Guillermo Tagle

Igualdad o productividad: el dilema de moda

Por: Guillermo Tagle | Publicado: Viernes 19 de abril de 2013 a las 05:00 hrs.
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Cuando Chile se acerca al umbral de los US$ 20 mil de ingreso per cápita, con una economía que crece y está cerca del pleno empleo, se ha instalado cada vez con más fuerza en el debate político la necesidad de cambiar el foco y poner como objetivo principal, aumentar la igualdad. Repartir mejor la riqueza, incrementar la responsabilidad del Estado como proveedor de bienestar, mejorar la distribución del ingreso, reducir la brecha entre quienes tienen más y los que tienen menos.

Es posible que el tema se haya puesto de moda porque estamos viviendo una situación tan positiva en cuanto a la creación de empleo, crecimiento en el consumo e incremento de salarios reales, que para quienes dan esto por “descontado”, mejorar la Igualdad y asegurar con aportes del Estado una mejor calidad de vida para la población, parece ser hoy una meta mucho más deseable una propuesta mucho más atractiva para los candidatos que se deberán medir en las próximas elecciones.

Esta situación se produce en un contexto en que también se ha logrado validar al lucro, como uno de los pecados principales que se pueden llegar a cometer en una sociedad. Lucro: “ganancia o provecho que se saca de algo”. Es el significado que la Real Academia Española define para este “pecado social”, que se ha vendido con tanta fuerza en los medios y opiniones de dirigentes políticos, que seguramente tiene hoy a muchos jóvenes aterrorizados de caer algún día en el pecado de “lucro”. Para muchos niños debe ser una nueva causa de “pesadilla”, soñar con la posibilidad de caer alguna vez o ser capturados por el pecado de “lucro”.

Es frecuente escuchar en el debate político que Chile ya ha alcanzado un nivel de bienestar y desarrollo suficiente, como para dar primera prioridad a la promoción de la igualdad, dejando en segundo plano, la necesidad de crecer y mejorar la productividad. Cuando éramos un país pobre, cuando no teníamos mucho para repartir, con claridad de objetivos y metas concretas, Chile fue dando pasos que lo hicieron crecer. Aumentos sostenidos de la productividad lograron crecimientos sostenidos en el ingreso, para llevarnos hasta donde estamos hoy.

El dilema y gravedad de lo que hoy se debate es que si bien es efectivo que Chile tiene un nivel de riqueza importante, quizás el más grande logrado en su historia, todavía hay mucha gente que necesita mejorar significativamente su nivel de vida. Un país con más desarrollo, que ofrece mejores oportunidades, es también un país más caro para vivir. Surgen nuevas y mejores necesidades. Tener algunos electrodomésticos, ser propietario de una casa y para qué decir un auto, era hasta hace poco, un sueño inalcanzable para un porcentaje relevante de la población.

La familia promedio de Chile hoy ha cambiado sus aspiraciones. Quiere acceder a salud de primer nivel, quiere que sus hijos accedan a educación superior, quiere que la infraestructura de los colegios o universidades a que asisten sus hijos, sean “de material”. También quiere poder salir de vacaciones. Todas necesidades básicas y fundamentales en una sociedad moderna, con mejores oportunidades y respeto a los derechos humanos.

El dilema que debemos analizar y evaluar bien al momento de decidir cómo gobernar es cuál es la forma más efectiva, para que sean más las familias y ciudadanos que logran resolver de buena forma esta nueva categoría de “necesidades básicas”. ¿Creando mecanismo y políticas que favorezcan principalmente una mejor distribución del ingreso? o ¿creando mecanismos y políticas que favorezcan principalmente una mayor y mejor productividad? El ideal es lograr ambas cosas al mismo tiempo.

Crecer con igualdad, producir con equidad, lucrar sin abusar. Los extremos nunca son buenos. Una sociedad que sólo promueve el crecimiento económico y la productividad, puede caer en abusos y libertinaje, que afecten y perjudiquen los derechos fundamentales de los más débiles. Una sociedad que sólo promueve la igualdad y la redistribución de los recursos, puede caer en el letargo del estancamiento, falta de incentivos y desmotivación por progresar, destruyendo la riqueza disponible y finalmente, no dejando nada para repartir. Puede ser efectivo, que hemos llegado a un nivel de bienestar suficiente, como para “afinar” el tono del énfasis. Podemos alegrarnos por ello, es un logro de todos.

Pero un “afinamiento” de políticas públicas, que fortalezcan los derechos de los más débiles, manteniendo el respeto y la defensa de trabajo para los emprendedores que aportan creación de riqueza y bienestar, es bastante distinto a algunas posturas “destempladas” que se empiezan a oír, que desprestigian y descalifican lo bueno de lo logrado y ven sólo en posturas radicales pro igualdad, la única forma de mejorar a los más débiles.

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