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Columnistas

30/11/2016

El problema ha sido, es y seguirá siendo el Programa

M. Cecilia Cifuentes Hurtado Investigadora de Estudios Financieros, ESE Business School

  • Por M. Cecilia Cifuentes Hurtado

    M. Cecilia Cifuentes Hurtado

    Mucho se especula sobre las causas del fracaso de este gobierno. Se mencionan las fallas comunicacionales, la crisis mundial, las buenas ideas mal implementadas o la indisciplina de la Nueva Mayoría, entre otras. Si bien estas razones pueden ser parte de la explicación, el problema de fondo radica en el Programa de Gobierno, ya que en términos generales lo que se ha hecho hasta ahora se acerca bastante a lo planteado en esas casi doscientas páginas. El problema no son buenas ideas mal diseñadas o implementadas, son los planteamientos de base del programa, ni los mejores técnicos podrían haberlos convertido en buenas políticas públicas.

    Lo anterior puede comprobarse tomando solo las tres reformas emblemáticas, aunque si leemos el programa en detalle los ejemplos abundan. Partamos con la reforma tributaria, cuyo principio fundante era la eliminación del FUT, pero manteniendo la integración de impuestos. “Los dueños de las empresas deberán tributar por el total de las utilidades” pasando a un sistema de base devengada. La implementación requiere necesariamente un mecanismo de atribución, generándose un sinnúmero de complicaciones prácticas. Como resultado de la mala idea, quedamos con un sistema complejísimo, que además no contiene incentivos razonables al ahorro y la inversión.

    Si miramos la reforma a la educación escolar, para la cual se establecieron como objetivos el “fin del lucro, el copago y la selección”, los problemas resultaban evidentes. Eliminar el copago sin más, por ejemplo, llevaba a favorecer en mayor medida a sectores de ingresos medios. De ahí la necesidad de “bajar de los patines” a los más aventajados. Para qué decir el fin del lucro, que lleva al absurdo de que los escasos recursos fiscales se destinen a comprar infraestructura escolar existente. En definitiva, una reforma escolar que no logra nada en términos de calidad de educación, porque el foco era errado.

    La reforma a la educación superior planteó el principio de la “gratuidad universal”, en que ésta se establece como un derecho social. Llevar a la práctica ese principio, aun cuando se limite el derecho al 60% o 70% de menores ingresos, en un sistema con diversidad de universidades e instituciones de educación superior, carreras muy distintas en calidad, objetivos y tipo de alumnos, genera enormes dificultades, que son parte de las discusiones diarias entre los agentes del Estado y el sistema de educación superior. Nuevamente, el problema es el objetivo buscado, no el diseño elegido para lograrlo.

    Para que hablar de la reforma constitucional, que no vería la luz en el corto plazo. En esta materia el objetivo era aprobar una nueva Carta Fundamental, que modificaría en forma radical la institucionalidad vigente, avanzando hacia un Estado Social de Derechos. Es mejor ni pensar lo que sería la situación actual del país si esa promesa estuviera en proceso.

    Por ende, no se trata del diseño sino de las reformas mismas ¿A qué viene ahora esta constatación cuando ya no podemos revertir el daño? Estando a un año de la próxima elección presidencial es importante exigir a los candidatos propuestas razonables y realizables, y no simples eslóganes de campaña cuya implementación genera el descalabro que estamos viviendo.

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