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En defensa de los que interrumpen

lucy kellaway

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Hace unos días David Bonderman metió la pata de una manera espectacular. En medio de una discusión sobre la cultura sexista de Uber, contó un chiste grosero sobre cómo las mujeres hablan demasiado. Interrumpió a Arianna Huffington, su codirectora de Uber. Y se equivocó. Las mujeres no hablan más que los hombres.

Escoger ese momento para contar el chiste demostró una falta de juicio, de disciplina y de comprensión del lío en el que Uber se ha metido. No había remedio: el multimillonario de 74 años se dio cuenta de que tenía que retirarse del directorio.

No obstante, hay un aspecto por el que ha sido criticado -interrumpir a Huffington- en el que yo estoy de su lado. Como alguien que siempre interrumpe, me siento moralmente obligada a defenderlo y a todos los que interrumpen a los demás en el mundo.

Interrumpir tiene mala reputación. Se considera mala educación. Va en contra de la noción sentimental de que todo el mundo en el trabajo se merece el respeto de los demás cuando están hablando. Cuando un hombre interrumpe a una mujer se ve con muy malos ojos. Los estudios muestran que esto pasa todo el tiempo: los hombres se lo hacen a las mujeres más que a los hombres, y las mujeres casi nunca interrumpen a los hombres.

Esto se ha convertido en un punto tan delicado que cada vez que se descubre a un hombre conocido hablando en público e interrumpiendo a una mujer, seguramente se ganará una paliza pública. Eric Schmidt de Alphabet fue criticado por hacerlo cuando interrumpió a la única mujer en el foro durante una sesión de preguntas y respuestas en 2015. Y la senadora demócrata Kampala Harris fue interrumpida por varios colegas republicanos mientras interrogaba al fiscal general Jeff Sessions ante el Comité de Inteligencia del Senado, motivando un artículo del New York Times deplorando la práctica.

La mayoría de la gente está de acuerdo en que el remedio es hacer que los hombres dejen de hacerlo. Hace un par de meses, como parte de la celebración del Día Internacional de la Mujer, se lanzó una aplicación llamada Mujer Interrumpida. Cualquier hombre que la use tiene que decir tres veces: “No voy a interrumpir más a las mujeres”, y se le otorga una calificación negra por cada transgresión. Sin embargo, esta no es la solución. Si se les prohíbe interrumpir a sus colegas femeninas a todos los hombres, no van a empezar a escucharlas más asiduamente, sino que van a desconectarse del todo.

Una mujer -o un hombre- siempre debe ser interrumpida si ella o él se vuelven aburridos o si la persona que interrumpe tiene algo más urgente que decir. Es concebible que Huffington llevara mucho tiempo hablando de lo mismo cuando Bonderman se entrometió, en cuyo caso un cambio de orador se habría agradecido.

La mayoría de las conversaciones y los foros de discusión en el mundo de los negocios son aburridos gran parte del tiempo. Cuando alguien empieza a hablar, el meollo de lo que está diciendo se manifiesta en el primer par de frases, después de las cuales no hace gran daño que otro colabore con algo nuevo. Interrumpir no solo logra que las cosas vayan a mejor paso, sino que hace que todo el mundo esté alerta; el miedo de perder la palabra obliga a que uno se exprese con mayor brevedad. Participé en una reunión de dos horas la semana pasada en la cual cuatro mujeres y ocho hombres no se interrumpieron unos a otros. Esto no hizo que fuera mejor. Escuchar con aparente respeto simplemente demostró que a nadie le importaba mucho.

A los hombres no se les debería obligar a interrumpir menos; a las mujeres se les debería obligar a hacerlo más. A algunas esto les parecerá muy difícil, pero habiéndolo hecho yo misma, les aseguro que no lo es. Cuando el orador haga la más mínima pausa para respirar, simplemente debes comenzar a hablar.

Claramente, se necesita una aplicación que no sea Mujer Interrumpida sino Mujer Interrumpe. En vez de mostrar una gran cruz cuando un hombre interrumpe, se recompensaría cada instancia en la que una mujer interrumpe con una marca de aprobación bien clara. En cuanto al argumento de Bonderman -que si las mujeres hablan más- hay mucha evidencia contradictoria, y la respuesta es que depende del contexto. Cualquiera que haya asistido a la reunión de un directorio u observado el comportamiento de un panel de expertos podría decir que hay una correlación directa entre cuán importante se considera a sí mismo el presentador y cuánto tiempo habla sin parar. Gracias a la asimetría de la vida corporativa, la mayoría de los más auto-importantes todavía tienden a ser hombres.

La solución es evidente. Cuando las personas comienzan a balbucear, otros deberían insistir en interrumpirlos. Los que lo hagan nunca deberían ser castigados por tener malos modales. Están prestando un servicio público.

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