimiento. Aunque lo sea de un modo rudimentario, es lo suficientemente significativa como para introducir una cuña en el sistema de proscripción de tales personas.

Por otra parte, se podría añadir que el capitalismo contemporáneo, erigido y justificado sobre el principio neoliberal de la libre elección, establece condiciones objetivamente favorables para el reconocimiento de las personas de la diversidad sexual: si en tales sociedades la vo-luntariedad es la medida de la legitimidad de las relaciones sociales, incluidas las afectivas, entonces no hay razón para considerar la homosexualidad, la transexualidad, etcétera, sino como una forma de vida (una preferencia, si se quiere) más.

A todo lo anterior hay que añadir un hecho crucial, que Alvarado olvidó mencionar: sólo se expulsa del mercado a quienes se considera aberrantes. Sólo a ellos se les prohíbe comprar o vender, y sólo respecto de ellos se prohíbe hacer ofertas. Si hubiera reparado en eso, Alvarado habría encontrado un motivo suficiente para abandonar sus recelos y celebrar que nuestros empresarios estén tan lejos de una proscripción tan deleznable.

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