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José Antonio Viera-Gallo

Vivir la complejidad

José Antonio Viera-Gallo Embajador de Chile en Argentina

Por: José Antonio Viera-Gallo | Publicado: Lunes 25 de septiembre de 2017 a las 04:00 hrs.
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José Antonio Viera-Gallo

No hay duda que Chile está atravesando un período complejo de su historia, en el cual no hay respuestas simples a los desafíos que enfrenta. Algo similar ocurre en los demás países de la región. Estamos en un embrollo.

Unos dirán que es la trampa de los países de ingreso medio que tienen dificultad de seguir progresando al tener que competir con países con mano de obra más barata y países más adelantados que disponen de una mejor tecnología. El hecho es que tenemos un serio déficit en nuestra productividad, que no nos ha resultado fácil añadir valor agregado a las exportaciones ni diversificar su oferta.

Otros sostendrán que la política ha perdido credibilidad, que aumenta la desconfianza de los ciudadanos frente a las instituciones y a los abusos de poder tanto en el sector público como en el privado y en las grandes organizaciones de la sociedad civil. Lo que explicaría el malestar ciudadano y la apatía electoral.

No faltarán los que discurran sobre el papel de los nuevos sectores medios y sus aspiraciones de consumo y progreso en la escala social, sectores muy variados unidos por el temor a recaer en la pobreza y por su decisión de participar en la economía, la educación y la cultura.

Otros razonarán sobre el impacto que trae consigo la difusión de las nuevas tecnologías de la información, las redes sociales electrónicas, el nuevo papel de los celulares y la posibilidad de estar informado horizontalmente al instante y trasmitir mensajes sin pasar por ningún medio organizado.

Estas nuevas realidades se acelerarán con el impacto de la automatización y la robótica en la producción y distribución de bienes y servicios, reemplazando la mano de obra tradicional de trabajadores y empleados, y con el desarrollo creciente de la inteligencia artificial y el internet de las cosas.

Estos procesos de cambio simultáneos ocurren en un contexto internacional incierto e inseguro. Terminado el sistema de relaciones internacionales de post guerra con la disolución de la URSS, aún no se configura un nuevo orden mundial. Las instituciones y las reglas internacionales no logran gobernar la globalización ni hacer frente a nuevos fenómenos disruptivos como los conflictos locales y regionales, el terrorismo, las migraciones masivas o el calentamiento global.

Estos fenómenos desnudan la precariedad de los partidos políticos, que se muestran incapaces de transformar las amenazas en oportunidades y orientar la acción colectiva hacia un bien común compartido. Por eso resurgen manifestaciones de nacionalismo extremo, xenofobia, efímeros liderazgos carismáticos, movimientos populistas o decididamente autoritarios en diversos contextos y latitudes.

En Chile se requiere repensar la cultura política en sus diversas expresiones. Es preciso delinear un proyecto claro de progreso compartido que sin escamotear las dificultades, sea capaz de suscitar en los diversos sectores de la sociedad una renovada conciencia cívica. Ese proyecto no puede ser la repetición de los que campearon en el siglo XX. Como dice el historiador británico Eric Hobsbawm, entramos al siglo XXI sin mayores certezas, salvo la vigencia de los derechos humanos, nacida de las tragedias y enfrentamientos vividos. Está todo por hacer. Para lograrlo hay que mirar el presente y el futuro sin un retrovisor, sin repetir los esquemas gastados, aprendiendo de la experiencia.

En el proceso histórico hay que ir integrando realidad y valores, sin quedarse estancados en fórmulas que pierden vigencia. Y como escribo desde Argentina, traigo a colación dos pensamientos del Gral. San Martín: “Los hombres no viven de ilusiones sino de hechos”. También lo repite Francisco: la realidad es más fuerte que las ideas. Hoy se requiere una renovación del ideario político. Y ello nos lleva de nuevo a San Martín: “El progreso es hijo del tiempo”. No hay atajos. La prisa puede provocar desastres. Las reformas deben nacer de la conciencia de una nación, y se aceleran cuando ella madura: a veces se miden por sus resultados, a veces por el proceso que les da impulso. Lo importante es el rumbo, la capacidad de rectificar y no caer en simplificaciones.

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