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Facebook, el adolescente más poderoso del mundo

Gideon Rachman © 2019 The Financial Times

Por: Gideon Rachman | Publicado: Miércoles 23 de octubre de 2019 a las 04:00 hrs.
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La era de Instagram ha dado lugar a una nueva clase: los “influenciadores”, que persuaden a sus seguidores para que compren y piensen de cierta manera. Pero el influenciador más importante de todos es Facebook, la compañía propietaria de Instagram, WhatsApp y el propio Facebook. Con 2.7 mil millones de usuarios, más de un tercio de la población mundial, Facebook es una fuerza política global masiva, acusada de todo, desde influenciar las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 hasta permitir el genocidio en Myanmar.

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El fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, alguna vez se mostró reacio a reconocer el poder político de la compañía. Inicialmente rechazó la idea de que las noticias falsas en Facebook influyeron en la carrera presidencial estadounidense de 2016 como una noción “absurda”. Esta actitud tal vez haya sido ingenua o falsa, pero ciertamente no es sostenible. Facebook se ha convertido en un blanco político, por lo que ha tenido que ingresar a la arena política, tratando de calmar a los legisladores que temen su poder.

A los 35 años, Zuckerberg ha demostrado ser un ingeniero y hombre de negocios brillante. Pero ahora tendrá que demostrar que es un político brillante. Si falla, el resultado podría ser la disolución de su creación, la obstaculización de sus ambiciones y una regulación tan severa que podría acabar con sus mejores productos.

Quizás la mayor amenaza para Facebook sería que los gobiernos decidieran tratarlo como un editor en lugar de una plataforma; entonces sería legalmente responsable por cada mentira o difamación publicada en su sitio. Su sede central en Menlo Park, California, se inundaría bajo una oleada de demandas.

Sin embargo, la acción del gobierno también podría ser la salvación de la empresa. A los 15 años, Facebook es el adolescente más poderoso del mundo. Al igual que muchos adolescentes, podría beneficiarse si los adultos establecieran algunos límites, en particular, regulando la forma en la que la empresa trata con los temas políticos. La alternativa es que una empresa con 40.000 empleados continúe tratando de moderar los debates políticos de 2.7 mil millones de personas.

En su mercado interno en EEUU, Facebook está bajo un feroz ataque de ambos lados de la brecha política. El Presidente acusó a Facebook de ser “siempre anti-Trump”, una acusación que se hizo eco de prominentes republicanos que afirman que el algoritmo de la compañía minimiza las noticias provenientes de fuentes de derecha. La decisión de Facebook de retirar algunos comentaristas de extrema derecha de la plataforma, como el teórico de la conspiración Alex Jones, también ha provocado acusaciones de parcialidad. Mientras tanto, la izquierda acusa a Facebook de tolerar alegremente las mentiras y la manipulación política, argumentando que la compañía prefiere obtener ganancias y generar números de usuarios en lugar de hacerle frente a sus responsabilidades políticas.

Estas controversias en EEUU se están replicando en todo el mundo. En el Reino Unido, muchos de los que votaron en contra del Brexit dicen que Facebook desempeñó un papel nefasto en influenciar el voto a favor del referéndum de 2016, al permitir que se presentaran noticias falsas sobre la inmigración a votantes susceptibles. En Asia, la compañía enfrenta acusaciones aún más serias. Investigadores de la ONU en Myanmar advirtieron que Facebook era el principal medio por el cual se desataron odio y atrocidades masivas contra los musulmanes rohingya, cientos de miles de los cuales se vieron obligados a huir del país. En India, supuestamente se movilizaron multitudes violentas utilizando WhatsApp.

Facebook tiene que ajustar constantemente sus políticas y productos para hacerles frente a estas quejas. Ha limitado el número de usuarios a los que se les pueden reenviar mensajes de WhatsApp, en un esfuerzo por evitar que la histeria se vuelva viral. Utiliza 35.000 verificadores de hechos externos, ayudados por inteligencia artificial, para buscar noticias falsas que después se etiquetan y reciben una clasificación más baja. Continúa prohibiendo a los defensores del terrorismo y el discurso de odio. Ha eliminado miles de millones de cuentas falsas.

Pero la frontera entre la libertad de expresión y la incitación a la violencia —y entre políticos legítimos y traficantes de odio— siempre puede ser objeto de disputa. Para lidiar con las disputas sobre el contenido que Facebook debería prohibir desde su plataforma, la compañía está creando una junta de supervisión independiente, la cual la compañía ha comparado grandilocuentemente con la Corte Suprema de EEUU. El esfuerzo es interesante y serio. Pero seguramente está más allá de las capacidades de una sola compañía realizar juicios matizados sobre el debate político en cientos de países e idiomas.

Como resultado, aumentar la intervención de los gobiernos es inevitable. China, que no cree en la libertad de expresión, simplemente ha prohibido Facebook. Pero hay acciones menos radicales que se pueden tomar. Facebook ya se adhiere a las leyes de Alemania sobre la negación del Holocausto, por ejemplo, mediante el bloqueo geográfico de ese tipo de contenido para Alemania.

En EEUU, se está hablando cada vez más sobre la disolución de la empresa. Pero si bien podría haber un caso económico para dividirla, no habría justificación política para hacerlo. La era de las redes sociales ha llegado para quedarse, con todas sus complicaciones. Cerrar Facebook no cambiaría las cosas.

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