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Las tensiones de Carolina

Antonio Correa Director Ejecutivo de IdeaPaís

Por: Antonio Correa | Publicado: Jueves 3 de agosto de 2017 a las 04:00 hrs.
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Antonio Correa

El 28 de julio la DC cumplía 60 años y, pocas horas después, se iniciaba una más de las tantas Juntas Nacionales de su historia, pero que se constituiría como una particularmente dolorosa. En ella, Carolina Goic perdió el gallito con uno de sus diputados: Ricardo Rincón. La senadora propuso fortalecer la identidad de su partido y uno de los puntos sobre la mesa era el llamado “caso Rincón”, en alusión a la integridad de quienes ejercen la función pública.

A un observador externo podría parecer que la reacción de Goic fue exagerada: hacer oscilar a todo un partido, poniendo en posibilidad de perder el equilibrio y derrumbarse por completo, por un “simple” diputado. Estaban en juego 60 años de historia; un rol determinante, para bien o para mal, en nuestro siglo XX; y una numerosa bancada de senadores y diputados, entre otras cosas.

Pero lo de Goic no fue para nada exagerado. Parece razonable que a quien ejerce una función pública se le exija más que al ciudadano común y corriente. Golpear a una mujer y ser condenado por la justicia, constituye a todas luces la gravedad suficiente como para al menos hacer un mea culpa y retirase por un tiempo -si no para siempre- de la actividad pública.

Lamentablemente, al mismo tiempo en que arriesgaba su candidatura –y al partido– para volver a darle identidad y carácter a su colectividad, ella vota a favor del proyecto que atenta más directamente contra su identidad cristiana: el de aborto. Y pudiendo haber tomado otros caminos, como por ejemplo eliminar la responsabilidad penal en las tres causales, apoyó un proyecto que garantiza el aborto en dichos casos como prestación de salud. El último congreso ideológico de la DC fue claro en el tema; el espíritu de sus fundadores no deja mucho lugar a dudas; su inspiración cristiana no da espacio para interpretaciones en este ámbito. Todo quedó de lado.

Podemos entender que fortalecer la identidad, para la senadora, pasaba por volver a las formas que dan dignidad a la política y no transar en ellas. Pero su decisión fue tuerta y, al parecer, dejó olvidados aspectos fundamentales de sus principios. El punto es que las formas, por sí mismas, no valen de nada, ya que su función es expresar un contenido. Construir un proyecto sin principios claros y excluyentes, no es sólo un desafío mayor, sino que imposible si se pretende proyección en el tiempo. Ahora que la DC se ve tensionada y que algunos están pensando en nuevos proyectos, se debe recordar uno de los aspectos a destacar de su historia: la suya siempre fue una política con sustancia, de formas que expresaban un fondo con fuerte identidad –nos guste o no– y con un propósito claro. Sin norte, ni razones para ir a él, no hay mucho sentido en política ni razón para mantener proyectos colectivos.

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