Pablo Ortúzar

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Pablo Ortúzar Antropólogo social, investigador Instituto de Estudios de la Sociedad

Por: Pablo Ortúzar | Publicado: Lunes 14 de septiembre de 2020 a las 04:00 hrs.
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Todos sabemos que las cosas mejorarán luego en Chile. Que atravesamos básicamente una crisis de gobernabilidad producto de la ineptitud política de la derecha, pero que el par de problemitas que tenemos se solucionarán cambiando el gobierno y la Constitución. Un derecho social por aquí, otro por allá, y después será coser y cantar. Pero imaginemos, sólo para divagar, que la crisis que vivimos fuera una crisis de Estado en vez de una mera turbulencia que se arregla con una lista navideña incrustada en la Constitución. ¿Qué diríamos en un escenario como ese?

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Diríamos, supongo, que uno de los grandes problemas de imaginar el Estado nacional como una piñata que todos podemos golpear impunemente a ver qué nos cae es que un día ese Estado se puede romper. En otras palabras, que el mito de la omnipotencia soberana, que normalmente es fuente de respeto y temor, puede fomentar lo contrario dadas ciertas circunstancias.

Diríamos, después, que todo el mundo ha colaborado durante los últimos quince años con la destrucción de la autoridad estatal en Chile. Que todos pensaban que no le pasaría nada a la piñata si le pegaban más fuerte. Políticos, empresarios, indignados varios. Todos. Los vociferantes callejeros y el lumpen dedicado a romper semáforos son sólo los últimos invitados a la fiesta.

El tema es que cuando el poder de los estados colapsa, son las organizaciones más poderosas que le siguen las que capitalizan ese vacío, y no la gente suelta. El baño de dignidad que muchos esperan puede perfectamente resultar algo muy diferente. ¿Quién le sigue hoy al Estado en capacidad de organización y movilización de recursos? ¿La señora Juanita? ¿Las comunidades mapuches del lago Budi? ¿La lucradora de la infancia? Pues no. Lo siguiente en la lista son capitales privados y organizaciones criminales. Eso, y los países extranjeros que conserven su potencia estatal.

Cuando el manto del Estado se retira, la pelea por los recursos que quedan sueltos no es entre ciudadanos constituyentes. Es entre grupos y bandas organizadas. Y los que no pertenecen a estos lotes son dejados en la intemperie. Un ejemplo actual de esto es Venezuela, donde el Estado dejó de existir y distintas bandas se dedican a saquear los despojos, con provecho de algunas potencias internacionales que cuidan celosamente el botín. Aquí, en tanto, las bandas están todavía ensayando, probando límites.

¿Podría revertir tal situación una nueva Constitución? Puede ser. El problema es que la forma en que los estados recuperan su fuerza existencial no es a través de la bondad y la repartición de dulces, sino mediante la violencia sacrificial. Una violencia que normalmente daña más a quienes tienen menos capacidad de defenderse. Una violencia que pondrá el orden por sobre la justicia, porque la justicia sólo comienza a existir una vez instalado el orden.

Por suerte, claro, ese no es nuestro caso. Luego, podemos seguir en el faranduleo político, sin tomarnos muy en serio lo que pasa. Total, el Estado aguanta.

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