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Columnistas

19/06/2017

Economista del Banco Mundial desata guerra de palabras

  • Por Lucy Kellaway
    Lucy Kellaway

    Lucy Kellaway

    Esta historia es una de las más tristes que he leído en mucho tiempo. El principal economista del Banco Mundial le ordenó a su personal que escribiera con mayor claridad, los mandó a callar cuando realizaban presentaciones interminables, e insistió en que todos los informes fueran cortos y lúcidos. En vez de ser alabado por su valentía Paul Romer fue castigado como un hereje, y relevado de sus deberes administrativos. Su historia se puede leer como una versión corporativa del martirio de Juana de Arco.

    Yo solamente tengo una objeción con respecto a las medidas de Romer. Entre sus edictos estaba la imposición de una cuota del uso de la palabra "y", la cual establecía que un informe no podía contener más de 2,6% de esa palabra. Me pareció extraño que haya decidido iniciar la persecución de tan común conjunción, que tiene las ventajas de ser útil, clara y breve, cuando existen todas esas palabras -apalancamiento, entrega, viaje, diálogo, plataforma, aprendizajes o robusto y mil más- que no son ninguna de esas cosas.

    Sin embargo, cuando el Laboratorio Literario de la Universidad de Stanford publicó un artículo en 2015 analizando los informes del Banco Mundial, "y" recibió una paliza. Los autores notaron que su uso casi se había duplicado en los últimos 70 años y en tono de burla citaron pasajes en los que sustantivos burdos e inconexos estaban vinculados con conjunciones.

    ¿Pero, en realidad, esta palabrita tendrá la culpa? Durante los últimos días me he sumergido en varios textos, comenzando con la obra de Martin Wolf, quien por lo menos escribe con tanta claridad como cualquier economista que yo haya conocido. Como era de esperar, en unas de sus últimas columnas mi computadora contó el uso admirable de 2,5% de la palabra "y". Luego estudié una columna escrita por Janan Ganesh, un hombre cuya prosa es extensamente admirada. Lo hizo aún mejor, con solo 2%. Después de eso, amplié mi búsqueda y bajé "El Rey Lear" en su totalidad, para descubrir que Shakespeare usó la palabra "y" unas escasas 19 veces por cada 1.000 palabras. Cuando se toma en consideración que la mayoría de los casos son acotaciones -"Entran Kent y Gloucester"- el resultado final es aún más bajo.

    Estaba a punto de concluir que Romer tenía razón, pero entonces me dirigí a mi propia escritura y descubrí que en la columna de la semana pasada usé la palabra "y" unas vergonzosas 30 veces por cada 1.000 palabras. Romer estaría desesperado. En un esfuerzo de última hora por probar que él estaba equivocado, examiné "Orgullo y prejuicio", una elegantísima novela de la escritora más elegante de la lengua inglesa. Bajé un capítulo al azar, y Jane Austen usó la palabra "y" un grandísimo 3,8% de veces.

    En el mismo instante en que yo estaba haciendo esta labor, en el escenario del Festival Literario de Hays un exdiputado del Banco de Inglaterra le decía al público que con el fin de lograr que sus economistas escribieran inteligiblemente el banco les había hecho estudiar la obra del Dr. Seuss. Al oír esto, fui directamente a "El gato en el sombrero" y, para mi deleite, encontré la palabra "y" dispersa por todas partes, 46 por cada 1.000 palabras. Lo que esto prueba es que usar la palabra "y" es un problema solo si conduce a la confusión o a alargar el texto. Dr. Seuss puede escaparse de la crítica de su uso extravagante de la conjunción porque su texto es tan escueto. En solo 1.620 palabras cuenta una historia más sorprendente y memorable que ningún informe bancario.

    No obstante, aún si se les obligara a los economistas a usar menos palabras, eso no daría necesariamente mejor resultado. Extenso casi siempre significa malo, pero breve no significa bueno. Uno de los peores ejemplos de escritura que vi la semana pasada fue una carta de Alex Cruz, director de British Airways, enviada a miembros del Club Ejecutivo después de que un error de informática dejó a 75 mil pasajeros abandonados. Eran solo 421 palabras, pero comenzaba con bastante sencillez: "Quería contactarle personalmente para disculparme".

    Sin embargo, ya esto era pura tontería, ya que un correo electrónico masivo es totalmente impersonal.

    Además de ser sencillo y breve, la buena escritura tiene que ser honesta y real. Estudié las últimas palabras del texto de "Lear" pronunciadas por Albany: "Hablad lo que sentimos, no lo que debemos decir". Pero aún eso no va a ayudar a los economistas.

    El instinto de decir tonterías pomposas es demasiado profundo para cambiarse con una rápida inmersión en Shakespeare o Dr. Seuss.

    Cualquier economista dirá que la mejor manera de cambiar el comportamiento es cambiar los incentivos. Eso significa promover a los que escriben bien. No significa castigar a alguien que trató de animar a sus colegas a que escribieran textos que la gente posiblemente quisiera leer.

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