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Racionalidad

Padre Raúl Hasbún

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Últimamente me he sorprendido rezando, con la espontaneidad de la oración personal: “Señor, te pido racionalidad”. Racionalidad para mí, desde luego. Pero en especial para nuestro país.

Es útil recordar que los humanos pertenecemos al género animal. Nuestra diferencia y superioridad específica es la racionalidad. Con los animales compartimos las pasiones: amor, odio, tristeza, alegría, dolor, miedo, deseo, aversión, ira. De los animales nos distinguimos por la racionalidad, es decir, la facultad intelectiva que juzga todo con la luz de la razón, discerniendo lo bueno de lo malo, y lo verdadero de lo falso. La racionalidad es la Contraloría General del comportamiento propiamente humano. Padecemos (por algo se llaman pasiones) los apremios y urgencias de la ira y el miedo, de la aversión y el deseo; pero se nos ha dotado del poder, necesario y suficiente, para someterlos al dictamen de la razón. Cuando no ejercemos ese poder contralor, dejándonos arrebatar por el poder subversivo de la pasión, descendemos a un nivel ecológico inferior al de los animales irracionales; porque para éstos, la ley natural del instinto y del apetito actúa como equivalente al papel contralor que en nosotros desempeña la razón.

La extensa lista de crímenes pasionales (odio, celos, envidia, ambición, deseo lujurioso, aversión personal o política, ira descontrolada o convenientemente atizada) es el macabro resultado de la subversión de esos apetitos en desmedro de su Contraloría natural: la racionalidad. En un escenario que pareciera menos letal, comparecen las decisiones contrarias a la virtud cardinal de la prudencia. Compendio y ejercicio de la sabiduría práctica, la prudencia exige estudiar y verificar los hechos, los principios y su aplicación a lo que se quiere o debe decidir; recordar experiencias exitosas o fallidas, y a falta de ellas consultar a los expertos; prever los escenarios resultantes de la decisión adoptada; precaver sus inevitables efectos adversos; verificar la “letra chica” de las circunstancias: quién, a quiénes, cuándo, dónde, cómo, a qué costo; y finalmente auscultar la voz de la intuición, también perteneciente y a veces determinante en este ejercicio de racionalidad. Quienes piensan que la imprudencia pudiera ser menos letal que la subversión pasional, miren el registro de víctimas de accidentes del tránsito.

Donde mayormente se exige racionalidad es en el estudio y aprobación de las leyes. Elemento capital de la justicia, toda ley ostenta el sello de la racionalidad jurídica que debió preceder y conducir a su dictación. Si una ley es el engendro de una subversiva y compartida decisión pasional, no merece llamarse ley. Desprovista del control de racionalidad, es más bien violencia y provocará más violencia. La irracionalidad legislativa legitimadora del aborto provoca más muertes que la suma del Covid-19, los crímenes pasionales y las imprudencias de tránsito.

Seguiré orando por paz, justicia, esperanza, unidad, amor. Ahora me nace agregar: “Señor, danos racionalidad”.

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