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Hacedores de palabras

Valentina Verbal Historiadora, directora de Formación de Horizontal

Por: Valentina Verbal | Publicado: Jueves 8 de noviembre de 2018 a las 04:00 hrs.
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Valentina Verbal

Se ha dicho, ya tantas veces, que uno de los principales problemas que enfrenta el libre mercado para legitimarse en términos culturales es que los intelectuales suelen ser de izquierda, socialistas o, más precisamente, anticapitalistas. ¿Por qué sucede esto?

Probablemente, una de las mejores respuestas a esta pregunta la dio el filósofo estadunidense Robert Nozick, quien de partida señaló que los llamados “intelectuales” no son necesariamente personas inteligentes o de gran educación, ni tampoco son exactamente lo mismo que los académicos o profesores universitarios. Los intelectuales, para Nozick, son simples “hacedores de palabras”, personas influyentes a través de la escritura o incluso del lenguaje oral. Pueden, por ejemplo, ser periodistas políticamente comprometidos o humoristas que hacen crítica social.

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Esto es importante, porque no son los grandes pensadores los que influyen de manera más inmediata sobre las personas. Y cuando influyen, normalmente lo hacen a partir del llamado “efecto cascada”; es decir, cuando, luego de varios años, sus ideas bajan al gran público de manera simplificada y a través de intermediarios o de fuentes de segunda mano.

Pero, ¿por qué los intelectuales suelen ser anticapitalistas? Nozick plantea la paradoja de que a ellos les va muy bien bajo un sistema de libre mercado, donde disfrutan de la libertad para expresarse y confrontar sus ideas con las de otros. Sin embargo, tienden a creer, dice Nozick, que sus méritos no son suficientemente recompensados.

No obstante, como sabemos, el libre mercado no premia necesariamente a los mejores. Por ejemplo, en el último tiempo los libros más vendidos de historia en Chile no han sido los de Sol Serrano, recientemente galardonada por el Estado, sino los de Jorge Baradit, un aficionado que construye sus obras desde las más burdas teorías de conspiración.

Lo curioso es que lo anterior sea una “triste realidad” para moros y cristianos. A muchos de los defensores de la libertad económica les cuesta un mundo entender que no existe una concepción unificada del mérito y que, por lo tanto, el mérito no puede ser considerado como una métrica de justicia distributiva. Y quienes la rechazan, tienden a percibir la tremenda “injusticia” de no ser suficientemente valorados en la sociedad.

Por lo mismo, resulta inexplicable que los intelectuales exitosos, que profitan de los beneficios del libre mercado (como el mismo Baradit), no se conviertan en decididos defensores del capitalismo. Si las ventas siguieran un criterio diferente al de la mera elección de los consumidores (por ejemplo, la calidad académica), difícilmente disfrutarían del éxito de que hoy gozan. Sin embargo, ellos se dan el lujo de despotricar contra el mercado y las personas que presuntamente viven alienadas bajo el “modelo neoliberal”, consumiendo chatarra en los malls, en lugar de cultivar su espíritu en el Teatro Municipal o mediante la lectura de las obras de Schopenhauer.

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