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Columnistas

13/07/2017

Expectativas económicas, ¿emoción o razón?

Tomás Izquierdo Socio Gemines Consultores

  • Por Tomás Izquierdo

    Tomás Izquierdo

    Cuesta conciliar la mantención de expectativas empresariales tan deprimidas con un escenario económico externo y regional que objetivamente ha mejorado, con un precio del cobre que se sitúa en niveles cada vez más atractivos y con un cambio político muy probable, que debería reponer, como prioridad programática, el crecimiento económico. El recientemente publicado indicador de expectativas empresariales IMCE, se ubica en junio en sólo 43,2 puntos, su peor nivel desde diciembre del año pasado. Se agrega un factor aún más preocupante, porque más que percepción se refiere a decisiones empresariales, las colocaciones del sistema financiero a las empresas, que llevaban un par de meses repuntando, en mayo registran una importante recaída.

    ¿Cómo interpretar estos malos indicadores? Posibles causas: Primero, los números recientes de actividad económica se han ubicado bajo las expectativas del mercado, lo que implica corregir nuevamente a la baja la proyección de crecimiento para el año. Segundo, el bajo crecimiento de los últimos años y la sostenida caída en la inversión, está teniendo un efecto rezagado negativo sobre el mercado laboral, con una precarización en su calidad y una tasa de desocupación que se ubicará el presente año en su mayor nivel desde 2011. Tercero, a pesar de la alta probabilidad de un cambio político “pro crecimiento”, los frustrados buenos augurios de años recientes han instalado una especie de desesperanza más sostenida, en parte más bien emocional o subjetiva, y en parte, digamos, “más racional”.

    El aspecto más emocional, tiene que ver con un clima de pesimismo que se instala entre los agentes económicos y que termina afectando sus decisiones, ya sea de compra de bienes y servicios y/o inversión o contratación de mano de obra, a la espera que las perspectivas mejoren. Así, se desencadena una especie de profecía auto-cumplida, en que la sumatoria de decisiones de ese tipo termina materializando un bajo crecimiento sostenido. Frente a esto, señales pro crecimiento por parte de la autoridad y, en menor medida y en forma transitoria, políticas fiscales y monetarias expansivas, pueden hacer algún aporte. Objetivamente no queda espacio para mayor estímulo fiscal, simplemente porque no hay recursos, y la política monetaria ha sido expansiva desde hace varios años.

    La parte más racional, detrás del desánimo y el deterioro de expectativas, obedece a que el sólo cambio en la tendencia política, con buenas intenciones en materia de crecimiento económico, no asegura éxito. Por un lado, se han instalado en el electorado muchas expectativas que involucran incrementos de gasto público, y es evidente que no están los recursos para cubrirlas adecuadamente. Esto, per se, es un elemento desestabilizador, que complica la gobernabilidad. Agreguemos la oposición política, probablemente dura, que realizará la facción más de izquierda de la Nueva Mayoría, o lo que quede de ella, junto con el emergente Frente Amplio, y tendremos un escenario parlamentario que no contribuirá mucho a materializar reformas que apunten a recuperar un mayor crecimiento.

    Como lo muestran las encuestas, tres reformas emblemáticas del actual gobierno, Tributaria, Laboral y Educacional, son mayoritariamente rechazadas por la población, por lo que el próximo gobierno debería introducir “reformas a las reformas”, para hacerlas más robustas, concitar mayor respaldo y darles mayor probabilidad de que se sostengan en el tiempo. Ese objetivo, sin un parlamento que permita generar acuerdos amplios “razonables”, es un desafío político de envergadura. Así, un análisis racional puede concluir que temas centrales que afectan la toma de decisiones empresariales, regulación laboral y tributaria, pueden quedar “abiertos” e inciertos por un período largo de tiempo, lo que lleva a los más conservadores a seguir postergando decisiones de inversión. El desafío de lograr reformas pro crecimiento manteniendo la gobernabilidad, tendría elementos en común con los que ha enfrentado el presidente Macri, al otro lado de la cordillera, como herencia de los gobiernos kirchneristas.

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