Enrique Marshall

Firma digital y otras yerbas

Enrique Marshall Director Magíster en Banca y Mercados Financieros PUCV, Exvicepresidente del Banco Central

Por: Enrique Marshall | Publicado: Viernes 11 de diciembre de 2020 a las 04:00 hrs.
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La crisis económica ha tenido efectos muy negativos en materia de actividad y empleo. Sin embargo, como suele ocurrir en este tipo de episodios, también ha desatado fuerzas innovativas. En esta columna quisiera referirme al empujón que ha recibido la transformación digital en el sistema financiero.

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La verdad es que la innovación y mutación ya estaban en curso desde hace algún tiempo. Lo que ha ocurrido desde marzo pasado es una intensa aceleración de dicho proceso. Por un lado, el trabajo remoto se ha instalado como una opción perfectamente eficiente, por lo menos para ciertos puestos de trabajo. Doce meses atrás no imaginábamos todo lo que se ha avanzado en este sentido en pocos meses. Por otro lado, la digitalización de las transacciones ha experimentado un notable avance. Las circunstancias sobrevinientes forzaron a las personas a modificar sus conductas y todo indica que en este campo los cambios llegaron para quedarse.

Las cifras disponibles son elocuentes. Los cheques emitidos por las personas naturales, por ejemplo, han acelerado su retiro del escenario económico, disminuyendo en un año a menos de la mitad. En un claro contraste, los pagos con débito han continuado creciendo. Pero quizá lo más llamativo: las transacciones electrónicas se han incrementado en un 31% en el transcurso de los últimos doce meses.

Con todo, persisten todavía muchos “lomos de toro” en la ruta de la transformación digital. Menciono tres, pero no son los únicos.

Primero, la identificación del cliente, sobre todo para la apertura de nuevas cuentas, continúa anclada en prácticas del pasado, que exigen, entre otras cosas, la presencia física del cliente para múltiples trámites. Es cosa de ver las largas filas en las oficinas bancarias. Segundo, la verificación de domicilio es un procedimiento limitativo y ha sido difícil flexibilizarlo. La propuesta de sustituir el domicilio por una casilla electrónica, con los debidos resguardos, parece interesante.

Finalmente, la firma digital, que se constituyó como una opción válida, no ha logrado generalizarse. Su uso permanece circunscrito a círculos estrechos. El desafío es encontrar fórmulas, quizá más simples que las actuales, que permitan su aplicación en el ámbito de las actividades minoristas. Llama la atención que el comercio digital haya logrado avanzar más rápidamente que los servicios financieros tradicionales, muy marcados por una cultura en extremo conservadora sobre estas materias.

Los cambios aquí sugeridos generarían enormes ganancias en eficiencia, con beneficio para todos, clientes y proveedores. Por cierto, conllevan también algunos riesgos, pero éstos pueden ser acotados y mitigados mediante pólizas de seguros y con los recursos y la “inteligencia” que provee la propia transformación digital. En mi opinión, son cambios que bien vale acometer.

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