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Columnistas

15/03/2017

¿Podemos aportar a disminuir la desigualdad?

Ricardo Fischer Socio F&Z Asesorías

  • Por Ricardo Fischer

    Ricardo Fischer

    Hace varios años que se discute sobre la desigualdad en Chile, la que resulta ser mayor que en muchos países al medirla por el coeficiente GINI. De hecho, Chile tiene el indicador más alto entre los países de la OECD. Muchos creemos que el problema debiese resolverse con un énfasis en el mercado y subsidios bien focalizados (como es el caso de la CALIDAD de la educación pública que permitiría a quien lo quisiera, acceder a mejorar su estándar de vida, independientemente de los recursos que disponga la familia) mientras que otros creen que es labor del Estado achicar la brecha por medio de subsidios de diverso tipo que no incentivan el esfuerzo personal.

    Dentro del concepto de desigualdad, algunos piensan que existe un conflicto entre “los trabajadores” y la “empresa” pues los primeros quieren maximizar sus beneficios y la empresa quiere minimizarlos, lo que se resolvería con la nueva ley laboral que mejora la capacidad de negociación de los primeros. A mi juicio esa solución va en la dirección incorrecta. Creo que efectivamente dicho conflicto de intereses existe, pues la empresa arriesga su capital, dado que busca disminuir sus riesgos entre otras cosas, por medio de mantener sus costos fijos bajos, incluidos los sueldos de sus trabajadores. Es decir, éstos “contribuyen” a disminuir los riesgos de la empresa, pero no participan cuando a ésta le va bien, lo que perciben como injusto, a pesar de que cuando a la empresa le va mal, ellos mantienen sus salarios. El conflicto es obvio. ¿Cómo evitarlo? Una forma de hacerlo sería alineando los intereses de ambas partes, haciéndolos participar de los buenos resultados de la empresa, cuando se dan.

    A continuación les expongo el caso de Inmobiliaria Almagro. Sus fundadores implementaron un sistema de remuneraciones en que el capital invertido debía otorgar una retribución mínima para sus propietarios (11% en este caso). Los excedentes (de haberlos) que superasen dicha retribución se compartían con “todos los trabajadores”.

    Lo anterior lo hacía distribuyendo entre todos los trabajadores un 30% de la utilidad que superase el 11% en cuestión. La repartición partía por fijar un “sueldo mínimo ético” (UF 17,5 en esa época). Para acceder a este beneficio, el trabajador debía tener una antigüedad mínima de dos años. Cada año, el mínimo se le incrementaba en UF 0,5 al trabajador, lo que incentivaba la estabilidad laboral. El resto de los empleados, participaban en proporción a sus responsabilidades de dicho 30%. Los repartos se hacían todos los trimestres, en forma transparente.

    El resultado obtenido fue muy bueno para la empresa, pues se creó un clima positivo, permitiendo retornos del capital satisfactorios. Para muestra un botón. Un alto ejecutivo me comentaba que cuando llegaba a la obra le gritaban “¡eh jefe!… ¿cómo va la fecu?”, demostrando el buen ambiente laboral logrado.

    Expongo esto como un ejemplo de que cada uno de nosotros, con ingenio y buena voluntad, puede aportar (dentro de nuestras limitaciones) a estrechar la desigualdad, sin eslóganes y con relaciones sanas entre las empresas y sus trabajadores.

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