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Orar

Padre Raúl Hasbún

Por: Padre Raúl Hasbún | Publicado: Viernes 28 de julio de 2017 a las 04:00 hrs.
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Padre Raúl Hasbún

La bullada interrupción del suministro eléctrico nos ha recordado la vital necesidad de la luz. Lo mismo nos sucedió con los cortes de agua. Sin agua no hay vida. Y sin energía eléctrica colapsan los multisistemas que nos mantienen comunicados, provistos y seguros: tres requisitos para vivir humanamente.

También nuestro organismo espiritual demanda dos servicios que no admiten interrupción: amar y orar. Nadie puede vivir sin amor (trágica lección del Sename). Subsistimos dando el amor que primero recibimos. Los tres grandes enemigos del amor: el odio, la envidia y la indiferencia, matan. El amor no admite ser interrumpido, al menos en su exigencia negativa básica: no querer, no hacer, no colaborar, no aprobar, no encubrir nada que por acción u omisión dañará conocidamente la vida de un inocente. El amor quiere que el otro exista.

La oración comparte con el amor su estatuto de servicio ininterrumpible, indispensable para la vida. El alma necesita respirar. Deja de hacerlo tres minutos y muere por asfixia. Pero ¿cómo orar con tan perentoria periodicidad si las puertas del templo están abiertas pocas horas del día? Orar es conversar con Dios. Y Dios está en todo lugar. Y como en la conversación los interlocutores comparten espontáneamente sus alegrías y tristezas, deseos y peticiones, experiencias y opiniones, no vale pretextar: “me abstengo de orar porque necesito apoyarme en textos impresos, con luz, ambiente y solemnidad que me aseguren concentración”. ¿Quién invocaría esos pretextos para abstenerse de respirar tres minutos cuando hay mucha gente y bulla, o porque debe priorizarse una tarea impostergable? Lo único impostergable y siempre priorizable es: amar y orar. Y sin orar es muy difícil amar.

Jesucristo oraba de día y de noche, en el llano, el mar y la montaña, en el templo y en las casas; cuando estaba alegre y cuando sufría espiritual, mortal agonía. Nada hacía sin orar. Antes, durante y después de cada acción se sumergía en las aguas profundas, aspiraba el hálito vital, se acogía a la luz que presidían cada una de sus decisiones y aseguraban su pasmosa fecundidad: Dios. Su Padre. Preguntado cómo se debe orar, responde: “Padre nuestro que estás en el cielo, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”. Rezar devotamente el Padrenuestro trae a la tierra los dones y alegrías del cielo.

En la intimidad de la habitación, caminando, trotando, en automóvil o bicicleta; en el lecho de enfermo, en la celda penitenciaria, en la ducha, el escritorio, el estadio, la fila del supermercado o de atención hospitalaria; lavando, cocinando, preparando informes, alegatos, cirugías es posible e imperativo orar. Por uno mismo y por los demás. Aquello, por necesidad. Esto, por caridad. Como Jesucristo, como María, somos abogados intercesores. Orando con amor, apelamos al cielo por la vida y felicidad de todos. Sin excepción.

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