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Maltratar a las compañías no las hará rendir mejor

Chris Giles © 2021 The Financial Times Ltd.

Por: Chris Giles | Publicado: Martes 19 de octubre de 2021 a las 04:00 hrs.
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Chris Giles

Pocas creencias están más de moda en la política y la economía que la opinión de que las empresas responden mejor a un enfoque de "ser más duros para que rindan más". La concesión de una parte del premio Nobel de Economía esta semana a David Card consolidará esta creencia, a pesar de que el honor se le concedió por sus métodos de investigación y no por su famosa conclusión en 1994 de que un aumento del salario mínimo en Nueva Jersey no redujo el empleo.

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Casi todas las semanas, dondequiera que haya un problema social, los políticos y economistas, independientemente de su tendencia política, dicen que la solución es hacerles la vida más difícil a las empresas. En el Reino Unido, las conclusiones de Card han incitado a partes del Partido Laborista a proponer el aumento del salario mínimo nacional a £15 por hora, superior al salario medio. Los economistas de izquierda dicen que la medida aumentaría la productividad porque las compañías se verán obligadas a innovar para sobrevivir. A la derecha, el primer ministro Boris Johnson piensa lo mismo.

En EEUU, la administración de Donald Trump creía que los aranceles fortalecían a las compañías estadounidenses que tenían que pagarlos. La actual administración se complace en subir el impuesto de sociedades con la intención de "reconstruir mejor". La UE está endureciendo las regulaciones de los fabricantes de automóviles para reducir los costos de los vehículos eléctricos. En cada caso, se nos dice que maltratar a las empresa produce buenos resultados.

No sólo los políticos piensan que las empresas necesitan una buena paliza para que implementen los cambios necesarios. El Fondo Monetario Internacional (FMI) dijo esta semana que la pandemia de Covid-19 — un acontecimiento bastante malo para las empresas — había "acelerado el cambio en muchos sectores de la economía a través de una mayor automatización y una transformación de los lugares de trabajo" y esperaba un mayor crecimiento de la productividad como resultado.

Estas políticas están lejos de ser idénticas y algunas tienen ambiciones redistributivas o medioambientales en el fondo, y los políticos admiten discretamente que el resultado no será beneficioso para todos. Pero en cada caso, la competencia y las fuerzas del mercado no se consideran lo suficientemente disciplinarias para las compañías. Las regulaciones y restricciones son la novedad.

La cuestión es si esta nueva actitud funciona. La genialidad de Card radica en que demostró que hay ocasiones en las que la respuesta es sí. Aumentarles la carga a las empresas mediante el salario mínimo no perjudicó al empleo en Nueva Jersey y esta conclusión se ha reproducido en muchas partes de EEUU y en muchos países. Pero, lamentablemente, la mejora de la productividad no ha sido la razón por la que las compañías han mantenido a los trabajadores.

Una investigación de la Comisión de Salario Bajo del Reino Unido muestra que, en 20 años de experiencia en el aumento del salario mínimo, encontró "pocos ejemplos específicos... de empleadores que hayan conseguido aumentar la productividad". En lugar de ello, las compañías recibieron menores beneficios, subieron los precios y, según se descubrió, "pedirles a los trabajadores que trabajen más parece una respuesta alarmantemente común".

Es posible que la pandemia haya empujado a las compañías hacia una vía de mayor productividad durante un período indefinido, pero espero que ningún responsable político sugiera repetir la crisis como estrategia económica.

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