Enrique Marshall

Inteligencia financiera

Enrique Marshall Director Magíster en Banca y Mercados Financieros PUCV, Exvicepresidente del Banco Central

Por: Enrique Marshall | Publicado: Miércoles 13 de noviembre de 2019 a las 04:00 hrs.
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Los acontecimientos de las últimas semanas levantan interrogantes sobre la capacidad de nuestros servicios de inteligencia. La simple observación de lo ocurrido sugiere que no estamos en un buen pie. Las autoridades indudablemente tendrán que hacer las revisiones del caso, extraer lecciones y proponer las acciones remediales necesarias.

En mi opinión, de esta evaluación no debería escaparse nuestra inteligencia financiera. Si bien tiene un foco circunscrito a un conjunto acotado de delitos, ésta puede aportar mucho en varios ámbitos, incluso más allá de lo estrictamente financiero. La pregunta que surge es si estamos haciendo todo lo que corresponde en esta materia. Lamentablemente, hay indicios de que no es así.

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Primero, nos costó mucho establecer una institucionalidad en materia de inteligencia financiera. Lo hicimos a regañadientes, por presión externa más que por convicción interna. Finalmente se creó la Unidad de Análisis Financiero (UAF), pero se le asignaron recursos y facultades limitadas. Y ello no ha cambiado sustancialmente, sin perjuicio de reconocer avances, como la ampliación de los delitos considerados. A propósito, es interesante recordar que la Superintendencia de Bancos se vio en la obligación de dictar instrucciones sobre lavado de dinero en 2001, para evitar que el sistema bancario quedara en un flagrante incumplimiento de recomendaciones internacionales. Fue la primera norma dictada en el país que habló sobre esta materia.

Segundo, las estafas piramidales y financieras observadas en años recién pasados mostraron una insuficiente capacidad preventiva en este campo. Este punto fue observado en un seminario que revisó estos hechos en 2017 y la conclusión alcanzada fue que el sistema era reactivo más que preventivo.

Tercero, la evidencia muestra que el número de operaciones sospechosas reportadas por las instituciones obligadas es más bien bajo. Esto ha sido observado por expertos extranjeros. Pero cuando existen pocos reportes, la presunción no es que el número de delitos sea realmente bajo, sino que la inteligencia no está funcionando bien. Recientemente se ha informado que el número de reportes ha aumentado. Enhorabuena.

Finalmente, algo que fluye de los acontecimientos recientes es que si la delincuencia y sus adláteres han alcanzado la magnitud y la capacidad de actuación que estamos observandos, debemos suponer que estos grupos manejan recursos monetarios no menores. ¿Por dónde pasan esos recursos? ¿Las transacciones asociadas son reportadas como corresponde? Estas y otras preguntas ameritan respuestas.

Nuestra inteligencia financiera requiere de perfeccionamientos, por lo que en esa línea me permito sugerir dos recomendaciones: por un lado, revisar si los recursos y facultades de la UAF son los adecuados para atender los actuales desafíos; y por otro, reforzar la supervisión de las casas de cambio y las “remesadoras” que están canalizando un número significativo de transacciones transfronterizas.

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