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Jorge Quiroz

El año después de mañana

Socio Principal de Quiroz & Asociados

Por: Jorge Quiroz | Publicado: Jueves 9 de marzo de 2017 a las 04:00 hrs.
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Jorge Quiroz

Cuentan que Luis XV de Francia habría dicho “después de mí el diluvio”, frase trágicamente premonitoria para Luis XVI, que pagó con su cabeza la indolencia de su antecesor. Aunque por estos lados no se ha tenido el tupé de decir algo similar, y a ninguno de los candidatos a la presidencia de Chile parece ocurrírsele que rivalizan por ocupar el lugar de un Luis XVI, la analogía tiene cierta validez. No creo exagerar.

Vamos por partes. Para el mundo, aunque no para Chile, 2017 “se ve bien”. Pero las complicaciones vendrán después.

Partamos por el 2017. Por primera vez en años, el indicador de compra de manufacturas industriales, “MPI”, está en terreno positivo para cada una de las principales economías del planeta: la demanda agregada muestra claros signos de dinamismo. El FMI ha subido sus proyecciones de crecimiento global a 3,4%. En Estados Unidos, el SP-500 ha subido un espectacular 11% desde la elección de Donald Trump. Las autoridades chinas, a quienes el nuevo y peculiar estilo de la Casa Blanca no parece hacerles mella, han anunciado un crecimiento del 6,5% para su país. Los shocks negativos de oferta en cobre, combinados con el robusto crecimiento de Asia emergente, han elevado el precio del metal rojo en un 23 % en los últimos cinco meses.

Pero a pesar de tanta bonanza externa, la economía chilena continúa con un crecimiento tan magro como bullente es la inquietud social. Se celebra un Imacec arriba del 1% porque cualquier grupo de presión organizado tiene poder para detener el país. Para este año, una expansión casi nula en la formación de capital fijo, un gasto fiscal que deberá cuidarse de rebajas en la calificación crediticia, y un consumo de hogares que crecerá muy restringidamente, nos permitirán, incluso con moderado optimismo, apenas un crecimiento que estará en torno a la mitad del mundial.

La real acción entonces transcurrirá fuera del país. ¿Cuán sostenible es la incipiente “bonanza” mundial? Me temo que será de corto aliento: durará el 2017 y acaso parte del 2018, pero difícilmente más allá. Las políticas fiscales expansivas anunciadas por Trump -rebaja en impuestos corporativos junto con una expansión en gasto de infraestructura- sobrecalentarán una economía americana que ya está cerca del pleno empleo. Por su parte, las alzas de precios de activos ya se ubican por sobre casi cualquier métrica de común aceptación. La única forma que el presente “mini boom” durase sería que conllevara algún cambio relevante en la productividad. Pero nada hay en los anuncios de Trump -o de otros líderes- que indiquen que ese va a ser el caso. Ello dejará entonces a los precios de los activos altamente vulnerables a subidas del costo del crédito.

Y es lo que va a ocurrir. El “mini boom” se verá coronado, y eventualmente sepultado, por una drástica alza de tasas. Habrá un auge de crédito en Estados Unidos, alentado por el desmantelamiento de la regulación financiera post 2009. El auge ocasionará eventualmente el retiro, más o menos rápido, de los depósitos que los bancos, por años, han aparcado en la Fed y que superan en 100 veces los que había antes de la crisis del 2008/9. Conforme los bancos retiren sus depósitos, lo que por definición es idéntico a una caída de reservas, la Fed, en prevención de una abrupta pérdida del control de la masa monetaria, tendrá que vender con celeridad buena parte de los más de cuatro “trillions” de dólares en bonos que tiene en el balance -casi un 400% superiores a los que tenía antes de la crisis de 2008/9- empujando el costo del crédito, al menos por un rato, a niveles no vistos en años. La correspondiente “corrección” en el precio de los activos -que de paso terminará con “la bonanza”- bien podría ser de aquellas que después se recuerdan en los relatos del folklor financiero. Y como dice el refrán, cuando Estados Unidos “estornuda”, América Latina contrae influenza.

Y para entonces, si el futuro presidente de Chile no ha logrado enderezar la economía nacional, como a Luis XVI, más vale que “el estornudo” de Estados Unidos lo encuentre confesado.

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