Matko Koljatic

Reino Unido y Europa, historia de desavenencias

Matko Koljatic Profesor Titular Escuela de Administración PUC

Por: Matko Koljatic | Publicado: Jueves 4 de abril de 2019 a las 04:00 hrs.
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Observamos perplejos lo que ocurre en Gran Bretaña con el Brexit. Cuesta entender cómo un Estado que se caracteriza por sus políticas públicas de excelencia puede estar enredado en un problema de esta magnitud. La historia de la relación entre los políticos de ambas partes – bastante desconocida- puede ayudar a entender que está pasando y a reconocer los errores que se han cometido como para evitarlos en nuestro país.

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El Reino Unido no fue uno de los países signatarios del Tratado de Roma (1957), que dio origen a lo que originalmente fue el Mercado Común Europeo y hoy es la Unión Europea. Con el pasar de los años, vio estancarse su economía, en tanto la Europa del Mercado Común crecía aceleradamente. Ello llevo a Gran Bretaña a postular para ser admitida en 1963 y 1967. En ambas ocasiones Charles de Gaulle, Presidente de Francia, veto dicha posibilidad.

De Gaulle fundamentaba su rechazo en que “numerosos aspectos de la economía británica, desde sus prácticas laborales a su agricultura, hacen incompatible a Gran Bretaña con Europa” y en que “los británicos tienen una profunda hostilidad al proyecto pan-europeo”. Aparecía ya una faceta chauvinista en el discurso político del gran estadista francés como explicación de su veto. Pero, una vez que de Gaulle dejó la Presidencia en 1969, el Reino Unido —gobernado por el Partido Conservador— postuló por tercera vez, exitosamente, incorporándose en 1973. Ya en ese momento el Foreign Office, mostrando lo que estaba en juego, hacia ver que en la decisión de asociarse al Mercado Común había que “supeditar la soberanía a la influencia y poder” que se ganaría con la membresía.

Poco después, en 1975, el Reino Unido tuvo el primer referéndum en su historia, en que se le preguntó a la población si el país debía permanecer o no en la Comunidad Europea. Ello ocurrió cuando llegó al poder Harold Wilson, laborista, quien hizo campaña ofreciendo renegociar las condiciones del acuerdo de incorporación a Europa. El referéndum fue ganado ampliamente por la posición de “permanecer”, con un 67% a favor del Sí.

De ahí en adelante han sido numerosas las rencillas entre los británicos y los europeos. Thatcher tuvo una relación ambivalente con Europa, apoyando la permanencia, pero exigiendo que disminuyeran los aportes británicos al presupuesto manejado por Bruselas. Su contrincante de la época era el primer ministro alemán Helmut Kohl. Como sabemos, el Reino Unido no se plegó al euro —después de un desastroso experimento de ligar la libra al marco alemán que sucumbió ante la presión de especuladores encabezados por George Soros—, como tampoco se plegó al acuerdo 1995 que creó el espacio de Shengen, que agrupa a 26 países europeos, sin fronteras.

Lo que ha ocurrido después es más de lo mismo, políticos como Nigel Farage —fundador del United Kingdom Independence Party (UKIP)—, fomentando el “euroescepticismo” sobre una plataforma política anti migratoria. Y, por cierto, David Cameron, cediendo al temor de perder el gobierno, cometiendo el error de llamar a un referendo sin que hubiera una reflexión profunda previa ni un plan de salida, sólo consignas.

¿Qué podemos aprender de lo ocurrido con el Brexit? Que en política las emociones son malas consejeras. Desgraciadamente, los líderes populistas son maestros en el manejo del chauvinismo, el rechazo al inmigrante y, en general, el discurso del odio. Ojalá nuestros políticos tengan presente que ese camino sólo conduce al caos y a la ruina de los países.

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