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José Antonio Viera-Gallo

Bolivia y el uróboro

José Antonio Viera-Gallo

Por: José Antonio Viera-Gallo | Publicado: Martes 20 de marzo de 2018 a las 04:00 hrs.
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Estamos sumidos en los alegatos de un juicio ante la Corte Internacional de La Haya que nunca debió existir. El gobierno de Evo Morales imbuido de nacionalismo, abandonó las negociaciones con Chile y recurrió a La Haya para que ese tribunal estableciera que nuestro país tiene una obligación de negociar una salida soberana al mar.

La petición es jurídicamente alambicada. No se solicita directamente la soberanía marítima, como hiciera Perú al demandar un cambio en los límites marinos, sino que se reconozca la existencia de una obligación de negociar, que en un principio parecía tener un resultado preestablecido, pero que luego, por decisión de la corte, dejó de tenerlo.

Esta débil argumentación jurídica carece de fundamento y de lógica. Recuerda la figura del uróboro, la serpiente mitológica que se mordía la propia cola.

No tiene base porque no se desprende de las múltiples veces que desde el término de la Guerra del Pacífico Bolivia y Chile se han sentado a negociar: primero una garantía de acceso al Pacífico como condición de la paz, y luego diversas formas para mejorar y facilitar esa llegada al mar. No hay ningún documento en que Chile se haya comprometido a ceder soberanía territorial. Ha habido ofertas, pero no promesas. Si la Corte aceptara la tesis boliviana, echaría por tierra la diplomacia entre los Estados. ¿Qué gobierno aceptaría negociar un asunto controvertido, si supiera que al hacerlo pudiera estar generando una obligación de resolver el asunto en los términos en que la contra parte lo plantea?

Pero además el planteamiento boliviano carece de sentido práctico. Si Bolivia abandonó la mesa de negociación durante el primer gobierno de Sebastián Piñera, ¿cómo va a exigir a un tribunal que restablezca una negociación que ese país interrumpió? Chile siempre ha estado dispuesto a tratar cualquier asunto que favorezca el acceso al mar de Bolivia y en los últimos años ha hecho importantes inversiones en Arica con ese propósito.

El nudo del asunto está en la pretensión boliviana de que su llegada al mar sea “soberana”. Cuando el juez japonés de la corte pidió que Bolivia precisara el sentido de su planteamiento, durante la llamada cuestión previa, no lo hizo. A veces en sus escritos se habla de “soberanía plena”, a veces de “solución práctica”. El planteamiento boliviano es deliberadamente vago para evitar una contradicción abierta con el Tratado de Paz de 1904, que la corte debe considerar como un elemento clave para resolver la controversia. La corte no puede desconocerlo sin poner en tela de juicio el armado internacional vigente que se ha construido a través de tratados, en especial en América Latina.

Chile siempre ha estado dispuesto a conversar sobre “soluciones prácticas”, que no impliquen cesión unilateral de territorio.

Evo Morales fue a La Haya por un cálculo político. Al comienzo de su mandato no prestó mayor atención al tema del mar. Luego hizo un giro de tipo nacionalista para atraerse el favor ciudadano, que empezaba a manifestar su malestar ante su perpetuación en el poder, como quedó de manifiesto en el último plebiscito, cuyo resultado adverso ahora busca desconocer. Y de paso promover a nivel internacional la imagen de un país encerrado, atribuyendo a ese supuesto enclaustramiento los problemas existentes en Bolivia.

El nacionalismo es peligroso. Enciende pasiones y obnubila la razón. Lo vemos resurgir hoy en Rusia y en EEUU, en diversos movimientos europeos y en Turquía. El nacionalismo, al poner al propio país como el principal parámetro de la acción internacional, corroe los fundamentos de la paz y olvida que en la actualidad los grandes desafíos de la globalización no se pueden enfrentar en forma aislada sino colaborativa. Es absurdo, por ejemplo, que Bolivia se niegue a vender energía a Chile o que otros países lo hagan con la que les exporta, cuando estamos buscando la interconexión de América del Sur.

Chile no debe caer en la tentación nacionalista. En La Haya defiende el derecho, y luego del fallo –como ha dicho el canciller Ampuero– debe esforzarse por establecer con Bolivia una agenda de futuro.

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