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Jorge Quiroz

La séptima función del lenguaje

Socio Principal de Quiroz & Asociados

Por: Jorge Quiroz | Publicado: Viernes 7 de abril de 2017 a las 04:00 hrs.
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Ese es el título de la última novela de Laurent Binet. La trama discurre sobre un imaginado misterio en torno a la muerte por atropello del semiólogo Roland Barthes, en 1980. Así como los economistas, siguiendo a Wicksell, a veces hablan de “las tres funciones del dinero”, los lingüistas, siguiendo a Jakobson, hablan de “las seis funciones del lenguaje”. La novela especula sobre la existencia de una poderosísima “séptima función”. Roland Barthes habría descubierto la clave secreta de aquella. Su atropello, entonces, no habría sido casual: habría tenido por propósito arrebatarle el poder enorme de tal función.

La primera función del lenguaje, “la referencial”, es la más evidente. Consiste sencillamente en comunicar información acerca de algo. Ejemplo: “Una caída de 1,3% registró el Imacec en febrero. Es el peor registro desde octubre de 2009.” Claro como el agua.

La segunda función, llamada “emotiva”, tiene por intención revelar la posición del emisor con respecto al mensaje que comunica. Ejemplo: “Es un tropezón”. Lo dijo el ministro de Hacienda, refiriéndose al dato anterior, recordándonos inconscientemente a Parra: “¿No ve que soy de Chillán? Trompiezo… pero no caigo”. Otro ejemplo: “Son brotes verdes”, célebre frase del subsecretario de Hacienda, refiriéndose al Imacec de diciembre de 2014. Ambos constituyen casos de función emotiva: las autoridades no comunican una realidad sino más bien sus personales creencias respecto del futuro.

La tercera función es la “conativa”, y va dirigida al “Tú”. Intenta producir un efecto sobre el receptor, usualmente por medio de recursos que operan a veces en el subconsciente. Ejemplo: “Señores empresarios: o Chile se pone al día en su modelo educacional o vamos a terminar en el populismo”. De Nicolás Eyzaguirre, en julio de 2014, por entonces ministro de Educación. La fórmula: “Señores empresarios...” guarda alguna resonancia con la pretérita: “Señores políticos...”. Una expresión cargada de fuerza lingüística. En eso, inteligente Eyzaguirre.

La cuarta es la función “fática”, que vendría a ser “hablar por hablar”. Abundan ejemplos en programas radiales, televisivos y empingorotados seminarios de la capital, pero aquí no pretendemos ofender a nadie. Y así sucesivamente con las demás funciones.

¿Y cuál sería la séptima función? Sería una función “mágica”, que va dirigida a un tercero, ausente o inanimado, para que éste, envuelto por la brujería de las palabras, adopte determinadas acciones o actitudes. Se busca, por medio de las palabras, modificar la realidad. Un ejemplo bíblico: “Sol, detente sobre Gabaón, y tú, Luna, sobre el valle de Ajalón. Y el Sol se detuvo y se paró la Luna” (Josué, 10:12-13).

En tiempos antiguos, un ejemplo de la séptima función serían las oraciones del exorcismo. En tiempos modernos, la encontramos en el embrujo de palabras de la más alta política.

Algunos ejemplos:

- “Él (Piñera) recibió un país que crecía como avión y lo entregó en baja.” La frase es de Alejandro Guillier. Sorprendente intento de brujería por modificar las cuentas nacionales por medio de las palabras.

- “Nuestro quebrado sistema de pensiones requiere urgente más seguridad social”. La frase es de la ministra del Trabajo. Quizá en trance vudú o similar alguien podría leer en los estados financieros de los fondos de pensiones un sistema en quiebra.

- “Estamos hablando de aquellos que le quitan agua al río para que no la puedan ocupar ni agricultores, ni mineros, ni el agua potable, ni para energía”. La frase es del ministro de Obras Públicas. ¿En qué mágico reservorio estaría almacenada toda el agua que aquellos “le quitan al río”?

Según los lingüistas, esta “séptima función del lenguaje” no alcanzaría a ser tal. Sería más bien una utilización algo delirante de la tercera, como dice un personaje de Binet, “para un uso, esencialmente catártico, o mejor dicho poético, pero absolutamente ineficaz. Por definición, la invocación mágica no funciona más que en los cuentos”. En esto último, sin embargo, a estas alturas tengo mis dudas.

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