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Pilita Clark

Sin fumadores en las oficinas se perdió la conversación casual cara a cara

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Por: Pilita Clark | Publicado: Lunes 8 de octubre de 2018 a las 04:00 hrs.
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Cada mañana en camino al trabajo paso por un espacio feo, hecho de concreto, en la entrada trasera de Financial Times, donde los últimos fumadores sobrevivientes del edificio todavía pueden fumar tranquilamente un cigarrillo. Hacía años que no sentía el impulso de unirme a ellos, pero recientemente, cuando me enfrentaba a un plazo límite muy difícil, le pedí un cigarrillo a una de las pocas personas que conozco que todavía fuman y salí del edificio.

Un hombre que no conocía encendió mi cigarrillo y, mientras echábamos bocanadas de humo amigablemente, me empezó a hablar de su trabajo en una distante esquina del edificio donde la gente se dedicaba a organizar las conferencias y eventos del FT. Mientras escuchaba su relato sobre cómo todo el mundo se estaba torturando por promover una conferencia inminente que él temía que iba a fracasar, una terrible noción comenzó a tomar forma: él estaba hablando de un evento que yo estaba a punto de dirigir.

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Este fue un instantáneo, aunque brutal, recordatorio del valor de fumar en el trabajo. Es una de las formas más económicas y eficaces de averiguar lo que verdaderamente está ocurriendo en la oficina.

Es cierto que a veces puede ser demasiado eficaz. En 1994, cuando trabajaba en Washington, la ciudad se estremeció por la detención de Aldrich Ames, un funcionario de la CIA que resultó ser un topo soviético altamente destructivo que había traicionado a una serie de agentes estadounidenses por mucho dinero.

Ames era un tremendo fumador. Las facturas de los caros procedimientos dentales para arreglar sus dientes amarillentos provocaron las primeras sospechas sobre sus mejoradas circunstancias financieras. Pero su hábito de fumar también le había ayudado, según los informes, a obtener información útil sobre las operaciones de la CIA contra Rusia, procedente de oficinas que no estaban remotamente cerca de la suya. Cuando salía a fumar en la sede de la CIA en Langley, se reunía con sus colegas fumadores en la agencia e intercambiaban chismes.

Este es un ejemplo de cómo fumar en la oficina puede estimular el flujo de información; sin embargo, también es extrañamente relevante. En las empresas que luchan con las deprimentes tasas de productividad de la fuerza laboral, hay un creciente interés en promover las charlas casuales en la oficina. En teoría, mientras más las personas se topen unas con otras y conversen, hay más posibilidades de intercambiar ideas, encontrar soluciones y ser generalmente más productivas. No hace tantos años que muchos de estos encuentros ocurrían naturalmente.

En los 90, los oficinistas estadounidenses les dijeron a investigadores que pasaban 70% del día hablando cara a cara con sus colegas. Claramente, esto ha cambiado en una época de fuerzas laborales aisladas, extendidas, trabajando desde la casa y por teléfono. Las oficinas de hoy están llenas de personas mirando pantallas desde escritorios en espacios abiertos, con auriculares antisociales para bloquear el ruido. Y muy pocas, afortunadamente, fuman.

Como resultado, estamos viendo un número de "soluciones" de diseño para hacer que los empleados se encuentren con más frecuencia, comenzando con las escaleras. Una escalinata grande y ancha que permita que dos personas charlen lado a lado es una idea que los arquitectos están proponiendo para aumentar las conversaciones de oficina. Esto está muy bien si uno está construyendo un nuevo edificio o puede costearse una escalinata nueva, pero inútil para la mayoría de nosotros.

Otra idea es más sencilla: una máquina de café sobre ruedas que se pueda mover estratégicamente para atraer a diferentes equipos de empleados al mismo sitio para promover charlas productivas. La primera vez que escuché esta idea fue en una conversación con Ben Waber, un estadounidense que conocí el año pasado, quien dirige una empresa llamada Humanyze, que rastrea el movimiento de las personas en la oficina.

Personalmente, me gusta saber dónde puedo encontrar mi café todos los días. Verme forzada a buscar una máquina perdida suena agotador.

La mejor idea me la dio un lector: un refrigerador lleno de cerveza en la oficina. Un hombre de EEUU que ha fundado y administrado varias empresas me escribió para decirme que la bebida "in situ" tenía varios beneficios comprobados. Todo el mundo lograba conocerse rápidamente, dijo él, "desde el trabajador de producción hasta el director ejecutivo", y eso hacía una gran diferencia en la forma que trabajaban unos con otros.

Insistía en ciertas reglas: nadie podía abrir el refrigerador hasta que todo el mundo en el edificio pudiera beber y todos tenían que asegurarse que podían conducir a casa sin peligro o conseguir que alguien los llevara.

Mi informante me dijo que este beneficio nunca ha reducido la productividad. Piensa medir si las personas son en realidad más productivas cuando está presente un refrigerador con cerveza. No puedo esperar a ver los resultados.

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