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El trabajo como indicador de poder

Débora Calderón

Por: Débora Calderón | Publicado: Jueves 4 de mayo de 2017 a las 04:00 hrs.
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Débora Calderón

Las estructuras de poder y su conformación a lo largo de los años se han ido modificando progresivamente. Cada época ha estado marcada por símbolos que han investido a unos y a otros de cierta categoría superior. Fueron en su momento las dinastías, las castas, la fastuosidad renacentista, la sabiduría moderna, el intelectualismo de principios del siglo XIX y el acceso a la innovación y las tecnologías de última generación, que vivimos en nuestros tiempos.

Todo cambia, y si hace casi 120 años el sociólogo estadounidense Thorstein Veblen habló por primera vez del “consumo ostentoso” en su “Teoría de la clase ociosa”, aludiendo al gasto desenfrenado de quienes poseían las principales fortunas, hoy al perecer la balanza de la ostentación ha ido cambiando sus indicadores hacia las horas de trabajo.

¿Cómo así? Pues bien. Si en plenos años 90 podíamos ver a las familias que encabezaban los listados en Forbes exhibiendo casi de manera indecorosa sus propiedades, islas exóticas, yates o excentricidades de la moda como marca de status, hoy sería impensable imaginar a un CEO o presidente de alguna de las grandes compañías del mundo, sin pasar horas tras su escritorio.

El escritorio es una metáfora, sin duda, pero lo que no lo es son las cantidades de tiempo invertido en el crecimiento de sus inversiones, proyectos, fundaciones o transacciones en bolsa, que hoy dedican los nuevos rostros del poder.

No basta con poseer, sino con hacer. En el trabajo y en esta capacidad casi delirante de estar siempre conectados, se desliza hoy esta nueva forma de poder que, seguro, analizarán los sociólogos muy prontamente.

“En nuestra nueva Edad de Oro, para identificarse como un miembro de la clase dominante no basta el consumo ostentoso. También es necesaria la producción ostentosa (…) Ya no se trata de cuánto se gasta. Se trata de cuánto se trabaja”, escribió el experto Ben Tarnoff en The Guardian.

Nada indica que vayan a desaparecer los viajes de lujo, las mansiones y los gustos extravagantes. Pero sí existe conciencia de que para mantener ese nivel de consumo es necesario perfilar también una estampa de empresario capaz de trabajar 100 horas a la semana, destinar sus fines de semana al crecimiento de su negocio y trasladar todas sus necesidades básicas (salud, deporte, alimentación) a sus oficinas.

En Chile, y pese a que lideramos los rankings de horas destinadas a lo laboral, somos recién debutantes en estas lides que hoy encabezan los norteamericanos. Solo por nombrar algunos ejemplos, Jeff Immelt, de General Electric, confesó a la revista Fortune que durante 24 años trabajó más de 100 horas por semana; la CEO de Yahoo, Marissa Mayer, lo superó con 130 horas por semana, según dijo a Bloomberg News; y el de Apple, Tim Cook, comienza su jornada a las 3:45 de la mañana, según dijo a Time.

No tiene que ver con necesidad. No tiene que ver con asegurar una pensión razonable. Estamos hablando de los empresarios más ricos del mundo y de esta nueva tendencia que ha puesto la capacidad laboral como símbolo de estatus y poder. Si antes lo fue el lujo llevado a todos los ámbitos, hoy irrumpe como materia de estudio una mente siempre dispuesta a pensar un mejor negocio.

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