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Columnistas

20/09/2016

Parece que la plaga de la creatividad obligatoria se está extinguiendo

  • Por Lucy Kellaway
    Lucy Kellaway

    Lucy Kellaway

    No soy creativa. Tampoco lo son la mayoría de mis colegas. El Financial Times emplea a gente inteligente que sabe identificar temas, escribir sobre ellos con elegancia, y darles a los lectores la mezcla correcta de familiaridad y sorpresa. La experiencia, el conocimiento, la práctica, el juicio, la habilidad y la inteligencia, todos juegan un papel. También la habilidad de escribir. Y de pensar. La creatividad tiene muy poco que ver con el proceso. No lo digo para insultar al FT. Es en realidad un elogio.

    Durante dos décadas las personas de negocios han dicho estupideces sobre lo que significa ser creativo. Se asume que más creatividad es mejor que menos creatividad; que no puede haber demasiada. En LinkedIn hay 2 millones de personas con “creativo” o “creatividad” en su título profesional. En Indeed, el sitio web de búsqueda de empleo, hay 32.000 ofertas de trabajo solamente en Londres que especifican creatividad, comparado con 2.700 que solicitan cortesía, y apenas 300 cooperación. Esto es desconcertante cuando se considera que ser cortés y cooperativo son características vitales para cualquier empleo, mientras que la mayoría de las empresas no tienen el menor uso para la verdadera creatividad.

    La plaga de la creatividad se ha propagado tanto que ha llegado hasta donde se consideraba tabú: el departamento de cuentas. AstraZeneca, que está buscando a alguien que pueda planificar su flujo de caja, se jacta en su anuncio de una atmósfera donde las personas son “recompensadas por sus ideas y su creatividad.”

    Los expertos en administración avivan las llamas con investigaciones cada vez más tontas. La más chiflada se publicó en el Harvard Business Review, recomendando a las empresas que les dieran a su personal títulos ridículos como “imaginieros” para hacerlos más creativos. Más preocupante es que identificaron con aprobación a los “artistas de sandwiches” que rellenan panes con pavo y queso procesado en Subway. No sólo es insultante esperar que a estos desdichados empleados les alegre un nombre tan idiota, es seguro que la creatividad no es lo que busca la empresa en primer lugar. Cuando uno es una máquina global que produce 4.800 sandwiches Subway por minuto, la creatividad en la línea de producción no es recomendable.

    Hace unos días me crucé con el primer indicio de que la ola de la creatividad pudiera haber llegado al máximo. Fast Company publicó un artículo titulado “Cómo ser menos creativo en el trabajo y por qué a veces es necesario”. Razonaba que ser demasiado creativo podría irritar al jefe, y que frecuentemente la estrategia más inteligente para la mayoría de las empresas es olvidarse de las nuevas ideas y seguir haciendo lo que hacen.

    Hay dos cosas extraordinarias con respecto a este artículo. Para empezar, es verdad. Segundo, lo publicó una organización que más que ninguna ha celebrado esta descalabrada tendencia. La dudosa misión de Fast Company: inspirar un nuevo tipo de líderes del pensamiento innovador y creativo que están activamente inventando el futuro de los negocios”.

    Es posible que los trabajadores comunes y corrientes estén comenzando a sentirse irritados después de dos décadas de creatividad obligatoria. La semana pasada Kantar Media, propiedad de WPP, invitó a todos sus empleados a reunirse en salones en diferentes continentes y jugar con Lego para construir sus propias versiones de un “mundo extraordinario.”

    ¿Descubrieron que pretender ser niños con ladrillos de colores desencadenó una ola de creatividad? La mayoría no. Un miembro del personal me envió un correo electrónico para contarme sobre el tétrico día, escribiendo en la línea de asunto: “La cosa más insensata que jamás haya sucedido en mi lugar de trabajo”.

    El diccionario Merriam-Webster dice que la creatividad es “la habilidad de crear cosas nuevas o pensar en ideas nuevas”. Casi no quedan ideas nuevas, y la mayoría son muy malas, o tan nuevas que la gente común no sabe reconocerlas como buenas. Van Gogh, después de todo, vendió sólo un cuadro en toda su vida.

    Aquellos que son capaces de generar ideas genuinamente nuevas son poco frecuentes. Yo sólo conozco personalmente a dos: uno es poeta y el otro inventor. Ambos hacen las cosas enteramente a su manera. Ninguno ha hecho mucho dinero; ninguno duraría cinco minutos en un trabajo corporativo; lo odiarían, y el trabajo los odiaría a ellos.

    Para sobrevivir, las empresas tienen que cambiar de vez en cuando. Necesitan hacer las cosas de forma ligeramente diferente de cómo se hacían antes, pero para eso no necesitan creatividad. Necesitan personas con la inteligencia y el juicio para elaborar las variaciones correctas de las ideas existentes. Más que eso, necesitan personas con la determinación de probar esas ideas, modificarlas si es necesario y convertirlas en ventas.

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