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Niños en video viral nos recuerdan que somos demasiado pretenciosos en el trabajo

Lucy Kellaway

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No debería haber sido nada particularmente interesante. Un hombre sentado en la oficina de su casa en Corea del Sur daba una entrevista en vivo por Skype a la BBC. Sus hijos entraron en la habitación, aparecieron en el encuadre por unos pocos segundos hasta que una mujer los recogió, y la entrevista continuó.

Sin embargo, el video de este percance doméstico sin importancia en el domicilio del académico Robert Kelly ha sido visto más de 100 millones de veces en todo el mundo, provocando mucha diversión, un poco de desconcierto y miles de comentarios. Por un par de días los Kelly se convirtieron en una de las familias más famosas del mundo. Cuando el Wall Street Journal publicó la primera entrevista pos-percance, el artículo fue el más leído en la normalmente seria publicación de negocios.

¿Qué ocurrió? En parte a la gente le gusta ver a niños lindos portándose mal tanto como ver a gatos lindos saltando dentro de cajas de cartón. Pero una razón más importante fue que mostró la brecha entre nuestra personalidad profesional y la doméstica. La aparición no programada de un par de niños destacó una verdad que todos tratamos de olvidar: nuestra vida laboral es pretenciosa y artificial.

El caso de Kelly fue extremo porque estaba en medio de una entrevista televisiva vestido de traje y corbata, habiendo asumido la actitud de autoridad y seriedad que exigimos de los expertos. Nada podría ser menos serio que una niña en un jersey amarillo saltando alegremente detrás de él: en efecto, el simple hecho de ver a sus hijos merodeando dentro del encuadre fue una metida de pata de la misma magnitud que si él hubiera aparecido desnudo en cámara.

El abismo entre los dos mundos se vio en su cara. Al principio llevaba la máscara que exige su trabajo. Era el experto que siempre se comporta con seriedad y autoridad. Entonces cayó la máscara para revelar una persona muy diferente, un padre exasperado dirigiéndole a su hija una sonrisa indulgente.

La mayoría de nosotros llevamos máscaras en la oficina casi todo el tiempo. El trabajo requiere un código de comportamiento que hay que seguir. Implica estar en control, mientras que un par de niñitos alborotados implica exactamente lo contrario. Estar en el trabajo significa pretender tener una “pasión” por cosas que tenemos que creer que tienen importancia, mientras que la presencia de los niños hace que sea más difícil mantener esa ilusión; las cosas serias de pronto se vuelven risibles.

No obstante, a pesar de estas verdades evidentes, la última novedad administrativa -posiblemente la más chiflada que se haya inventado- es animar a los administradores a que se porten como niños pequeños. La semana pasada Swatch publicó su informe del 2016 con el tema “Ahora cumplimos seis”. Utilizó fotos de todos sus directores cuando eran niños de seis años; visualmente era una excelente idea porque todos tenían aspecto más agradable entonces, pero por otra parte era desconcertante. El mensaje del director se trataba sobre el placer de construir castillos de arena, lo cual es estupendo, pero es muy dudoso que distraiga hasta al inversionista más perezoso del hecho de que en 2016 el fabricante de relojes ganó cerca de la mitad que el año anterior. A menos que la intención fuera explicar que a la empresa le había ido tan mal porque sus directores estaban ocupados con baldes y palas.

Más ridículo aún es un libro que se publicará este mes titulado Pequeños triunfos: el enorme poder de pensar como niño. Sir Richard Branson es un gran admirador y escribe en su preámbulo: “Hay tanta magia en este mundo, pero a veces tenemos que descrecer para vivirla”.

Descrecer, explica el autor, Paul Lindley, es una gran idea para los administradores, ya que puede ayudarlos a volverse seguros de sí mismos, creativos, honrados y divertidos, y a nunca rendirse.

Pero según recuerdo yo, estas características no tienen mucho que ver con los niños pequeños, aunque sí se me ocurren otras formas en que los niños se parecen a los altos ejecutivos, y es mejor evitarlas. Los niños hacen rabietas, no comparten y no escuchan. El sentido común no es su punto fuerte. Son sumamente egoístas y ven a las otras personas como objetos. Y son malísimos en cuanto a márgenes de beneficio.

El comportamiento de los niños Kelly, corriendo y saltando, no parece digno de ser emulado por los administradores. La clave para estas actividades es realizarlas en una habitación donde no se estén conduciendo una entrevista ni cualquier trabajo serio.

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