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Columnistas

13/03/2017

Factura electrónica para las donaciones

Socio de MFO Advisors

  • Por Rafael Ariztía

    Hasta antes del verano, Lucy Ana Avilés era una ciudadana anónima. Hoy, probablemente, es más conocida que la mayoría del gabinete ministerial del actual gobierno. Su tenacidad para enviar a Chile el SuperTanker en medio de los peores incendios de nuestra historia, no sólo le dobló la mano a una burocracia bastante insensible e incompetente, sino que además envalentonó a otros a salir al frente y también tomar en sus manos la solución a un problema que, evidentemente, estaba sobrepasando la capacidad del Estado. Lamentablemente, la legislación vigente dificulta el desarrollo de la filantropía desde la sociedad civil.

    Imagino, a la luz de lo ocurrido, que todos estamos de acuerdo en que no debiera ser así y que este “revival” de la filantropía activa y visible es algo que vale la pena destacar. Siendo un país frecuentemente azotado por desastres naturales, tenemos una cultura de movilización y solidaridad bastante desarrollada. Sin embargo, esta solidaridad rara vez toma una forma muy visible. Pareciera que aquello de que “no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha” está fuertemente arraigado en nuestra cultura.

    En un país cada vez más desconfiado del éxito y dado al chaqueteo, resulta positivo que aquellos que han tenido éxito en su vida empresarial sean visibles, mostrando la ruta a otros que los sigan y destinando libremente el fruto de su vida a proyectos que trasciendan y que nos enriquezcan como sociedad.

    Chile tiene una historia muy profunda de filantropía. Iniciativas como la Sociedad de Instrucción Primaria, creada por jóvenes intelectuales en el siglo XIX y liderada por Claudio Matte por más de 50 años; el Hogar de Cristo, la Fundación Teletón, la Fundación Las Rosas, María Ayuda, por nombrar sólo algunas, son casos emblemáticos de la sociedad civil organizada para tomar en sus manos la solución de problemas públicos desatendidos o mal resueltos por el Estado. Todas ellas cumplen un rol fundamental e indudablemente positivo en nuestra sociedad. No sólo entregan servicios valiosos a las personas, sino que emplean aproximadamente al 4,9% de la población económicamente activa y representan el 1,5% del PIB del país.

    Entonces la pregunta que debiéramos hacernos es qué hacer para que estas iniciativas florezcan y para que surjan muchas más. Un par de ideas. Lo primero es reconocer públicamente a sus creadores e impulsores. La sociedad necesita “héroes” que muestren el camino. Esto fue lo que, guardando las dimensiones, logró Lucy Ana Avilés durante los incendios. Ponerse al frente y demostrar que no es cuestión sólo de esperar.

    Lo segundo es facilitarles la vida. Justamente lo contrario que hizo el director de la Conaf con el SuperTanker. Facilitar las donaciones, reducir los trámites, darles acceso a resolver cada vez con más fuerza problemas públicos. Naturalmente esto va contra el interés de la burocracia, que se siente dueña de todo lo que rime a público, y por ello como lo vimos durante los incendios, la filantropía goza de la desconfianza congénita de la izquierda más extrema. Para ellos, más filantropía y más sociedad civil naturalmente implica menos Estado, y eso no les gusta.

    Es por ello que quienes creen en la importancia de los cuerpos intermedios de la sociedad, deben empujar porque tengamos una legislación de donaciones más adecuada. El gobierno del presidente Piñera ingresó tardíamente un proyecto de ley que simplifica y mejora la institucionalidad que regula las donaciones. Ese proyecto duerme en el Congreso. Es de esperar que un próximo gobierno le dé la importancia que requiere y le agregue aún más facilidades para que cada chileno pueda destinar sus recursos libremente donde mejor lo estime.

    En la actualidad destinar recursos a proyectos que nos parecen dignos de ser apoyados es muy difícil. Donar bajo la Ley de Herencia y Donaciones es kafkiano, lo que lleva a estos proyectos a simular servicios y emitir facturas. ¿Por qué no pensar que en el futuro podamos simplemente entregarle recursos a quien nos parezca, y que éste nos emita una “factura electrónica de donación”? La legislación es hoy un impedimento al desarrollo de la filantropía desde la sociedad civil. No debiera ser así.

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