Guillermo Tagle

Ojo por ojo, diente por diente

Por: Guillermo Tagle | Publicado: Miércoles 22 de febrero de 2017 a las 04:00 hrs.
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En “tiempos de cólera”, cuando prima en el ambiente una sensación de agresividad intelectual muy fuerte, nos descoloca el mensaje del Evangelio que (a los que usamos asistir a Misa dominical) nos tocó escuchar esta semana. Perdonar al que nos ofende, poner la otra mejilla al que nos golpea, dejar de lado el rencor y buscar el bien de los demás, especialmente de nuestros enemigos, son conceptos que parecen absolutamente ajenos a nuestra vida cotidiana y en particular, al acontecer político y social.

Es tal vez la proximidad de definiciones electorales, sumada a las dificultades de conducción y la falta de progreso que ha registrado Chile en los últimos años, lo que ha exacerbado el ambiente. Puede ser la “ansiedad” por que triunfen los “nuestros” (los de mi propio lado) y lamentablemente también, el interés por lograr acceder a lo que no tenemos por una parte, o que no nos quiten lo que hemos logrado por la otra. Todo esto polariza la discusión y genera en la población la sensación de que sus líderes y dirigentes ya no luchan por el bien común, sino que cada uno por su propio interés, por asegurar su beneficio, su poder, sin importar los caminos o los medios que se utilicen para lograrlo.

Es probablemente esta lectura del ambiente político actual la que genera esa inmensa mayoría de la sociedad, ese 65% de ciudadanos con derecho a voto que prefieren abstenerse de acudir a las urnas, que prefieren no ser parte de este mal ambiente, de esta “mala onda” provocada por personas que objetivamente no se ven preocupadas del bienestar social, sino que mezquinamente dedicados a pelear por sus propios intereses, fines o ideologías.

Hace mucho tiempo no tenemos en Chile un ambiente propicio para la discusión bien intencionada e intelectualmente de buen nivel, donde se respete el derecho a disentir y se busque ideas nuevas y creativas que nos permitan focalizar los esfuerzos en hacer de éste un mejor lugar para vivir, donde se construya una sociedad progresista, libre y respetuosa de los derechos y las ideas del prójimo.

Vivir en la cultura del “diente por diente” y no en la del perdón o en la de “poner la otra mejilla”, es parte de lo que explica el ambiente en que vivimos. Es cierto que en el pasado ha habido muchas situaciones de injusticia, de abusos, de excesos de poder, pero también ha habido cosas buenas, mucho trabajo honesto, mucha dedicación de millones de personas que han dedicado su vida a trabajar, a cumplir con el deber, a sentir la satisfacción de vivir los frutos de un trabajo bien hecho, buscando lograr que la próxima generación, la de sus hijos y nietos, pueda tener certeza de que sus padres o abuelos dieron su vida para que ellos pudiesen vivir en un mundo mejor. No creo equivocarme al apostar que un alto porcentaje de ese 65% de gente que se auto margina de la discusión política, está entre quienes les importa más hacer las cosas bien, trabajar lo mejor que puedan y lograr para los suyos un buen vivir.

Lamentablemente, Chile no volverá a ser el líder del progreso económico y social que fue en las décadas pasadas si no volvemos a focalizar la discusión en la búsqueda del bien común más que en la corrección de las injusticias del pasado. Si las propuestas de políticas públicas ponen más énfasis en lograr que los beneficiados del pasado sean los dolientes del futuro, que los errores o abusos cometidos sean corregidos con “venganza”, con “ojo por ojo”, y no con fórmulas y propuestas inteligentes que nos protejan, que cuiden el sistema, que estimulen a todos a trabajar con esfuerzo y excelencia, cumpliendo el deber de ser buenos ciudadanos, nos vamos a quedar pegados en muchas de las discusiones egoístas y estériles que hoy ven por parte de sus dirigentes aquellos millones de chilenos que prefieren abstenerse de participar. El que sea capaz de poner a Chile a mirar pa’ delante, a pensar en el futuro y no en los errores del pasado, tiene una oportunidad, una posibilidad de conquistar a parte de ese 65% que hoy se descalifica como irresponsable y poco comprometido, cuando en realidad en su mayoría se trata de ciudadanos que no quieren que los molesten y que les interesa poder vivir en paz, construyendo un futuro mejor para sí y para los suyos.

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