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Columnistas

17/05/2017

La controversia tributaria

Matko Koljatic Profesor titular Escuela de Administración UC

  • Por Matko Koljatic
    Matko Koljatic

    Matko Koljatic

    No es novedad que los impuestos que pagan las empresas son un tema de gran importancia política. Ello fue confirmado por la controversia que levantó la reciente propuesta programática de Sebastián Piñera de “contra-reformar” estos impuestos bajando la tasa al promedio de la OECD, eliminando el régimen atribuido y volviendo a la integración total. Las candidatas Goic y Sanchez y el candidato Guillier no tardaron en levantar acusaciones de “populismo” acusando que la propuesta del candidato Piñera disminuiría la recaudación fiscal.

    Del mismo tenor fueron las declaraciones del subsecretario de Hacienda, Alejandro Micco, cuando afirmó: “Esta idea de que si uno baja los impuestos puede subir la recaudación porque la actividad económica va a crecer más, eso es lo mismo que planteó Reagan hace un tiempo en Estados Unidos, lo mismo que planteó Bush y nunca ha pasado”. Viniendo de alguien con las credenciales académicas de Micco -un doctorado en Economía de la Universidad de Harvard- su comentario es sorprendente. Veamos por qué.

    Por cierto en la discusión sobre la reforma a los impuestos corporativos debe considerarse aspectos técnicos y políticos. Desde el punto de vista político, la idea prevalente en la opinión pública -y probablemente entre senadores y diputados- es que los impuestos a las empresas no tienen costo ya que “los pagan los ricos” y que por lo tanto tienen que ser “altos” para lograr un efecto redistributivo. La gran mayoría de los economistas no comparten esta idea, sino que la contraria: en último término los impuestos corporativos los pagan mayoritariamente los trabajadores. Esto es así porque se entiende -desde el trabajo seminal de Harberger (1962)- que los impuestos a las empresas bajan el retorno “normal” al capital con lo que estos impuestos incentivan el endeudamiento (y el riesgo de quiebra), desincentivan la inversión, la innovación y la productividad (que a su vez está relacionada con los salarios reales). Explicar esto a la opinión pública no es fácil, por lo que en democracia difícilmente se lograría volver a lo que tuvimos en Chile -y que postula William Vickrey, ganador del Nobel en Economía- de abolir estos impuestos. Se puede aspirar, eso sí, a tener un efecto “neutral” en busca de defender la competitividad de la economía igualando nuestras tasas a los promedios internacionales, como propone Piñera.

    Ahora bien, ¿qué dice la evidencia empírica sobre la relación entre las tasas de impuestos corporativos y la recaudación? Un estudio reciente de Richard M. Bird y Thomas A. Wilson sobre la experiencia canadiense de reformas a los impuestos corporativos es una buena referencia (The Corporate Income Tax in Canada: Does Its Past Foretell Its Future?). Los hechos son que la tasa federal de impuestos a las empresas en Canadá bajó de 38% en 1986 a sólo 15% en 2012. A pesar de este descenso en las tasas, la recaudación de impuestos corporativos federales se ha mantenido en niveles entre 3 y 4% del PGB (aproximadamente un 12% de la recaudación total), cifra muy parecida a lo que se recaudaba en los ’80 con tasas mucho más altas. El artículo de Bird y Wilson incluye una larga lista de referencias sobre el debate respecto a los impuestos a las empresas en Canadá y el mundo, pero este se resume en que “estudios especializados de estrategia impositiva en los EEUU, el Reino Unido y Australia han recomendado una reforma a los sistemas actuales de impuestos corporativos con un impuesto que grave solo las utilidades ‘sobre normales’”. En breve, gravar las “rentas” provenientes de monopolios, ganancias extraordinarias (“windfall profits”) y de recursos no renovables, lo que me parece una buena idea.

    En resumen, como dicen Bird y Thomas respecto a Canadá, y que se aplica igualmente al Chile del futuro, lo que está en juego son aspectos tanto económicos como políticos en la discusión del nivel y estructura de los impuestos corporativos. Ello implica responder preguntas complejas como quiénes pagan en último término esos impuestos, y cuáles son los efectos no deseados de los impuestos corporativos.

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