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Manuel Bengolea

El dilema del prisionero y la presidenta

Manuel Bengolea

Por: Manuel Bengolea | Publicado: Viernes 5 de septiembre de 2014 a las 05:00 hrs.
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El dilema del prisionero es un problema fundamental de la teoría de juegos que muestra que dos personas pueden no cooperar incluso si en ello va el interés de ambas. El dilema es el siguiente: la policía arresta a dos sospechosos. No hay pruebas suficientes para condenarlos y, tras haberlos separado, los visita a cada uno y les ofrece el mismo trato. Si uno confiesa y su cómplice no, el cómplice será condenado a la pena total, diez años, y el primero será liberado. Si uno calla y el cómplice confiesa, el primero recibirá esa pena y será el cómplice quien salga libre. Si ambos confiesan, ambos serán condenados a seis años. Si ambos lo niegan, todo lo que podrán hacer será encerrarlos durante seis meses por un cargo menor.

Nuestra presidenta está frente a un dilema similar. Es decir; o “encubre” a sus colaboradores y continúa con el actual programa de reformas, a sabiendas que el costo en crecimiento económico y empleo será significativo, sobre todo en aquellos estratos sociales más débiles y que le son más afines; o “traiciona”, en principio, a su electorado más duro, cambiando su estrategia reformista por una de acuerdos con la Oposición, tal como lo hiciera con la Reforma Tributaria. Esto último revertiría la crisis de expectativas, pues tanto empresarios como consumidores reanudarían sus planes de gastos, y restituiría el crecimiento económico, pero a costa de rivalizar con el ala izquierda de su conglomerado y de apostar parte significativa de su capital político.

¿Cómo resolverá este dilema la presidenta? Creo que Michelle Bachelet tiene la capacidad para distinguir bien cuál política pública es diseñada para la próxima elección y cuál para la próxima generación. Ella sabe que no es lo mismo para el país que al mando de un eventual gobierno esté Andrés Velasco o ME-O. Ella está consciente que algunos de sus ministros no han interpretado correctamente ni lo que quería, ni lo que el pueblo realmente demandaba, y han propuesto iniciativas, que a pesar de oírse políticamente correctas, han sido conspicuamente erróneas en su discusión e implementación. ¿Cómo si no explicar que la caída actual en inversión sea más pronunciada que la de la crisis subprime, y desde luego más que la de otros países, que, tal como Chile, dependen fuertemente de China?
Hoy muchos cacarean con la génesis de la desaceleración, pero en lo concreto, e independiente de cómo y cuándo se gestó, lo verdaderamente relevante es qué hará la presidenta para restituir la confianza de empresarios y consumidores en su gestión gubernamental. La respuesta pareciera ser una sola. Matizar el Plan de Reformas, pues ya no son sólo los grandes empresarios, o intelectuales de derecha, los que perciben el riesgo en éste, ahora son los consumidores y las PYMEs las que sienten la opresión a la que le somete la desaceleración, que podría convertirse en contracción, y que empieza a corroer tanto su confianza como sus ingresos. Son estos participantes silentes los que se verían más afectados, que es justamente lo contrario a la intención del Programa, que suponía, los fortalecería.

Indistinto de la decisión que la presidenta adopte con este dilema, alguien saldrá trasquilado; ya sean PYME y consumidores, o parte de sus colaboradores. De inclinarse por la política de los “acuerdos”, parecería evidente un cambio en el gabinete del área económica, pues sería difícil justificar que parte de los causantes de esta crisis de expectativas, sean los mismos a cargo de su restauración.

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