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Otro “cascabel al gato”: reforma del Estado

M. CECILIA CIFUENTES DIRECTORA CENTRO DE ESTUDIOS FINANCIEROS ESE BUSINESS SCHOOL

Por: M. CECILIA CIFUENTES | Publicado: Miércoles 30 de agosto de 2017 a las 04:00 hrs.
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M. CECILIA CIFUENTES

Hace casi cuatro décadas el exministro José Piñera le puso "el cascabel al gato" en materia previsional, siendo éste el título de un libro de su autoría sobre la reforma previsional de 1980. Esta reforma terminó con un sistema que, de estar aún vigente, no sólo nos tendría con un nivel de desarrollo muy inferior al actual, sino que además habría generado marchas mucho más multitudinarias que las del movimiento No+AFP, ya que tendríamos una verdadera crisis terminal. Es cierto que enfrentamos problemas en este campo, sin embargo, no se explican por lo realizado en ese entonces, sino por años de haber sido bastante ciegos a lo que estaba pasando en materia demográfica, de informalidad laboral y de tasas de interés. Al igual que esa, otras importantes reformas estructurales, como la liberalización de precios, la apertura comercial y la privatización de servicios públicos, entre otras, se realizaron en un contexto no democrático, lo que seguramente facilitó que se pudieran implementar en los plazos y con la profundidad que se hicieron. Sin embargo, con altos costos políticos iniciales, hoy son ampliamente reconocidos los enormes beneficios que esas reformas estructurales generaron al país.

Así como en ese momento se vio en forma clara que el modelo de desarrollo iba en curso de colisión, algo similar empieza a ocurrir con el Estado chileno, que muestra síntomas evidentes de estar en un proceso de degradación. En una economía social de mercado el rol del Estado es clave en el logro de mayores niveles de bienestar, sin embargo, se requiere un Estado que cumpla apropiadamente sus funciones, aspecto crecientemente deficitario en nuestro país. Si pensamos en el problema de desigualdad, por ejemplo, son evidentes las enormes diferencias que existen entre la salud y la educación que reciben ricos y pobres, lo que se explica en un grado no menor por problemas de gestión en la administración estatal. Basta decir que el componente de gasto social (en pesos de 2016) ha pasado de $ 378.908 anual por habitante en 1990 a $ 1.474.261 en 2016, es decir se ha multiplicado por cuatro veces. No pareciera que la calidad de los servicios recibidos haya mejorado en esa magnitud, y de hecho existen problemas serios, crecientes en algunos casos, en seguridad pública, salud, educación y procesos de permisos para el desarrollo de la actividad privada. En previsión y vivienda los problemas son menores, seguramente porque en estos campos la política social se realiza con una intervención importante del sector privado, y los escándalos conocidos en materia de pensiones se han generado en el antiguo sistema de reparto estatal.

No hay duda, el Estado está en deuda con sus habitantes, considerando que entre 1990 y 2016 el gasto en burocracia se ha multiplicado cinco veces. Esta tendencia está alcanzando niveles abusivos en los últimos meses, a través de un crecimiento significativo de asalariados en el sector público, acompañado de aumentos de remuneraciones que más que duplican el promedio nacional. Se suma también el traspaso de varios miles de funcionarios a honorarios a la categoría de contrata, haciendo aún más inflexible el gasto en personal, en un contexto de gran estrechez fiscal. Para agravar más la situación, nos enteramos además de que, pese a los graves problemas de gestión de la administración pública, todos los funcionarios han logrado el cumplimiento del 100% de las metas acordadas. La exigencia de disciplina fiscal y eficiencia no existe para los funcionarios, y no sólo eso, a pesar de la generosa política de recursos humanos en el gobierno, los ciudadanos nos hemos tenido que acostumbrar a largos períodos en que no se puede contar con servicios públicos esenciales, porque los “servidores públicos” están en paro ilegal.

En una frase, la reforma del Estado es urgente. Es cierto que es un tema de campaña poco popular, pero es de esperar que para ponerle el “cascabel a este gato” no sea necesaria una dictadura, y que el próximo gobierno tenga el liderazgo necesario. Sin un Estado moderno parece poco probable llegar a ser un país desarrollado.

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